Escuela de Padres

La gratitud es vida

Posted on: 10 agosto, 2013

Y es que la conciencia, la cultura, la expresión oral, la moralidad son conceptos profundamente humanos. Como lo es la letra de la canción que dice: «Todo lo estropeo diciendo alguna estupidez como por ejemplo: yo te quiero».

Los seres humanos siempre tenemos algo que decir para que los demás lo celebren o perdonen. La verdad sólo se da en la comunicación ante el espejo o ante los demás. Porque nuestra especie tiene la exclusiva de la culpa, de la vergüenza y del rubor que dejan la intimidad a la intemperie.

Con el ejercicio de la inteligencia, con su esfuerzo, se alcanzan la calidad, las actividades sublimes como el arte o la ciencia, que no progresaría sin la piedra de toque que es el fracaso.

Somos animales que, más que competir, cooperan. Racionalizamos las emociones desde los otros, desde sus obras de teatro, sus baladas, sus cuadros, sus poemas, sus esculturas, sus escritos, sus películas, que traslucen el sentir «de los otros».

No soslayamos que entre nosotros hay analfabetos emocionales. Permítame en este punto preguntarle: ¿desde cuándo no disfruta de una puesta de sol?

Kant dejó escrito que únicamente dos cosas le producían vértigo en sus meditaciones: la contemplación de la noche estrellada y el abismo de su conciencia.

Todos miramos como niños cuando intuimos chispazos de sabiduría. Sí, nuestro corazón late ante la bella sorpresa al compás de nuestra infancia.

Siempre creemos que nos queda el mañana, por lo que imaginamos proyectos que realizamos desde el lenguaje, también interior.

«Podrán cortar todas las flores -se decía en la primavera de Praga-, pero no podrán impedir que llegue la primavera».

No podemos renunciar al universo creativo, a la libertad, como no podemos renunciar a la condición humana.

Creo que el ser humano se caracteriza por el respeto a sí mismo, por ponerse en los «zapatos psicológicos» del otro, por compartir la sonrisa, pro mostrar ternura, por llegar a odiar y a perdonar. Por eso y porque entendemos que la herramienta fundamental de la persona, junto a su lenguaje y la percepción de trascendencia, es la cultura heredada y el ámbito educativo que no tiene paredes, ni lugares, es por lo que consideramos que el reto de este mundo es formar desde la infancia en la dignidad humana y estimular a los adolescentes a involucrarse en su propio proceso de desarrollo prosocial.

Los niños y los no tan niños hemos de desarrollar y controlar los pensamientos, sentimientos y conductas; reconocer nuestras emociones, capacitarnos para encontrar alternativas ante conflictos y problemas; desarrollar un sistema de detección de errores en la forma de razonar de uno mismo y de los demás; erradicar las ideas cortocircuitadas; imaginar soluciones válidas; anticipar las consecuencias de los actos; fortalecernos en verdaderos e indiscutibles valores, y fomentar la coherencia.

En nosotros mismos y en el contacto con los demás hemos de pulir las emociones y sus manifestaciones; ya que no siempre podemos decir lo que pensamos, pensemos siempre lo que decimos.

Mediante los sentidos percibimos la vida, que transformamos en emociones que transmiten el dolor, la alegría, la belleza o el zarpazo que la conforman.

Le confesaré que siempre me ha producido desasosiego la risotada compartida en el circo ante la desgracia del payaso.

Por el contrario, creo en la palabra próxima, aterciopelada, que acaricia, y en la contemplación sentida del arte, ya sea obra del hombre, o de quien creó este inagotable universo.

El viento, el agua, los árboles, también componen música.

Pero ningún ser como el humano atisba la sabiduría mientras se balancea en la duda; posee una infancia dilatada, en ocasiones de por vida; dispone de capacidad simbólica, de abstracción, de transmisión de cultura. Humanos que nos miramos, hablamos, besamos y queremos de frente; que caminamos erguidos; que podemos girar sobre nosotros mismos; que anticipamos la muerte; que construimos representaciones complejas del entorno, de ideas; que soñamos. Seres que jugamos; que poseemos un lenguaje con una extraordinaria paleta cromática para comunicarnos, prevaleciendo la risa compartida que no conoce de fronteras. Personas que comemos de todo, poseemos una actividad sexual permanente, deseamos conocer y aprender, somos grupales, cooperativos, autocríticos, disponemos de manos con el pulgar en oposición, somos capaces de creernos cuasi dioses y al instante siguiente poco más que nada.

