Escuela de Padres

Soy gritona y no sé cómo remediarlo

Posted on: 13 octubre, 2015

Esa sensación de estar continuamente desgañitándote, de valerse del decibelio para llamar la atención de tus hijos sin que sirva de nada más que para sentirse terriblemente culpable después… Muchas madres (más de las que lo reconocen abiertamente) vivimos esta situación casi a diario. Te contamos: a) por qué no pasa nada por alzar la voz de vez encubando, y b) cómo poner en marcha otras estrategias menos sonoras pero más efectivas para lograr que te hagan caso.

Buenas intenciones, frustración creciente, impaciencia, impotencia, enfado supino… EL GRITO, catarsis fugaz, y… un inmediato sentimiento de culpa. ¿Te suena la secuencia? Tranquila, no eres la única. Pocas madres (poquísimas) se libran de caer en este círculo vicioso durante el “cuerpos a cuerpo” diario que mantienen con sus hijos. De hecho, es una reacción fisiológica: cuando nos sentimos frustrados, el cerebro segrega cortisol, la hormona del estrés, que se puede considerar la antesala del grito.

El problema aparece cuando la situación se repite con frecuencia y empiezas a desarrollar las características idóneas para convertirte en una gritona crónica, algo que no reporta ningún beneficio (mentalízate desde ya: gritar no sirve de nada) y sí puede conllevar consecuencias negativas. “Con los gritos, lo único que hacemos es presionar a los niños, crear un ambiente de crispación, que ni favorece el aprendizaje ni propicia un buen clima de comunicación. Además, los niños aprenden a través del ejemplo: si no queremos tener hijos gritones, hay que evitar gritar delante de ellos”, explica la psicóloga Silvia Álava.

Una investigación publicaba en la revista Journal of Marriage and Family demostró que en los hogares con más de 25 episodios de gritos en un año, los niños tenían mayor tendencia a la depresión y a mostrarse agresivos. Relativizan un poco esta evidencia y teniendo en cuenta que no pasa nada por alzar la voz en situaciones puntuales, lo cierto es que gritar no es una buena estrategia.

La repetición como detonante

Somos humanos y, por tanto, carecemos de paciencia infinita, así que hay momentos en los que optar por el silencio es casi una heroicidad. A la cabeza del ranking de los desencadenares de gritos está el “efecto disco rayado” (o sea, tener que repetir las cosas mil veces para que nos hagan caso). “Al principio lo digo de buenas formas (a veces, incluso, cantando), después me pongo más seria. Pero, claro, la octava vez que tengo que repetir “ponte ahora mismo las zapatillas, que te vas a enfriar, Jaime”, doy un alarido”, comenta Marta, madre de un niño de 2 años.

En la jornada diaria hay situaciones de alto riesgo para el grito: el desayuno (el tiempo apremia y el niño está aún sin vestir), la hora de ordenar y la de irse a la cama y, sobre todo, las peleas entre hermanos. “Mis hijos están todo el día a la gresca, se pegan, se chillan y, al final, yo termino gritándoles como una loca que dejen de pelearse… y de gritar”, confiesa Mamen, madre de tres niños de 5, 3 y 2 años.

Ellas vieron la luz

¿Cómo conseguir entonces dejar de ser una gritona crónica? Lo primero, reconociendo que lo eres y reflexionando sobre las consecuencias que puede tener sobre tus hijos, tu estado de ánimo y el ambiente que se respira en tu hogar. Así lo hizo la escritora norteamericana Julie Ann Barnhill, autora del libro She’s gong Blow (“Ella va a estallar”), un magnífico referente sobre la gestión del enfado materno que va por los 135.000 ejemplares. Barnbill buscó ayuda para aprender a controlar su ira y las estrategias que usó tuvieron tan buenos resultados que en la actualidad se dedica a compartirlas a través de talleres y conferencias y de su web: http://www.juliebarnhill.com. Por ejemplo, para manejar la ira aconseja retirar lo que ella llama las molestias visuales (esos montones de ropa sucia pendientes de entrar en la lavadora), que tienen un efecto nefasto en el establo de ánimo, o darse algún mimo (un masaje, un atracón de chocolate…) en momentos críticos como el síndrome premestrual, para relajar la tensión.

En ocasiones, la revelación se produce de forma más brusca, como le pasó a Ana: “Se me vino el mundo abajo cuando mi hija Laura le enseñó a mi suegra un dibujo que había hecho de la familia en el que aparecía Cruel de Vil. Cuando le preguntó por qué la había incluido, le dijo que era yo, que siempre está gritando como ella”.

Algo similar le ocurrió a la autora del blog The Orange Rhino Challenge (madre de 4 hijos menores de 6 años y gurú de las madres gritonas en Internet). Cuando la persona que trabajaba en su casa la encontró gritando a sus hijos y totalmente fuera de sí, se sintió tan mal que les prometió no chillar en 365 días. Lo logró y todo el proceso está reflejado en su blog del que se pueden extraer interesantes conclusiones resumidas en el apartado “10 cosas que aprendí cuando dejé de gritar a mis hijos” del tipo: “No siempre puedo controlar las acciones de mis hijos, pero sí mi reacción; gritar no funciona, muchas veces yo soy el problema, no mis hijos; ahora que he dejado de gritar me siento más feliz, más tranquila y más ligera”.

Siguiendo la estela de la norteamericana, una madre española ha creado un grupo de Facebook en español, que cuenta con casi 4.000 seguidoras que comparten sus ideas para educar sin gritar.

Antídotos pre-alarido

1.- Detecta las señales

En sus talleres, Julie Ann Barnhill insiste en la necesidad de que las madres reconozcan en su organismo las señales previas a la emisión del grito: opresión en el pecho y la garganta, pulso acelerado, rechinar de dientes y mandíbula, irrupción de pensamientos negativos, angustia… “El antídoto es sencillo: hacer varias respiraciones profundas, visualizar una imagen agradable y pensar “vale, estoy teniendo un día miserable, pero gritar y  enfadarme solo va a empeorar las cosas”, explica. También es importante reconocer las situaciones que propician el grito y evitarlas en la medida de lo posible.

2.- Desactívate

Cuando tus hijos te pongan al borde de un ataque de nervios, cuenta hasta 10, vete a otra habitación o empléate de lleno en alguna actividad.

3.- Ensaya

También ayuda prepararse mentalmente para las situaciones que provocan los gritos. “Llegaba a casa muy estrenada del trabajo y me encontraba a mis hijos peleándose en medio de un revoltijo de ropa y juguetes, y siempre acababa gritándoles y ellos llorando. Decidí dar un pequeño paseo antes de llegar a casa, para exorcizar mi mal humor y repetirme una y otra vez el guión de lo que iba a ocurrir después: “Ahora llegaré y estará todo hecho un desastre, pero no me voy a alterar. Les diré que recojan y, si no lo hacen, pues tampoco es el fin del mundo” y ¡funcionó!” cuenta Inés.

4.- Y comparte

A la autora del Rinoceronte Naranja le ayudo compartir su experiencia con otras madres, pero no hace falta convertirse en bloguear ni conferenciante: una merienda con otras mamás o un grupo de whatsapp que sirva de desahogo y ayude a motivarse para ser una mamá de voz modulada perenne puede ser igual de efectivo.

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