Escuela de Padres

El hombre del traje blanco

Posted on: 4 agosto, 2013

Mi amigo Tony tiene un empleo que le requiere viajar alrededor del mundo. Una vez, iba en un avión, en la sección de ejecutivos, y su asiento se encontraba al otro lado del pasillo del cual estaba una niña de diez años que regresaba a casa con su familia, después de pasar un periodo en un internado. Al principio, le impresionó que la niña viajara sola en primera clase. Pero luego le llamó la atención que la niña comía y bebía absolutamente todo lo que le habían puesto al frente, y que luego llamara a la azafata para pedirle más. Olvidándose del trabajo que supuestamente debía hacer, mi amigo observaba muy de cerca a la niña, escondido detrás del periódico.

Obviamente, la niña estaba aprovechando al máximo su primer viaje sola. Pero aun así, como persona acostumbrada a viajar, Tony sabía que no era prudente comer tanto duran- te un vuelo. Tarde o temprano, lo que bajó en grandes cantidades, ¡subiría de nuevo! Sin duda alguna, en el momento en que el avión aterrizó, la chica se puso de color verde. Luego, mientras caminaba por el pasillo, se vomitó, ensuciando todo su vestido.

Mientras seguía sus pasos, Tony pudo ver a un hombre vestido con un costoso traje blanco, perfectamente planchado, que la esperaba en la pista, y que la saludaba. Por el aspecto en su rostro y la emoción en sus ojos al verla, Tony supo que era su padre. Pero cuán sorprendido se sintió mi amigo, que aun viendo como estaba el vestido de la niña, el hombre corrió hacia ella, se inclinó y puso sus brazos alrededor de su hija, sin dudar un solo instante, dándole un enorme abrazo. Mientras caminaban juntos hacia la terminal, a pesar de que su traje se había manchado con vómito, todo lo que Tony pudo ver en los ojos de este hombre era gozo por estar de nuevo con su hija. Ese es un ejemplo de amor sin condiciones.

A pesar de que frecuentemente les decimos a nuestros hijos que los amamos por quienes son, no está bien si con el resto de nuestras acciones y palabras les enviamos un mensaje diferente. Queremos que nuestros hijos triunfen, y sabemos que esto significa que tenemos que motivarlos. Lamentablemente, la manera en que muchos padres lo hacen es casi seguro que produzca el efecto contrario. Si nuestros hijos creen, o sospechan, que los amamos más cuando tienen éxito que cuando fallan, naturalmente tratarán de triunfar para ganarse nuestra aprobación. Pero en ese proceso, dejarán de pensar que los amamos incondicionalmente y comenzarán a asociar el amor con los logros. Cuando eso sucede, cuando presionamos a nuestros hijos para que triunfen, les fallamos como padres.

Uno de los mayores problemas en esperar que su hijo tenga éxito, o que sea siempre el primero en todo, es en definitiva, que en realidad nadie puede hacerlo. Hasta los niños talentosos fallarán tarde o temprano. Entonces, si la autoestima de su hijo está basada en el éxito, y medida en esos términos, está destinado a vivir toda su vida con sentimientos de fracaso y culpa. Como resultado, es muy probable que no se sienta amado y que se sienta indigno; condenado a una vida llena de ansiedad, celos, amargura, duda, inseguridad y que en definitiva, se comporte como un mal perdedor.

La Biblia dice: «Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran». Pero muchas personas hacen todo lo contrario: se alegran cuando escuchan que alguien ha fracasado, y se sienten amenazados por el éxito de cualquier persona, simplemente por causa de sus sentimientos de inseguridad y envidia.

Es completamente natural tener aspiraciones altas, expectativas y patrones para nuestros hijos. El problema surge cuando relacionan lo que usted espera de ellos con su amor. Entonces, sin importar cuán bien intencionadas sean las esperanzas, las expectativas y los modelos que usted desee para sus hijos, se estropearán. Lo más irónico de todo es, que cualquier nivel de éxito que sus hijos lleguen a alcanzar en su infancia o en otra etapa de sus vidas, nunca será suficiente para satisfacerlos. Siempre creerán que usted espera más de ellos, de manera que nunca podrán relajarse y disfrutar del camino. En vez de controlar sus vidas y disfrutar los frutos de su éxito, se dejarán dominar constantemente por la necesidad de tratar de vivir de acuerdo con «sus» expectativas. Por ejemplo, si su hijo siente que su amor por él está relacionado con su desempeño como futbolista, podría pensar que pertenecer al equipo de fútbol de la escuela no es motivo suficiente para que usted lo ame. Incluso, anotar el gol de la victoria en la final de la Copa del Mundo, como capitán del equipo de Inglaterra, sería una victoria en vano. Seguirá sintiendo que lo echó todo a perder por no hacer una jugada sorpresiva o por no convertirse en el futbolista del año de Europa.

Un amigo mío llamado Peter, está en la cima de su profesión: además de tener mucho dinero y de ser exitoso, es una persona agradable y generosa. Pero él es profundamente infeliz. Por más de veinte años ha sido dominado por la necesidad de impresionar a su papá, convencido de que aún no está a la altura de sus expectativas. Desafortunadamente, el padre de Peter está muerto. Estoy seguro de que si su padre viviera, sería el hombre más orgulloso de la tierra. Sin embargo, al darle a su hijo cuando era un niño, la impresión de que su amor estaba condicionado por sus logros y sus triunfos, lo condenó a una vida de ambición vana.

Steve Chalke

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