Escuela de Padres

Explorar el mundo para conocerlo

Posted on: 24 abril, 2013

El ser humano está preparado instintivamente para ello, la experimentación y exploración también es una necesidad básica que guarda relación con el desarrollo de la capacidad de control y, por tanto, con el desarrollo de estrategias para tener éxito a lo largo de la evolución.

las personas que cuidan al niño pequeño y están con él todo el tiempo forman parte de ese mundo que se explora y además median o filtran la experiencia que tiene con las cosas.

Pensemos en nosotros mismos cuando acudimos a una escuela para adquirir algún conocimiento específico. Si cada vez que fuésemos a clase encontráramos un profesorado distinto, que cuenta cosas distintas y que usa un método diferente, nuestro aprendizaje se ralentizaría, quedaríamos confusos, incluso bloqueados, sin saber qué hacer o cómo seguir. Perderíamos el control. A nuestros hijos pequeños les pasa algo parecido, tiene capacidad para aprender pero necesita que el mundo se vaya «estructurando» para ajustarse y asimilarlo.

Desde que se nace, el padre y la madre están ofreciendo una guía organizada de estimulación y actuación, sin ser consciente de ello, están ofreciendo un «curso programado para vivir»: el curso más importante de la vida. Proporcionándole una estimulación progresivamente más compleja, ajustada a las posibilidades de atención y de respuesta del niño y la niña, asegurando por otro lado, que se encuentre en buena disposición para ello, (propiciándole alimento, descanso, limpieza y alejándole de fuentes de estimulación perjudiciales). Gracias a este «filtro» de la estimulación, el niño y la niña son capaces de desarrollar óptimamente la atención a los aspectos relevantes, la memoria e inteligencia en general.

De todas las acciones que podemos llevar a cabo para «guiar» a nuestro pequeño en la vida, la expresión de las emociones a través de la cara y de la voz, se constituye como una «brújula» orientadora para el niño, que le marca los significados de las situaciones, el valor de las actuaciones y, por lo tanto, también los límites.

Cuando los niños son capaces de moverse de forma autónoma y se encuentran con situaciones nuevas o personas extrañas, mirarán a la madre, o la persona principal de apego, para comprobar cuál es el «valor» de dicha situación. Las expresiones emocionales de las madres actúan como guía respecto a lo que se debe o no se debe hacer en esas circunstancias. Si la madre sonríe o se muestra animada, el niño se acercará e interactuará con mayor facilidad con los objetos o las personas nuevas.

Sin darnos cuenta, las personas adultas estamos transmitiendo una guía de actuación a nuestra descendencia. Transmitimos el valor de los acontecimientos a través de nuestras expresiones emocionales. Ésta es una de las razones que explican la impresionante atención que prestan a lo que siente el padre y la madre y la dependencia de esa valoración. Atención y dependencia que se mantendrá hasta la adolescencia y que disminuirá con la maduración completa del individuo.

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