Escuela de Padres

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Patricia López

 

Aulas con niños de dieciséis nacionalidades diferentes, como en el colegio Castilla, o el Antonio Moreno Rosales, con un 70 por 100 del alumnado inmigrante, es la nueva realidad a la que cada día deben acostumbrarse profesores, padres y alumnos. Distintas asociaciones sociales realizan campañas para trabajar la tolerancia en los centros. El Ministerio de Educación también ha tenido que ir orientando su política hacia la integración social en escuelas e institutos españoles.

Desde hace algunos años ha surgido en los centros de enseñanza la figura del profesor de Compensatoria, incluso algunos colegios también tienen entre su plantilla eventual a trabajadores sociales, ambos dedicados a ser primeros en atender a estos niños.

Desde hace ocho años, Rosana Zúñiga es profesora de Compensatoria para niños de 6 a 14 años en el colegio Diego Vázquez Díaz, y está acostumbrada a lidiar con todo tipo de problemas: «Algunas veces los niños llegan a España y al día siguiente ya están en el colegio. No les ha dado tiempo a asimilar nada y vienen muy mentalizados de que tienen que decir a todo que sí porque saben que son ilegales. Todo es cogerles, hablar con ellos y explicárselo bien».

Necesidades distintas

Nada más llegar al colegio, los niños pasan por las clases de Rosana y ella, que debe diseñar su propio temario, evalúa las necesidades para cada uno de ellos. «En este colegio -explica- tenemos marroquíes, rumanos y muchos latinoamericanos. Cada uno de ellos tiene unas necesidades y tengo que plantear una forma de trabajar en cada caso. Con los niños marroquíes o procedentes del país del Este se trata de enseñarles el idioma lo antes posible. Me sirvo para ello de la ayuda de imágenes o de otros niños que hacen de traductores. Los procedentes del Este lo aprenden en tres meses, son muy rápidos y disciplinados, mientras que a los marroquíes les cuesta más porque ellos no tienen vocales, el concepto de escritura es distinto, dividen de otra manera… Además, hay que acercarles a la cultura del nuevo país para que no surjan problemas y ponerles al nivel de sus compañeros. Con los latinoamericanos nos centraremos en que se acoplen lo más rápidamente posible a los demás porque su sistema educativo es más flojo que el de aquí», señala Rosana Zúñiga.

Los chavales recién llegados combinan las clases de Compensatoria -donde también aprenden a desenvolverse: desde cómo comprar el pan hasta temas más académicos- con las clases normales que comparten con todos sus compañeros. No todos los profesores están igual de formados. Los dedicados a Compensatoria han realizado distintos cursos para entender la situación. Según Candelas Hernández, jefa de Estudios del Instituto Parque de Aluche, de Madrid, «cada vez hay más profesores que están involucrados en Organizaciones No Gubernamentales y más concienciados, y desde sus asignaturas intentan plantear la multiculturalidad. Pero también hay mucho profesores a la antigua usanza. Tenemos que adaptarnos mucho más a las necesidades y no creernos que una explicación la puede seguir cualquier niño. Con la nueva reforma educativa y social no se ha producido un reciclaje obligatorio y formativo de los profesores para que realmente surja el nuevo profesor, que debe ser mucho más educador, colaborador e integrador».

Adaptación

Otra de las quejas a la Administración es la expuesta por Candelas Hernández: «Los niños llegan y, sin saber media palabra, nos los mandan a las aulas, incluso en el mes de mayo o junio, cuando ya no hay solución. Tienes que volver para atrás en el temario para que entiendan algo de lo que das en clase y eso también retrasa a los demás. Se les debería formar en el idioma antes de mandarles a clase».

El Ministerio de Educación estima que en un año estos chavales se encuentran perfectamente integrados, pero para Isabel Bravo, directora del Vázquez Díaz, no es tan fácil: «Es muy importante el porcentaje de otras culturas del centro. Estamos por encima del 20 por 100 y el problema está cuando los chavales tienen más de 13 años o en los colegios en el que hay un índice del 70 por 100. Según la normativa, las clases de Compensatoria deberían ser de grupos de siete alumnos como mucho, pero la realidad no es así. La cuestión no es sólo que sepan leer o aprendan el idioma sino todos los problemas que esos niños traen detrás».

