Escuela de Padres

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Estrés

Posted on: 31 julio, 2012

Los niños sufren presiones en algunos momentos de su vida, como el cambio de colegio, las tensiones de los padres o el traslado a otra ciudad. También deben superar las exigencias escolares y dar correcta respuesta a las demandas de los padres.

La enfermedad, el maltrato, la quiebra económica familiar o la separación de la pareja son factores estresantes para los niños.

Además, en la televisión ven muchos problemas, catástrofes, peligros.

Hemos acelerado la vida, exigimos un aprendizaje precoz. Estamos robando a los niños su tiempo.

Hoy es tal el estrés generado por múltiples estímulos que se dan muchos casos de niños hiperactivos que lo que precisan es relajo, quietud, tranquilidad, silencio.

El mejor antídoto de la hiperactividad no patológicamente cronificada son los momentos de inactividad.

Hay que ampliar la posibilidad de utilizar más los espacios escolares para actividades no «normalizadas» (deporte, solidaridad, dibujo, teatro…) que faciliten el contacto entre niños y con otras generaciones y eviten la permanente presencia pasiva de los jóvenes ante la televisión.

A todos los padres les gusta que sus hijos sean muy completos, y algunos quieren que lo sean. Añádase que se aconseja con buen criterio que el niño se matricule en alguna actividad artística y deportiva. Súmese que por problemas de horario laboral de los padres hay muchos que inscriben a los hijos en actividades para que no estén solos y tendremos un panorama en el que algunos niños no tienen tiempo para serlo, para jugar, para disponer de momentos de tranquilidad.

Existe un equilibrio entre estar aburrido y desocupado y, por el contrario, llenar el horario de actividades sin espacios de convivencia en el hogar.

Bueno es que los hijos aprendan idiomas, pinten, toquen un instrumento musical y practiquen un deporte, porque supone desarrollar una afición, conocer gente magnífica, evolucionar como persona y quizás encontrar una profesión, pero hemos de conciliar los horarios. No estresemos a los niños haciéndoles la proyección de unos adultos en reducido. ni comprometamos su disponibilidad para el trabajo escolar.

Es conveniente tener presentes las preferencias del niño, si bien la decisión ha de ser de los padres, sin caer en la imposición de una actividad por la que el niño no tenga el más mínimo interés o capacidad para realizar.

Corremos el riesgo de obligarlos a cosas inadecuadas para su edad, que ni los atraen ni las disfrutan, ni están en el horizonte de sus posibilidades; la frustración será tanto suya como nuestra, y hasta es posible que obstaculicemos su natural deseo de explorar y aprender.

Las actividades extraescolares han de ser experiencias lúdicas, distintas a las clases del colegio. Deben tenerse en cuenta los gustos, el carácter y las habilidades del niño; hemos de evitar el sexismo y no sobrecargar la semana, ya que el niño necesita tiempo de ocio para jugar.

Si no se encuentra a gusto en una actividad, es mejor buscar otra más acorde con el niño. No se ha de utilizar como premio o castigo.

Las actividades que se practican en grupo y que fomentan las relaciones con otros niños, como el teatro, están indicadas para aquellos que son tímidos e introvertidos. Hay otras que favorecen la concentración, como la pintura; las que se desarrollan de manera individual, por ejemplo, tocar un instrumento, jugar al tenis…, son buenas para los niños perezosos. Otras como el yudo o el ajedrez son propicias para los niños más inquietos.

Las actividades deportivas contribuyen al desarrollo físico del niño y de su percepción espacial, coordinación motora y equilibrio. Aprenderán a ganar y a perder y a aceptar las normas. Los deportes han de ser impartidos por profesionales y se han de adaptar a la edad y a las condiciones del niño. El deporte de competición no se podrá realizar hasta los 10 años.

El baloncesto y el fútbol fomentan el trabajo en equipo. Las artes marciales trabajan la concentración. La natación relaja, estimula el apetito y hace dormir mejor. El ajedrez enseña a tomar decisiones, acertadas o no.

Las actividades artísticas desarrollan la creatividad y la imaginación. La música y el baile estimulan, además, el desarrollo psicomotor. Tocar un instrumento potencia la autodisciplina y la constancia.

La pintura fomenta la destreza manual y visual; la música ayuda a desarrollar la memoria, mejora la concentración y estimula la sensibilidad. El teatro es bueno para ejercitar la memoria, la imaginación, la creatividad, la lectura y el movimiento corporal. La danza trabaja la expresión corporal.