Pensamos y sabemos que al hacerlo es habitual que nos equivoquemos aun intentando eludir el error, y sonreímos como lo hicimos al nacer, aun antes de hablar, porque necesitamos como el aire la interacción social.

Siempre estamos aprendiendo a conocer y a ser. Nada posiblemente tan fascinante como observar a los niños construir su identidad, el concepto y la vivencia del otro. Más tarde contemplar al adulto que aprecia sus juicios de valor, su concepto del «yo», del «nosotros», en relación con el «tú», el «vosotros» o incluso el «ellos». Cómo proyectan sus destinos y moldean sus vidas.

Goleman define la identidad emocional como «el conjunto de habilidades entre las que destacan el autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia y la capacidad para motivarse a uno mismo».

La emoción que incluye el amor y el poder mueve el mundo e impulsa el crecimiento personal. Bien equilibrada trae felicidad; desequilibrada acarrea angustia y desesperación.

Quien genera estados emotivos artificiales mediante muletas como la droga fracasa inexorablemente. Otros corren en busca de la felicidad, pero sin definirla, sin anticipar los pasos que han de darse para alcanzarla; se extravían, no la reconocen. Algunos fortifican su autoimagen, su autovaloración y oscilan entre lo patético y lo peligroso.

Claro que es fundamental cómo nos sentimos con y en nosotros mismos. Nuestra autoestima es determinante, así como conocer nuestra naturaleza, forjar el concepto de voluntad, al tiempo de sentir la culpa, el remordimiento, la compasión. Pedir perdón, ser perdonados. Todo ello ayuda a examinarnos, a no tomarnos tan en serio a nosotros mismos, a saber que no somos tan importantes para que el mundo gire. Desde la humildad objetiva podremos esforzarnos por mejorar ante los demás, pero sobre todo ante nosotros mismos.

Nos pasamos la vida jugando al «cu-cú, tras-trás», escondiéndonos, apareciendo, sorprendiendo, sorprendiéndonos, o practicando el juego de la empatía, imaginando cómo me siente y percibe el otro, intentando influir sobre él dando una buena imagen.

Cualquier niño pequeño se oculta tras un paño y cree que el resto ha desaparecido.

Tenemos la ardua tarea de explorar las profundidades de nuestra alma, de auscultuar el pulso incesante del universo.

Hemos de «purificarnos», pasar por el fuego nuestro entendimiento y nuestros sentimientos. Buscar un sólido anclaje. Contentarnos con lo necesario y retomar la austeridad.

En ocasiones podemos sentirnos incómodos con nosotros mismos, pero no destruyamos nuestra ilusión ni la de los otros. Esto es un pecado, como robar algo tan humano como el tiempo.

Esencial, la armonía. Ingredientes: la alegría, el silencio, la elegancia sutil, lo extraordinario; no buscar la vida feliz, sino disfrutar de la felicidad de la vida; sensatez, compartir inteligencia; percibirnos sin sombras.

La vida es lo que es y no se puede obtener de ella algo distinto, ni estirarla; cabe la intensidad, el proyecto futuro y revivir lo ya acontecido.

En el devenir, el toque lúdico resulta esencial. Como el arte de viajar o de deleitarse con el tiempo desnudo de horas. No podemos perseguir los acontecimientos, desbordarnos por los sucesos, desequilibrarnos como los principiantes que se tambalean sobre los patines.

«Atrévete a pensar», un lema ilustrado que exige madurez y equilibrio con la inteligencia sentimental. Sobre estos carriles se conduce el comportamiento humano.

Desde el pensamiento prosocial poseemos derechos y deberes que se reconocen en los demás.

Podemos ser aplaudidos, sancionados, animados, convencidos, premiados; más allá está el deber. No se olvide.

No todo vale; si se llega a confundir el bien con el mal, la educación no tendría cabida y arrasaríamos la dignidad humana.

Nos poseemos. Somos libres.

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