Escuela de Padres

Disciplina

Posted on: 8 septiembre, 2016

Según el diccionario de Julio Casares, DISCIPLINA es la doctrina, enseñanza o educación de una persona, especialmente en lo moral.

De esta definición, lo realmente fundamental es la frase que engloba la educación de una persona. Queda como tema secundario, el aprendizaje de las normas de conducta sobre lo que está socialmente aceptado como bueno o malo.

Es evidente que no podemos separar un aspecto global de la educación de uno de parcial, referido únicamente a las normas. O si. Si damos por sentado, que la educación del niño, que es como empieza la persona, es correcta, nos podremos detener en los aspectos más normativos del comportamiento cotidiano. Y a partir de ahí podremos hablar de los premios y de los castigos.

Supongamos pues, que un niño ha tenido, y tiene, una educación correcta. No tiene problemas de tipo material (vivienda confortable, alimento, higiene, etc.) ni tampoco de tipo psicológico (familia estable, atenciones afectuosas abundantes, en un ambiente con un grado de tolerancia y aceptación deseables, una autoridad firme, relaciones sociales, escuela etc.).

En el largo camino de su maduración, es educado para hacerle independiente, recibe los estímulos adecuados, sabe tolerar las frustraciones, no es objeto de sobreprotecciones ni sobresatisfacciones, el ejemplo de sus padres se corresponde con los valores que propugnan, potencian su autoestima, etc.

En este caso, la educación de la disciplina, de entrada, irá ligada al valor que dicho concepto tenga para sus padres. En principio, de padres disciplinados, hijos disciplinados.

Si la identificación ha funcionado correctamente y el niño no tiene ningún trastorno psicopatológico, no debe haber ningún tipo de problema. Ningún tipo de problema grave.

Que un niño haga una travesura, diga una mentira o hurte cien pesetas para comprar chuches, no será ningún problema. En el paraíso educativo que hemos dibujado, será suavemente corregido con una amonestación y se habrá acabado el problema.

Los problemas, serán cuantiosos, si las carencias también lo son. Ahora y aquí no vamos a hablar de ello, porque no es el tema que nos toca desarrollar, por lo que apuntaremos, como un niño va integrando las normas en el transcurso de su maduración, y qué pensamos sobre los premios y los castigos, en los niños y los adolescentes, sin problemas psicopatológicos importantes.

Durante los dos primeros años de vida, no hay problemas, porque la autoridad y educación paterna protegen y dirigen al niño de forma automática, sin pedirle consejo ni preguntarle que es lo que el rey de la casa desea. Que dure.

Digo que dure, porque estamos observando como en este delirante final de siglo, esto empieza a cambiar, y algunas madres fofas, preguntan con insistente estupidez a sus retoños si les gusta más esto o aquello, dicha marca o dicho modelo, por lo que mi afirmación del párrafo anterior puede quedar en entredicho. Sigamos.

El enfrentamiento empieza entre los dos y los cuatro años, cuando el niño sabe, usa y abusa del NO. Es la época del delicioso período de oposición, en el que el pequeño está deseando ser obligado a hacer cualquier cosa, para oponerse con todas sus ganas.

No nos vamos a extender comentando este momento evolutivo, pero las madres de los opositores de turno deberían tener un buen asesoramiento psicopedagógico, para no hacerles el juego. Porque aquí pueden nacer muchos problemas de disciplina, que se pueden cronificar si no se interviene a tiempo.

El niño crece, y si todo marcha bien, supera esta primera fase de afirmación de su YO, para entrar en la tercera infancia en la que a la calma interna se une la curiosidad externa. Es un período de numerosos aprendizajes y grandes descubrimientos.

La relación con los padres es muy sana, y entre los cinco y los siete años, se ha terminado la fase infantil anterior. Son capaces de diferenciar las actitudes de juego con las de trabajo, (que conllevan ya la aceptación de una disciplina).

