Escuela de Padres

Archive for septiembre 25th, 2012

En los últimos años, desde los medios de comunicación y desde la sociedad misma, los hombres se han sentido impulsados a adoptar un modelo de «nuevo padre y compañero» más implicado en las labores domésticas, en la educación de los niños… Cuando los hombres no se adaptan a este modelo, o simplemente deciden ignorarlo, se tiende a culpar de ello a sus madres.

Hay psicoanalistas que sostienen que el hecho de que una madre tenga un hijo varón implica para ella un placer mayor, porque siente que el niño, de alguna manera, la completa. Y advierten también del riesgo de que ese sentimiento de «fusión» de la madre con el niño prive en el futuro al pequeño del deseo de fundar una familia, porque, para acercarse con confianza al sexo contrario, es necesario no haberse sentido «engullido» por un amor materno… asfixiante.

 

«Te quiero mucho…, y a papá también»

Para evitar este problema que aparece en el camino de algunas madres de hijos varones, es conveniente que éstas permitan que su marido ocupe todo el espacio que le corresponde. Los psicoanalistas señalan que es importante que las madres que tengan chicos intenten enseñarles cuál es su lugar y que les recuerden a menudo que son pequeños y que los quieren mucho, pero que también quieren mucho a su papá, que es mayor. Y que, algún día, ellos también serán mayores y querrán así a su mujer. Del mismo modo, aconsejan evitar expresiones que puedan hacer pensar al niño que su madre le pertenece exclusivamente.

Una madre excesivamente absorbente y protectora con su hijo puede ser la causa de que un niño, en el futuro, desarrolle actitudes machistas. El día en que el pequeño «rey» se haga mayor puede llegar a mostrarse soberbio con el sexo contrario, para esconder, tras la arrogancia, su miedo a ser devorado…

Hay casos en que ese exceso de protección hace que los niños se encierren en sí mismos y se vuelvan totalmente dependientes del sexo opuesto: según los especialistas, los niños demasiado mimador por sus madres, de adultos, conservarán la costumbre de esperar que su compañera los colme de favores. Le pedirán lo que antes pedían a sus madres. Eso, generalmente, complica la relación.

Si se quiere evitar que el niño caiga en la soberbia o en la sumisión, es importante trabajar para establecer su identidad masculina. El niño necesita que su identidad esté bien afirmada para, en el futuro, poder desempeñar sus funciones de marido y padre con confianza… ¡y placer!

Diálogo para valorarse y valorar

Los padres tienen un papel fundamental que desempeñar con respecto a su hijo. Deben subrayar y valorar lo que caracteriza su sexo, porque existen las diferencias entre los niños y las niñas. Por ejemplo, los niños son más dados a la acción; y las niñas, a la reflexión. El padre puede ayudar a su hijo a controlar su exceso de energía, puede apoyar su deseo de acción, al tiempo que le descubre otros valores, los del otro sexo. Ser un hombre implica asumir la masculinidad y aceptar también la parte de feminidad que todo hombre lleva dentro. Evidentemente, la falta de diálogo levanta una barrera entre hombres y mujeres. Algunas mujeres se quejan de que el hombre con el que viven nos demasiado comunicativo, pero lo excusan con cariño: «Es que su madre no hablaba mucho con él…» Y sin embargo, ellas mismas repiten la historia al charlar mucho más a menudo con sus hijas que con sus hijos. Las madres tienden a hablar más con sus hijas, porque tienen la sensación de que ellas las comprenden mejor.

Esta falta de diálogo entre madres e hijos (ellos) perpetúa la situación que se quiere superar y dificulta la educación para la igualdad.

«Quizás algún día seas padre»

La verdad es que se tiende a hablar con mayor naturalidad con las niñas de su futuro como madres que con los niños de su futura paternidad. Y es un tema que también conviene abordar con ellos.

Un niño que juega con una muñeca puede propiciar la ocasión de decirle que también él, si tiene un hijo o una hija cuando sea mayor, acostará a su bebé en la cuna y le dará el biberón. Pero a muchas madres les cuesta dejar entrar en esa parcela a los hombres. En algunas familias, prefieren dejar al bebé a cargo de la hermana mayor, aunque haya un hermano de más edad. Y en cuanto éste se muestra torpe, se le envía a jugar a su habitación en vez de indicarle cómo hacerlo mejor.

¿Pero son sólo las madres las que deben transmitir este mensaje?

Los padres también deberían explicar a sus hijos el deseo que sintieron de tener niños, tendrían que hablarles del modo en que fueron educados por su padre, de lo que piensan de la paternidad, de lo que sintieron cuando tuvieron hijos.

El mejor ejemplo, en casa

Antes de convertirse en un buen padre, hay que pasar por el estadio de buen compañero. En este terreno, un ejemplo vale más que mil palabras. Ver cómo el padre quita la mesa y pasa el aspirador hace que los hijos varones asuman como algo natural el reparto de tareas. Y, por coherencia, no se debería exigir a las niñas tareas que no se pide a los niños. Más allá de los actos y las palabras, lo fundamental es el modo en que los niños y niñas perciben el respeto que se profesan sus padres, tanto como pareja como en su papel de progenitores. Eso es mucho más importante que compartir la fregona y la escoba (¡pero que esta reflexión no sirva de excusa a los padres para sentarse cómodamente ante el televisor!).

Y si un padre no es precisamente un modelo en ese sentido, es preciso intentar el diálogo tantas veces como sea necesario, pero siempre en privado. Hacerlo en presencia de los niños sería como descalificarlo. En la mente de los pequeños, esos altercados se traducen así: «Cuando papá friega, lo hace para complacer a mamá, que se lo ha dicho 10 veces, pero no porque realmente piense que debe hacerlo». En definitiva, no hay que regatear esfuerzos para conseguir que nuestros hijos formen parte activa de una sociedad en la que todos, hombres y mujeres, se sientan más felices.


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