Escuela de Padres

Archive for septiembre 26th, 2012

Destacados novelistas, críticos y profesores universitarios advierten de que la novela ha muerto. Algo que no parece importarnos a los lectores que hacemos cola en las librerías para conseguir el último tomo de Harry Potter; El cáliz de juego, y nos peleamos para no quedarnos sin el póster que la editorial Salamadra regala con motivo de la publicación del libro. ¿Por qué preferimos los bautizos a los funerales novelísticos? ¿Por qué nos atraen los libros de este niño aprendiz de mago, huérfano, que estudia en el Colegio Hogwarts de Magia y Brujería asignaturas como Defensa contra las Artes Ocultas, Cuidado de las Criaturas Mágicas o Aritmancia? Jorge Valdano asegura que el éxito del fútbol radica en que es «una metáfora de la vida». Pero es que todo es una metáfora de la vida: los toros, la música, el teatro, la novela… y los libros de Harry Potter son novelas en las que el lector reconoce la vida y la literatura.

Su autora, Joan K. Rowling, insiste en la influencia que le produjo leer a los 14 años El Señor de los Anillos, ese universo mágico en el que Tolkien planteó la lucha a muerte entre el bien y el mal. Harry también se enfrenta en cada tomo de sus aventuras al mago que mató a sus padres cuando él todavía era un bebé, el malvado Lord Voldemort, pero lo que le hace identificarse con los lectores no es únicamente esa batalla contra Quien-tú-ya-sabes -casi nadie se atreve a llamar a Voldemort por su nombre- sino la impotencia e indefensión del protagonista y sus amigos, no siempre bien comprendidos por los profesores del Colegio Hogwarts. Sensaciones que, aunque Rowling no lo mencione, son temas básicos en textos tan exitosos como El lazarillo de Tormes o el David Copperfield, de Charles Dickens, un autor este último que también mezclaba a la perfección el juego y el terror, presentes de nuevo en Harry Potter; y en ambos casos las dosis de aventura y humor permiten al lector despejar las pesadillas que pudieran suscitarle estos libros.

De hecho, el comienzo de La piedra filosofal -primer tomo de la saga Potter-, con Harry maltratado por sus padrastros-tíos, los Dursley, perpetuamente humillado por su gordo y estúpido primo Dudley, es una versión modernizada de los niños huérfanos de Dickens. Al igual que el compañerismo del Colegio Hogwarts de Magia y Brujería recuerda a las aventuras vividas en el internado descrito por Rudyard Kipling en Stalky & Co, o a las de los proscritos que acompañaban a Guillermo en las novelas de Richmal Crompton.

Los tiempos cambian

Todo muy inglés y tal vez ahora, gracias a la globalización, muy internacional. La única diferencia básica (magia aparte) entre los colegas del Stalky de Kipling -M’Turk y Bettle- y los de Harry -Ron y Hermione- es que esta última es una mujer, casi convertida en señorita o pollita de 14 años en la cuarta entrega y hasta ahora última de la serie. Los tiempos cambian y la separación educativa de sexos ya ha desaparecido.

En la coctelera de Jane K. Rowling se mezclan otros ingredientes de la tradición literaria más aventurera: conforme avanzan el primer y segundo libro de la serie -La piedra filosofal y La cámara secreta-, las influencias de Dickens, Kipling o Crompton dan paso alas de Sax Rohmer y Arthur Conan Doyle. El malvado Lord Voldemort y sus seguidores mortílagos recuerdan poderosamente al clan del diabólico Fu-Manchú y al del pérfido profesor Moriarty, que traía en vilo a Sherlock Holmes. Jane K. Rowling ha dado nueva vida a la novela, que algunos se empeñan en enterrar, e incluso en la tercera entrega de Harry Potter -El prisionero de Azkaban-, la mejor de las cuatro publicadas hasta el momento, logra ese difícil reto de encajar todas las piezas de la intriga con la precisión de un cubo de Rubik, en un ejercicio de síntesis y elipsis en el que cada dato, cada personaje y cada capítulo cumplen una función predeterminada para conseguir un libro redondo que recuerda a la técnica utilizada por Graham Greene para escribir El factor humano. Nada sobra, todo tiene un sentido, un porqué que irá desvelando el lector como si se tratara de un complejo rompecabezas donde al final encajan todas las piezas, hasta esas alas que parecía imposible encontrarles hueco.

 

Aciertos

Y encima supera en imaginación a todos sus predecesores con aciertos como el de los dementores, seres oscuros -¿se acuerdan de los jinetes negros de El Señor de los Anillos ?- que custodian a los magos presos en la cárcel sin rejas de Azkaban, donde ¡no hay celdas ni cerrojos, porque los dementores chupan la energía vital de los reclusos, les roban la felicidad y les dejan inertes y sin sueños. ¿Cuántos dementores caminan a diario por nuestro mundo real, chupándonos la energía sin aportarnos nada? ¿Quién no se ha enfrentado en alguna ocasión a uno de ellos, disfrazado de vecino, de jefe, de compañero o de amigo agobiante e inoportuno?

Rowling intenta repetir la misma fórmula de éxito en El cáliz de fuego, su última novela, pero el exceso de páginas -634 en la edición española-descubre la tramoya demasiado efectista, en ocasiones discordante y un poco forzada. Hay capítulos muy logrados, como la primera prueba del Torneo de los Tres Magos, pero Lord Voldemort se materializa demasiado, deja de ser una sombra del mal y se convierte en caricatura.

Todos estamos deseando leer la quinta entrega, que al parecer ya tiene título, para saber si la Rowling supera o no este bache.


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