Isabel Reyes es trabajadora social en dos centros de enseñanza. A pesar de que su labor es fundamental para resolver algunos de los conflictos de estos niños, no todos los centros cuentan con esta figura. «Inevitablemente -señala Reyes-, los chavales inmigrantes tienen más calle que los españoles, son mucho más descarados, emplean demasiadas palabras malsonantes y son mucho más difíciles de controlar. Hay que hablar mucho con ellos para poder hacerles entender las normas cívicas del centro. Pero también hay que realizar un gran trabajo con las familias, que muchas veces no terminan de comprender que la educación es obligatoria hasta los 16 años o que asistir a clase es muy importante».

Ardua tarea

Como jefa de Estudios, Candelas Hernández emplea parte de su horario en concienciar a los padres de sus alumnos, lo que puede ser una ardua tarea: «·Los padres de estos chavales, por falta de tiempo u otros motivos, se dedican a preocuparse de ellos sólo en las necesidades más básicas: comer, vestir y poco más. Vienen el día de la matrícula y es muy complicado hacerles volver algún día más. Por ejemplo, las madres marroquíes no se preocupan de ninguna gestión, todo lo hace el marido y ellos trabajan todo el día, por lo que es muy difícil contactar con ellos para explicarles el problema de sus hijos».

Las niñas de 12 años en adelante, sobre todo gitanas y marroquíes, son las que se llevan la peor parte, ya que en muchos casos se las destina a cuidar de la familia, hermanos y padre, y pronto son retiradas del colegio. Esto trae consigo problemas con sus demás compañeros, que ven que no participan en las actividades de los alumnos y, poco a poco, van aislándose hasta dejar la enseñanza.

Pero el problema de la integración no solamente es de los inmigrantes. Son los padres españoles los que en algunas ocasiones deciden cambiar a su hijo a un colegio privado por el nivel de inmigración del centro que le corresponde. «Si los padres comienzan a pensar que la enseñanza de un colegio público es peor por la inmigración y retiran a los niños de los centros, se va a agudizar el problema de la educación y la tolerancia porque entonces pasará como en otros países, donde la educación pública será para los inmigrantes», apunta Isabel Reyes.

Fiesta y convivencia

Para romper las barreras comunicativas y profundizar en la comprensión común de todas las culturas, los directores y profesores realizan actividades en las que participan todos. «En el Diego Vázquez -cuenta Isabel Bravo- hay una tarde de puertas abiertas en la que cada uno de los padres trae productos típicos de su país. Las madres marroquíes son las que más se vuelcan y llenan mesas de comida; además, traen su mejor vajilla». O en el instituto Parque de Aluche, en el que padres, alumnos y profesores preparan una vez al año una fiesta con baile, comida y trajes típicos.

Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia, es un experto. Desde su organización se han realizado más de un millar de jornadas de sensibilización. «En los colegios -cuenta Ibarra- utilizamos sobre todo monitores jóvenes pertenecientes a minorías étnicas que realizan actividades con música, baile y vídeos, y les enseñan la variedad y las coincidencias que hay entre todos ellos. En los institutos el problema es más serio y damos información y realizamos debates. Aparecen actitudes violentas y racistas. Comienzan a surgir las pandillas multiculturales. En la adolescencia se produce una reafirmación étnica y surgen grupos de blancos, pandillas de marroquíes, gitanos, negros, suramericanos… cada uno por su lado y con enfrentamientos entre ellos».

Según Candelas Hernández, «el cambio se va notando poco a poco. Lo bueno es que ahora los niños empiezan a convivir juntos desde Primaria y al llegar al instituto se aceptan más. Si surge una pelea, entonces sí que les sale la vena cultural e incluso, en algunos casos, la división es de emigrantes contra españoles».


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