Otras actividades extraescolares de carácter funcional, como los idiomas y la informática, refuerzan los conocimientos que se adquieren en el colegio.

Cuando un niño es maltratado tanto física como verbalmente y como resultado de ello es intimidado, amenazado y excluido, estamos ante un caso claro de acoso escolar.

A veces esta conducta acosadora es reforzada por el grupo de iguales o consentida por miedo.

El acosador suele ser un niño inseguro que intimida a los demás para ocultar su propia inseguridad.

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Si la actitud del niño ha cambiado, se muestra más callado, busca excusas para no ir al colegio, se descubre que se lleva dinero de casa y no da una explicación convincente, los padres habrán de ayudarlo a que se libere, explicándole que por decir lo que le está ocurriendo no es un cobardica ni un delator; al revés, evita que otros niños sufran victimización.

Tiene que saber que si está justificado tiene derecho a recurrir a los adultos para que lo protejan o reparen la injusticia o el abuso cometido por otros niños, sin que por eso haya que llamarlo «acusica». Tiene que saber defender sus derechos por el medio más adecuado en cada ocasión.

Si tras escucharlo se concluye que está siendo amenazado, habrá que informar a su tutor, al director del colegio y, en su caso, a la asociación de madres y padres.

En las relaciones con sus iguales no hemos de premiar la mediocridad. Incentivemos la cooperación pero sabedores de que existe la competencia.

No cabe duda de que compartir clase con niños de otras culturas produce ventajas e inconvenientes. El centro escolar no es sólo para la enseñanza, sino para la educación integral. Con una adecuada gestión, por ejemplo, mediante «aulas de compensatoria» o «aulas enlace», las dificultades de adaptación de niños de otras culturas y nacionalidades no tienen por qué suponer un lastre en la educación de nuestros hijos.

El balance es muy positivo: enriquece y prepara un futuro ya presente inter y multicultural.

Qué oportunidad perderíamos en estos momentos, en los que nuestros hijos empiezan a compartir la escuela y el recreo con los inmigrantes que llegan desde todas partes a nuestro país, si no la aprovechamos para que aprendan desde pequeños, cuando todo se retiene y a todo se acostumbra uno más fácilmente, que todos somos iguales aun siendo diferentes.

los maestros inciden en la escasa participación de los padres en la educación de sus hijos como factor importante en el fracaso escolar.

Éste se da cuando el nivel académico y su rendimiento no son los adecuados para su edad. O puede suceder que nuestros hijos no tengan ningún interés en el aprendizaje o ninguna motivación.

Puede acontecer que eludan responsabilidades y no quieran estudiar. No tienen hábito de estudio, por lo que conseguirlo será lo primero en lo que trabajar.

Los padres deben ser conscientes del problema y cooperativos. Deben interesarse por el horario de sus hijos y por su plan de estudios para elaborar con ellos una estrategia de trabajo.

No deben permitir interrupciones una vez que el niño se haya sentado a trabajar (ir al baño, merendar…)

Cuando nuestro hijo haya conseguido logros, se le debe reforzar positivamente para que siga trabajando de igual manera y avanzando.

Hay que elaborar programas adaptados a quienes fracasan en la educación «ordinaria» (normalizada).

Se han de verificar las causas, y para ello es necesario hablar con el hijo y con su tutor -en ocasiones, de forma conjunta- para abordar la etiología, es decir, la falta de motivación, de esfuerzo, distracciones, el desconocimiento de los hábitos de estudio, la necesidad de mostrarse «gracioso» con los compañeros, la falta de potencial cognitivo, si ha ocurrido algo especial en los últimos meses, si ha cambiado de colegio o de etapa educativa, etc.

Sin dramatizar, no ha de posponerse la intervención, pues el conflicto se enquistará y sin duda se agravará (¡cuántas veces es un síntoma!).

El tratamiento será muy distinto si el programa obedece a un hecho aislado, si se refiere a un déficit a sus aprendizajes o entra dentro del área de la conducta. Si es preciso, buscaremos la ayuda de un especialista.

La inercia de nuestra naturaleza es la de no someterse al esfuerzo y a la disciplina que el estudio precisa en todos los casos.