Saben que en el juego, escogen el que les gusta.
Saben que el juego es placentero, se lo pasan bien, disfrutan.
Saben que si se cansan, dejan de jugar y se acabó.

Pero también saben que:

El trabajo te lo imponen, la maestra, el profesor.
El trabajo hay que realizarlo tanto si te gusta como si no. Aguantarse tocan.
Finalmente que el trabajo no lo puedes dejar cuando quieres, sino cuando se acaba la clase, la tarea, la página o los deberes.

Estas tres diferencias, son capaces de entenderlas y de aceptarlas, si en su educación reciben los estímulos adecuados. No con premios ni con castigos.

Es el ejemplo de los que trabajan, los compañeros, los mismos maestros, los padres, lo que refuerza la tendencia a progresar, a hacer cosas, cosas con esfuerzo, lo cual potencia la autoestima. Este es el camino y no otro.

La gratificación subsiguiente es la aprobación y valoración de sus maestros y padres, que con su interés por los trabajos escolares, le esta diciendo al niño que lo que hace vale la pena, que es capaz de resolver cosas (por lo tanto él vale) y además se gana la aprobación y estima de sus familiares y maestros. El niño está tranquilo y seguro.

Es decir, a esta edad (6-12 años) no sólo hacen las cosas porque se las ordenan, sino que también se las hacen suyas, las aceptan y se las ordenan ellos mismos. Han madurado.

Es la maravillosa tercera infancia que ya tiene visos de madurez y por lo tanto empiezan a ser responsables, saben lo que está bien y lo que está mal y, si quieren, se someten a dicho código y lo cumplen. No por el castigo (a veces si) sino por entender que es su deber.

Y son capaces de cumplir con unos deberes que serán cívicos, de convivencia (no pasar el semáforo en rojo, no pisar el césped, no tirar papeles al suelo…) y otros serán escolares (llevar hechas las dos sumas) o personales (me he de lavar los dientes, porque esto es bueno para mí).

Y este proceso no hay quien lo pare. Si educamos, dirigiendo cada vez menos y responsabilizando cada vez más. Si procuramos educar acompañando hacia la madurez, potenciando su autoestima para que vayan desprendiéndose cada vez más. Si les damos autonomía, confianza y les ayudamos a superar las lógicas frustraciones. Si ensanchamos su horizonte para que se incorporen al grupo social, serán ellos que aceptaran el código disciplinario que crean útil y adecuado de acuerdo con su forma de pensar y sentir.

Es decir, lo importante es el código moral interno que les guíe en la vida, no las apariencias que finjan ante el grupo. Es un problema de valores internos. Esto deben vivirlo en el hogar y más adelante en un grupo de jóvenes adolescentes. Es a partir de la adolescencia, cuando se entra de lleno en la organización definitiva del hombre, adquiriendo responsabilidades ante si y ante el mundo.

Es un problema de raíces, que como todos sabemos sólo crecen en profundidad (con el día a día) y en silencio (sin alardeos ni palabrería barata, fruto de una reflexión interna y profunda).

Estamos hablando de una educación, poco habitual, basada en el rigor, en lo auténtico del ser y no en lo superficial del tener. Y no es precisamente esto lo que se vende por ahí, no es lo que se estila, pero es lo más enriquecedor que uno puede vivir.

Al final, uno se da cuenta, que a los hijos, cuando se van haciendo mayores, los padres no los deben ni seguir, ni controlar…sino que son los hijos, quienes se los llevaran a ellos. Es decir, si tú, como padre, por tu forma de ser, hacer, participar, hablar, ayudar…has dado unos mensajes a tu hijo que le han impactado, tu hijo se te llevará, hará suyos tus mensajes (o los del hermano mayor, la profesora de física o el vecino del segundo).

No somos los padres los que hemos de perseguir a los hijos, son ellos que se nos han de llevar. Y sólo lo harán, si nuestros mensajes son sinceros, honrados, coherentes y de calidad.

Jordi Folch y Soler, psiquiatra

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