Escuela de Padres

Archive for agosto 17th, 2013

La vida es competitiva. Nos agrade o no, así es. Desde la escuela hasta las entrevistas de trabajo, la competitividad nos rodea todo el tiempo. Nada podemos hacer para cambiar este hecho. Debido a que ningún padre desea que su hijo se quede atrás, tiende a reaccionar en una de dos formas. Ya sea que intenten proteger a sus hijos de cualquier forma de competición, lo cual, por supuesto, pospone lo inevitable o intencionalmente los preparan para el éxito. Ambos intentos son equivocados. El problema es que el fracaso, al igual que la competencia, es inevitable. No importa quien sea usted, no puede ganar siempre. Sus hijos pasarán sus vidas conociendo personas más rápidas, más ingeniosas, más adineradas, más amables, más atractivas y más creativas que ellos. No interesa cuan buen jugador de tenis o de fútbol sea, cuan bien se desempeñe su hijo como artista, músico, escritor, conferencista, piloto de carreras de automóvil o contador, siempre habrá alguien más rápido, mejor o más joven esperando para tomar su lugar.

Una trama frecuente en las películas de vaqueros de Hollywood era el pistolero, el «tirador más rápido del pueblo-, quien defendía su título aun con su propia vida. Unos muchachos, convencidos de ser más rápidos y mejores que él, lo retan a un duelo a muerte en las calles, resultando todos muertos en el duelo. Para el pistolero, permanecer en la cima de su profesión era tan difícil como llegar a ese primer lugar, pero tarde o temprano se verá obligado a perder su posición permanentemente. Tenga cuidado, ¡no exponga a sus hijos a este tipo de problemas!

De igual manera, lo primero que se debe aprender sobre montar un caballo es como caer sin hacerse daño, porque a pesar de lo bien que lo haga, es definitivo que se caerá. De manera que, si usted les enseña a sus hijos cómo triunfar pero no cómo recuperarse de un fracaso, o cómo arreglar asuntos comunes, en realidad no les está ayudando a largo plazo.

Tengo un amigo cuyo hijo es un buen corredor. De hecho es muy bueno. Cuando el joven fue escogido para competir representando a su escuela en una final regional, sus padres no pudieron sentirse más orgullosos. A pesar de no ser muy alto para su edad, el joven es muy rápido. Para ser seleccionado, tuvo que derrotar a jóvenes mayores y más fuertes que él. Había entrenado muy fuerte, por lo tanto estaba en óptimas condiciones tanto física como mentalmente. Podía verse cruzando la línea final y lo hizo, pero en último lugar. Sus oponentes eran los mejores de la región, y todos eran mayores, más altos y más rápidos que él. Se sintió devastado. Cuando llegó a su casa después de la competencia, corrió a su cuarto y se encerró, convencido de que se había defraudado a sí mismo y a los demás. Más tarde, cuando su papá intentó hablar con él, el muchacho se veía más triste que nunca. Al sentarse en su cama, el muchacho miraba fijamente al suelo.

-¿Hiciste tu mejor esfuerzo? -preguntó su papá.

– Si -contestó el joven.

Ni siquiera podía culpar el haber tenido un «mal día» a los resultados obtenidos.

– Entonces estoy orgulloso de ti -le dijo su papá, mientras se levantaba para irse-, todo lo que quiero de ti es que te esfuerces al máximo. Es grandioso ganar, pero no tienes porqué avergonzarte cuando pierdes si diste lo mejor de ti.

– Tú realmente me amas, ¿verdad? -le dijo el hijo a su padre mientras éste llegaba a la puerta para irse y así era, él realmente amaba a su hijo. Siempre nos sentimos orgullosos de nuestros hijos cuando hacen las cosas bien, pero esto no necesariamente significa que deben ser los primeros en llegar. Hacerlo bien significa dedicarse de lleno a la tarea y utilizar las habilidades en su totalidad: dando el ciento por ciento. Como padres, necesitamos asegurarnos de que aun cuando nuestros hijos no ganen o no tengan éxito, sepan que de cualquier manera los amamos con todo nuestro corazón.


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