Toda la vida hemos asistido a campamentos, hemos realizado muchos por el mero hecho de esforzarnos, de llegar a algún lugar, de superarnos. Hoy es imposible, un joven se preguntaría: ¿para qué caminar, por qué no ir en el Land Rover?, ¿dónde quedó la transmisión del esfuerzo, de la voluntad, del gusto por ponerse una meta que alcanzar?

La gente busca la felicidad, pero ha dejado de amar el sacrificio. La generación de nuestros padres hablaba del valor del esfuerzo. hoy no se habla de esto. Se habla de consumo y de felicidad, pero la gente está angustiada.

Los niños que se esfuerzan lo mínimo harán lo mismo de adultos. Son niños que siempre argumentan excusas.

Alguien dijo que los holgazanes siempre saben la hora que es.

Las causas del relajamiento del esfuerzo para aprender se encuentran en:

Menor exigencia genérica sobre los hijos.

Influencia de la televisión, con la que se obtiene una información pasiva; todo es fácil, se arrincona la voluntad: «Aprenda alemán sin esfuerzo». Todo parece «venir dado» por los videojuegos, internet, etc. Un mundo cada vez más cómodo, que exige menos esfuerzo físico, reducido a lo digital, a la orden dada con la voz, conlleva lasitud.

El mundo rico es un nido algodonoso, donde la exigencia y la queja se instalan de manera rampante. Afectados por la modorra de la comodidad, se olvidan las dificultades para alcanzar lo que disfrutamos y la cierta incertidumbre para mantenerlo en el tiempo.

Hay que buscar el dominio de uno mismo, hay que educar en el esfuerzo cotidiano, en el creciente fortalecimiento de la voluntad referida a todos los ámbitos, ya sean afectivos, intelectuales, deportivos, culturales, psicológicos o espirituales.

Hay que desarrollar el nivel de logro que se marcan y exigirles autonomía y responsabilidad.

El estudio es importante porque ayuda al niño en su desarrollo personal y madurativo.

Hay que enseñar a estudiar, a planificar, a organizarse, a concentrarse, a aprovechar y dosificar el tiempo. Este proceso se tiene que ir dando desde que son pequeños como otro de los hábitos diarios que debe aprender.

Para ser eficaz en los estudios lo que se precisa es atención, no muchas horas perdidas, motivación, ánimo dispuesto para poder asimilar lo que se estudia y concentración para no verse sometido a continuas distracciones. Obviamente, se necesita voluntad, empeño y constancia.

La concentración puede ser fomentada en los hogares desde edades tempranas, por ejemplo dibujando, haciendo puzzles, escribiendo un cuento y leyéndolo.

Debe crearse un hábito de estudio en el día a día, un horario, un entorno propicio y desarrollar la capacidad para aislarse, para concentrarse en silencio.

Debe tener un lugar donde estudie, donde no tenga distracciones, una mesa y una silla que le sean cómodas y una luz que le permita realizar sus trabajos.

Hay que proveerlo de todos los recursos necesarios para que no se tenga que levantar una vez que haya empezado a estudiar, ya que perdería toda la concentración.

Es importante empezar a estudiar por las materias más complejas y terminar con las que le requieran menor esfuerzo.

Hay niños que no saben estudiar (no se les ha enseñado). Hay quien lee continuamente los textos «como papagayos», sin saber captar lo esencial de cada párrafo y lección. No realiza una lectura comprensiva. El dominio del lenguaje en su doble vertiente de comprensión y expresión es absolutamente imprescindible para los estudiantes.

Hay que preguntarle si «se le queda» lo que estudia, ¿emplea la memoria, realiza resúmenes, subraya? Hemos de mostrarles que saber no es recordar, sino relacionar. Memorizar se debe utilizar sólo para lo importante. Hay que mostrarles la forma de unir nexos. Debe enseñárseles a unir textos.

Si se precisa, hemos de solicitar apoyo del gabinete psicopedagógico del colegio/instituto e instrucciones.

Los tiempos de estudio y de ocio deben estar claramente diferenciados. Mientras no terminen sus tareas no tendrán juegos, tele u otras actividades.

Es necesario estudiar unas horas, pero resulta negativo estar siempre estudiando en detrimento de otras actividades también necesarias. Incluso, cuando veamos al niño cansado, es mejor que se tome tiempos de descanso para que no se agote.

Para evitar que nuestros hijos terminen aborreciendo estudiar no habremos de imponer sanciones del tipo «copia cien veces esta palabra o tal frase», o que el castigo consista en ponerlo a «estudiar» (ante los libros).


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