Escuela de Padres

Archive for junio 8th, 2013

Primer hábito: comunicarse diariamente con el niño par que se sienta seguro y refuerce el deseo de relacionarse.

Si por un momento echamos la vista atrás y comparamos nuestro modo de relacionarnos con nuestro hijo durante la primera infancia y cómo lo hacemos ahora, quizá descubramos algunas diferencias importantes: 3 años después…

¿Qué nos ha pasado? Desde luego, siguen siendo la “luz de nuestros ojos”, pero muchos padres y madres reconocen que la comunicación es distinta a lo largo de la segunda infancia: el contacto físico, la mirada y las expresiones afectivas descienden. Para muchos, la comunicación va quedando restringida a los “controles”, que suelen considerarse deberes inexcusables de la paternidad y la maternidad: controlar que se lave, coma, se vista bien, haga los deberes y saque buenas notas, o lo que es lo mismo, “que cumpla con su obligación”.

Pero existen otras responsabilidades, más importantes aún, y es ayudarle a que se construya como persona, para lo cual es imprescindible que siga existiendo una comunicación especial con la que regularmente transmitamos los siguientes mensajes: que le queremos, que nos importa, que nos alegra la vida, que confiamos en él y que le aceptamos tal como es (con independencia de los resultados que vaya obteniendo).

Toda comunicación afectiva y respetuosa comienza en la mirada. La mirada que más ansía es la mirada de ternura, de alegría y la de orgullo y admiración hacia sí, porque “si mi super madre o mi super padre me miran así, sólo puede significar que soy valioso y digno de amor”. Por el contrario, las miradas que más pueden dañar su autoestima (su panel de mando para dirigirse en la vida) son las de desprecio, decepción, lástima y la de indiferencia.

Aunque estemos en una etapa en la que la comunicación está cada vez más dominada por la palabra, no debemos olvidar que el contacto corporal sigue siendo una vía de comunicación afectiva principal. Estamos en contacto porque nos queremos. Los niños necesitan sentir que siempre estaremos cerca: clave psicológica para seguir avanzando y, sobre todo para no sentir que madurar puede ser una amenaza.

Pero sobre la base de la atención y el contacto físico, debemos darle una importancia clave a la escucha. Desde los seis años hasta la adolescencia, son un “libro abierto”: expresan todo lo que les pasa por la cabeza. A un niño o niña saludable le gusta estar hablando casi todo el tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que en el colegio ahora tendrá menos posibilidades de hacerlo cuando le apetezca. Necesita contar lo que ha visto u oído, planteando dudas y observaciones, compartiendo intereses. A través de estas expresiones aprende y se vincula socialmente: comparte, comprueba, corrige, sobre todo, valida sus impresiones y construye una imagen suya respecto a cómo está entendiendo y controlando la realidad.

Gran parte de las verbalizaciones del niño hacia sus progenitores, son demostraciones de su sabiduría y comprobaciones de las impresiones y valoraciones que produce en ellos. Se trata de una comunicación que trasciende el mero intercambio de información, es una comunicación identitaria, ya que aporta las herramientas sociales que necesita para desarrollar su identidad y una sana autoestima.

Es preciso dominar el diálogo con nuestros hijos e hijas, ello requiere dedicar todos los días un tiempo especial para hacerlo. Es necesario practicar, sobre todo, una buena escucha que consiste en:

  • Prestarle atención, mirándole y dejando de hacer/atender otras cosas (al menos, de forma intermitente).
  • Permitir que se exprese (aunque su uso de las palabras sea incorrecto), sin interrumpir para hacer valoraciones de cualquier tipo.
  • Hacerle preguntas aclaratorias para hacernos cargo de su situación, para ponernos en su lugar y compartir al máximo su interés. Las preguntas no deben hacerse para quedar bien sino con la honestidad del que quiere entender, porque enseguida se dará cuenta de si nos interesa realmente o no la cuestión (ya que son extremadamente sensibles a ello).
  • Mientras escuchamos, realizamos asentimientos y murmullos de aprobación (uhmm…, sí, sí…, ajá…, ya…) y repetimos alguna palabra o frase importante.
  • Si hemos entendido, se lo decimos, y enfatizamos lo importante del mensaje. Es la oportunidad para repetir correctamente algunas palabras, sirviendo de modelos en el lenguaje, en vez de corregir el “error”.
  • Nuestro gesto y entonación durante el diálogo será de interés y un reflejo también del sentimiento del niño.
  • La sonrisa y apertura del cuerpo facilitará todo el tiempo el intercambio: significa “todo va bien, soy todo oídos, estoy muy interesado”.

La práctica de una comunicación que expresa apertura e interés, nos facilita el manejo de lo que se considera el proceso básico de toda comunicación interpersonal: la empatía.

Empatizamos cuando:

  • Escuchamos con atención e interés, sin interrumpir, y preguntando cuando no entendemos algo o para hacernos cargo de  su situación.
  • Mientras le miramos, buscamos una sincronía con su cuerpo y relajamos el cuello, para lograr concentrarnos en su expresión y por tanto, en lo que siente.
  • Intentamos imaginar lo que puede sentir, necesitar y también sus limitaciones para hacer o entender.
  • Expresamos nuestra comprensión con un tono y una cara que refleje su sentimiento y con palabras del tipo: “te comprendo…”, “puedo imaginar cómo te sientes”, “vaya qué rabia has debido de sentir”, “me pongo en tu lugar y…”, “ya se que te fastidia…”, “a mí también me ocurre a veces”…

Haciendo algo para compartir su sentimiento o aliviarlo: abrazarle, ayudarle, consolarle, acompañarle, etc. (aunque no cumpla con nuestra expectativa de conducta podemos comprender sus motivos).