Escuela de Padres

Archive for julio 1st, 2013

Antes de convertirse en padres, la mayoría de las personas lo tienen todo bajo control. Cuidadosamente observan la manera en que otros padres educan a sus hijos, notando sus errores. Las parejas se sonríen uno al otro como si en cierta manera se conocieran. Solamente saben lo que no deben hacer. Nunca harían algo que fuera ni remotamente tan miope como lo hicieron los Joneses. Nunca gritarían, golpearían, malcriarían o sobornarían a sus hijos. Nunca sentarían a sus hijos frente al televisor con la intención de callarlos. Ellos estarían siempre en completo control.

Para ser sinceros, Camelia y yo pensábamos así antes de casarnos y de tener hijos. Teníamos patrones y expectativas, y estábamos seguros de que no resultaríamos decepcionados. Nuestros hijos tendrían buenos modales, serían considerados, y amables. Siempre dirían «por favor» y «gracias». Nunca se portarían mal en la mesa, tirarían comida, se hurgarían la nariz o pelearían. Todo estaba bien claro.

Ahora sé que las personas que tienen la certeza de cómo educar a sus hijos son aquellos que nunca han tenido uno. Son el tipo de personas sabelotodo y algo ingenuos a los que los padres los ponen fuera de combate con su experiencia. Antes de tener un hijo, puede darse el lujo de tener los «Diez mandamientos para una familia feliz». Pero para cuando su primer hijo cumpla el primer año de edad, los habrá reducido a «Diez sugerencias útiles», y en un año más se olvidará de ellas por completo.

La verdad es que ninguna de las reglas «prefabricadas» que tienen las personas antes de tener hijos funciona realmente. Antes de ser padre, cada persona piensa que puede hacer un trabajo casi perfecto. Pero cuando sostienen en sus brazos a su recién nacido, su confianza desaparece, a la vez que se evaporan sus teorías. La perfección deja de ser una meta realista y se convierte en una enorme carga. En cuestión de algunas semanas o meses, el nuevo padre pasa de sentirse el campeón mundial de peso pesado en la categoría de padres, a sentirse totalmente sobrepujado y pegado a las cuerdas del cuadrilátero. Ahora, el asunto es sobrevivir.

Comelia y yo no habíamos planeado tener nuestro primer hijo cuando sucedió. De hecho, tener un bebé era la última cosa que pasaba por nuestras mentes cuando la concebimos. Cuando tuve a mi hija en mis brazos en la sala de partos, confieso que me fue difícil encontrar la relación entre ese momento de profunda intimidad y la pequeña bolita de carne rosada y arrugada que se retorcía y lloraba en mi regazo. Unos cuantos minutos de diversión… y ¡ahora mira! Tenía una esperanza a medias de que las contracciones comenzaran otra vez y que de ellas saliera, envuelto en un papel de celofán, el manual de instrucciones, parecido al que uno obtiene cuando compra una computadora nueva o una videograbadora. Aunque traiga un manual mal traducido del japonés, vale la pena tenerlo. De hecho, en el caso de los niños, la mayoría de los padres se conformaría con cualquier manual, ¡aunque fuera en japonés!

Steve Chalke


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