Escuela de Padres

Archive for septiembre 17th, 2012

El acto de comer es obligatorio y vital: hay que comer para vivir, evidentemente. Pero, desde su nacimiento, el ser humano busca en este acto, además de la satisfacción de una necesidad primaria, un intercambio y un placer compartido. Y esto es así durante toda su vida. El lactante busca la mirada materna y su contacto físico; tos adultos solemos celebrar en torno a una mesa los grandes y pequeños acontecimientos…

En la mesa, no sólo se comparten alimentos, sino también afecto. La mesa es el escenario de algunos de los mejores recuerdos de la infancia. Y también, demasiado a menudo, de roces cotidianos entre adultos y niños.

Ponerse a su altura

A la hora de la comida (o de la cena), los adultos no siempre somos capaces de adaptarnos a los niños, de ponernos en su lugar: les servimos raciones demasiado abundantes, les facilitamos cubiertos y vasos no adecuados para que los manejen unas manos pequeñas, les damos ordenes sin parar, insistimos para que se lo acaben todo… A este respecto, hay que tener en cuenta que el niño experimenta una saciedad sensorial: puede no querer acabar el puré de verduras porque ya no tiene hambre de ese alimento en concreto, pero sí de un segundo plato, o del postre. Aunque. por supuesto, no se trata de tolerárselo todo. Otro problema frecuente es el ritmo: está probado que los adultos mismos comemos demasiado rápido. Y no es justo pretender imponerles nuestro ritmo a los pequeños, que necesitan su tiempo.

Un encuentro relajante

Para el niño, la hora de las comidas no tiene por qué conllevar una carga de tensión.., si el adulto no lo recrimina constantemente: «Ponte derecho, «Quita los codos de la mesa», «No te manches», «Sujeta bien la cuchara»… Con frecuencia, se le pide que no hable, mientras que los adultos conversan con toda naturalidad. Y no lo puede entender. Comer con los niños supone estar realmente con ellos: interesarse por sus cosas, escucharlos, intercambiar puntos de vista, adaptarse en lo posible a su ritmo… hacerlos sentir comensales, aunque tengan que dejarse para después las conversaciones de los mayores. Para los niños, las comidas son momentos de sosiego, tanto por el placer fisiológico que conllevan como por la atención y el afecto que se les dispensa en el transcurso de las mismas: el acto de ser alimentados propicia el intercambio de sonrisas, de miradas, de ternura, favorece una forma especial de complicidad. Comer o cenar en familia es una experiencia vital cuyo recuerdo perdura. Y hay que luchar para que esa experiencia sea lo mejor posible: encontrar un ambiente agradable, disfrutar de los alimentos, aprovechar la pausa en la actividad doméstica, sentirse bien juntos. La comida o la cena no son el lugar ni el momento adecuados para evocar conflictos y, menos aún, para resolverlos.

 Si los niños cenan con una cuidadora…

No tiene por qué ser un problema si la actitud de la persona encargada de cuidarlos es cariñosa: si está verdaderamente presente (no levantándose cada dos minutos), les cuenta cosas, les explica lo que hay en el plato, los escucha y también les dice por qué no come con ellos (porque no está en su casa, porque cena más tarde con su propia familia, etc.).

Por otra parte, la comida es algo más que materia comestible: los alimentos nos hablan de nuestra cultura, de nuestra pertenencia a un grupo (genéricamente al de los seres humanos, pero también a un tipo de sociedad, a una familia concreta…). Aprendemos a comer como aprendemos a hablar: la comida. lo mismo que el lenguaje, revela a qué universo pertenecemos. Pero, además, los alimentos también permiten al niño entraren el juego de las relaciones sociales, comunicarse con los demás y, en definitiva, desarrollarse y crecer.


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