Escuela de Padres

Archive for agosto 22nd, 2015

Ser padres puede sacar a la luz las carencias que ya existían en nuestra relación. Esta es una oportunidad para revisar nuestras necesidades, hacer los cambios precisos y comunicarse con el otro desde el corazón.

Nos enamoramos y sentimos que, por primera vez, la vida nos sonríe. Al final, tenemos lo que la vida nos ha negado durante nuestros años de infancia y parte de la juventud. Sentimos que es posible ser aceptado por otro ser humano y nos derretimos ante la promesa de que este amor, que tantas carencias viene a cubrir, nos durará eternamente. La mayoría de las relaciones se establecen desde una cierta fascinación por los aspectos de la otra persona que menos desarrollados teníamos nosotros mismos. Con el tiempo, la pareja se sostiene porque, de una manera u otra, los dos miembros obtienen algo que necesitan.

Cuando somos tres…

Entonces, en algún momento, dejamos de ser dos y nos convertimos en tres. Este cambio implica un desandar lo transmitido y reelaborar la relación, de forma que tenga cabida un nuevo sistema de intercambio. Ser madre o padre implica una revolución interior de la que salir fortalecido o lleno de rencor y agotamiento. Cuando comenzamos a ser invadidos por esas oleadas de hormonas que la maternidad nos trae y nos volvemos aún más emocionales, la comunicación con la pareja no es que sea difícil, es que se convierte en un milagro. Nos resulta muy complicado averiguar qué está sucediendo en nuestra relación, porque lo único que se nos ocurre es señalar con el dedo al otro y dar por sentado que las cosas no están funcionando porque el otro tiene la culpa.

En el conflicto que surge tras el nacimiento del niño están implicadas todas las capas de la existencia humana, y aparece un elemento nuevo que todavía nos descolora más: las emociones. Un buen ejemplo del cambio que la maternidad implica es que no podemos traducir esa sensación de malestar en palabras. Las emociones nos arrastran como una ola, nos llevan y nos traen, y quedamos a su merced completamente desprovistas de palabras que nos puedan ayudar a compartir todo ese caudal interior que pugna por salir. No es fácil para nuestra pareja ponerse en nuestro pellejo. Al fin y al cabo, él solo sabe que hay una persona gritando porque la sartén quedó sin fregar; no tiene ni idea de que, en realidad, lo que esos gritos están señalando es que la mujer está a punto de perder el control que con tanto esmero ha intentando mantener a lo largo de su vida. Lo que esa mujer está gritando es que desea volver a ser dueña de su vida y que las cosas sean como eran antes. El grito tiene que ver, no con la sartén sucia, sino con su infancia o con sus expectativas sobre la maternidad no cumplidas, o sobre el cansancio después de cuatro noches de niño que no se calma ni al pecho. El tema no es la sartén, y discutir sobre la sartén no traerá más luz a la relación. El tema es que ambos, mujer y hombre, se permitan explorar qué está sucediendo dentro de sí para, despejando lo aparente, llegar al meollo del asunto.

El motor del cambio

Muchas veces, en plena crisis, las mujeres se preguntan cómo es posible que hubieran elegido a esa persona para que fuera el padre de sus hijos. Y estoy segura de que muchos hombres se preguntan también cómo no vieron en ella a la mujer controlador, crítica y despectiva en la que se ha convertido. La única respuesta posible es que nos toca pasar por el enamoramiento al amor consciente. Aquel que emerge como una respuesta natural al proceso de aceptar al otro, pero ¿he de aceptarlo? No, todo no. No creo que sea necesario ni conveniente, ni beneficioso aceptar las faltas de respeto, las agresiones o las violencias emocionales, vengan de donde vengan. Ni siquiera las nuestras. ¿Tantas palabras para decirme que la vida cambia y que ahora tengo que adaptarme y aceptar al otro? No esta tan fácil. Y no es tan fácil salir de una crisis de relación de pareja, porque el viaje que se precisa realiza para hacerlo es un viaje interior. En general, mucha gente está más dispuesta a mudarse de casa (algunos ni eso), cambiar de trabajo o de credo, o de pareja, que a cambiar de ideas. Nos da miedo. Tememos que modificar ciertos aspectos de uno mismo implique dejar de ser nosotros mismos. Y tiene gracia, si no fuera por el enorme sufrimiento que conlleva esta forma de pensar. Si quieres que tu relación de pareja cambie, has de cambiar tú. Es así de simple, y así de complicado. Cuando tu ego o tu personaje dejen de encontrar satisfacción al pedir a tu pareja que rellene todos esos agujeros internos que llevamos en la mochila desde nuestra más tierna infancia, o pretenda rellenar los de los demás, tu relación de pareja habrá girado ciento ochenta grados. El único camino es ese compromiso interior, esa boda con tu propia alma que decía el poeta musulmán Rumi. No podemos apelar a la generosidad si no somos generosos con nosotros mismos. Ni podemos pretender entender al otro si no nos entendemos (o al menos lo intentamos) a nosotros mismos. Conforme avanzamos en la vida, podemos ir considerando que nuestras relaciones con los demás nos on sino un reflejo claro y diáfano de las que tenemos con nosotros mismos. ¿Crees que el padre hiperexigente no se exige a sí mismo? ¿Crees que eres capaz de escuchar si no puedes oír tus propias necesidades? ¿Crees que ese enfado que experimentas a diario no es contigo, aunque lo dirijas al otro? Esas habilidades que hacen falta para que la vida en pareja sea fácil y se propicie el crecimiento de todos los miembros de la familia solo pueden estar presentes si comienza a desarrollarse en el interior de cada uno de nosotros. Es un reto, sin duda. Tomar las riendas de mi interior, mirar hacia dentro y comenzar a desenrollar la madeja que no me deja crecer es una de las aventuras más fascinantes que puedas iniciar. Toda acción en la vida conlleva un riesgo, un salto al vacío. En tu mano está desplegar esas capacidades y habilidades que pulsan por salir de tu interior o permanecer amodorrado en un cómodo pero aburrido sueño.

Oportunidad de crecimiento

¿Estáis en crisis? Enhorabuena. Tenéis la oportunidad de cambiar, modificar y transformar una relación que se ha quedado obsoleta por la relación con la que siempre habíais soñado. Enhorabuena, porque la incomodidad os espoleará para que viajéis hasta el interior, descubráis exactamente lo que necesitáis, hagáis los cambios pertinentes y os comuniquéis de corazón con la otra persona. Ahora es cuando los cambios va a ser posibles. Ha llegado el momento de la madurez, de desmontar las caretas y los escudos con los que os cubríais. La crisis es la oportunidad de ser más tú, cada día, cada vez.

Mónica Felipe-Larralde


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