Escuela de Padres

El primer contacto

Posted on: 18 abril, 2013

La experiencia, también la ciencia, nos dice que el nacimiento de un hijo o hija es uno de los acontecimientos más extraordinarios y felices de nuestra existencia. Parece como si el mundo se hubiera pareado y nada existiera más allá de nuestro pequeño y de la unidad familiar.

Acaban de ser padre y madre… mujer y hombre en forma de «globos» un poco elevados al ver a su bebé.

Además de la predisposición afectiva con la que suelen contar los progenitores, el propio bebé nace con unas características que nos estimulan especialmente, favoreciendo las reacciones enfocadas en su cuidado. La primera de ellas, es su peculiar aspecto físico. El etólogo Konrad Lorenz señaló que existen en los bebés o las crías de otros mamíferos una serie de rasgos infantiles que desencadenan en los seres adultos respuestas de protección y cuidado.

La segunda característica, que se observa en los bebés para asegurar la atención y cuidado de otras personas, es su capacidad para expresar emociones y responder a las emociones de quienes le cuidan.

Cada vez que se satisface una necesidad en el bebé, éste experimenta alivio, bienestar, placer, que se va asociando a la relación con la madre o la persona que le cuida. Además de una vida de comprensión y control de la vida del pequeño, las emociones nos vinculan, nos unen, de ahí la importancia de que se expresen con éxito entre padres e hijos.

Pero, ¿cuáles son las necesidades básicas de un bebé? ¿Qué necesita un ser humano para poder desarrollarse desde el nacimiento y acabar convirtiéndose en una persona adulta, sana, segura y motivada por la vida y por otras personas?

Lo primero que viene a nuestra cabeza será: una buena alimentación, una temperatura cálida, el descanso… Sin duda, es así, pero además y de manera fundamental, necesita el contacto afectivo, una sabia y sencilla combinación de tres aspectos fundamentales:

  • El contacto frecuente con el cuerpo de la madre, el padre o la persona que le cuida, caricias, mecimiento…
  • Una comunicación empática.
  • Una respuesta sensible, pronta y consistente, a sus «llamadas».

Estudios neuroanatómicos recientes demuestran que existen receptores de la piel con respuesta específica para las caricias y el contacto afectivo, con conexiones con el cerebro emocional, aportando placer, calma y seguridad cuando se experimentan.

El cerebro del bebé se alimenta de las caricias, del mecimiento y de las voces tiernas con inflexión alegre para diseñar las redes neuronales que permitirán el desarrollo óptimo de sus capacidades.

Otro dato interesante que se ha demostrado, en animales y en humanos, es que el balanceo materno –que comienza cuando se está en el útero y continúa con el mecimiento durante la lactancia- es fundamental para el correcto desarrollo del cerebro, en especial del cerebelo.

La expresión afectiva a través del contacto físico será importante a lo largo de toda la vida, pero de un modo esencial durante el primer año.

Pero además de acariciar y mecer al bebé, se ha demostrado que existe un modo de comunicación afectiva que potencia su desarrollo además de aportarle seguridad. Este modo de comunicarse consiste en un intercambio emocional entre el bebé y la madre o el padre, que consiste en un modo de “mirarse”, de “hablarse” y de “tocarse”, en definitiva, una forma de estar juntos.

La madre, o el padre, estimula la comunicación con el bebé de dos formas principalmente: a través de la voz y de la expresión facial. Le habla con una voz suave, con timbres agudos y muchas inflexiones, con palabras muy sencillas y frases cortas. Lo que se dice no es importante sino cómo se dice.

Se trata de las primeras conversaciones de un ser humano. En éstas, se realiza una sincronización, un ajuste en los ritmos de respuesta –de forma alternativa- y una sintonización emocional, un reflejo emocional entre ambos.

Una respuesta sensible significa estar atento a las distintas expresiones emocionales del niño y de la niña y ajustarse a lo que transmiten.

Algunos padres y madres temen que “se acostumbre a los brazos” y por eso deciden dejar que su bebé llore. Pero lo cierto es que cuanto antes consolemos y lo hagamos de forma regular, sea la hora que sea, antes irán aprendiendo a sentirse seguros y las razones para llorar irán disminuyendo. Cuando por el contrario, no respondemos a la “llamada” el llanto puede prolongarse durante mucho tiempo, lo que al final, acaba provocando un estrés en el bebé y afectando a su desarrollo cerebral.

En general, se ha comprobado que los bebés interactúan y juegan más con sus padres cuando manifiestan, a través de la expresión facial y el tono de su voz, alegría que cuando expresan tristeza. Ante la cara inmóvil de los progenitores los bebés tienden a agitarse y a llorar. Que la persona adulta se dirija al bebé expresando sentimientos positivos aumenta el vínculo social y afectivo. Al provocar más respuestas en el bebé, se fomenta el aprendizaje de la alternancia de papeles en la interacción social, ayudando al niño a diferenciar su persona del resto, así como a ir ajustándose a las respuestas de los demás.

La madre y el padre están atentos a las emociones que expresa el bebé y acomodan sus respuestas para satisfacerle. De este modo se crea una sintonía y sincronía emocional, esto significa responder según lo que siente y en el momento que el bebé lo necesita.

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