Escuela de Padres

Desde los 2 a los 6 años

Posted on: 28 septiembre, 2016

Las actividades físico-motoras de los preescolares ponen los cimientos de su futuro desarrollo cognoscitivo y socio-emocional. En cuanto a este desarrollo motor el niño aproximadamente a los doce meses comienza a andar todavía de forma insegura y con muchos esfuerzos.

La posición erguida lleva modificaciones en la visión y percepción. Alrededor de los dieciocho meses su marcha es segura, puede correr, subirse a una silla y si se le ayuda, los peldaños de una escalera. A los dos años, corre bien, no se cae, patea una pelota, sube y baja las escaleras, sostiene un vaso y bebe de él. Es capaz de construir una torre de seis o siete cubos.

A los tres años es capaz de pascar en triciclo, controlar las frenadas bruscas y subir y bajar escaleras alternando los pies.

A los cuatro años es capaz de mantener brevemente su cuerpo sobre un solo pie y brincar y jugar en el columpio. Posee una coordinación motora mucho más fina y es capaz de abrocharse los botones.

A los cinco años posee un gobierno mayor de la actividad corporal: salta sin dificultad y se mantiene de puntillas unos segundos, mayor control de los utensilios (el cepillo de dientes, el lápiz…). A partir de aquí el niño se enfrentará a nuevas adquisiciones motrices como saltar a la comba, patinar, montar en bicicleta…

Durante el desarrollo perceptivo ocurren dos importante cambios relacionados con la maduración: uno es un progresivo cambio de preferencia desde la percepción sensorial-cenestésica a la percepción visual y verbal.

Existe un paso progresivo de los niños de dos a seis años: de una actividad exploratoria de los objetos en los que domina la manipulación de los mismos a otra más dominantemente visual. Quien posibilita este progreso es según Piaget (1937) la capacidad que adquiere el niño durante este periodo de representar simbólicamente la realidad. Otra característica de esta etapa es que adquiere la capacidad de integrar la información de diversas modalidades sensoriales.

Sobre la percepción de la forma de los objetos cabe señalar que sigue siendo difusa y globalista. Presta poca atención a los detalles. Solo cerca de los seis años prestará atención a estos detalles hasta conseguir una percepción integrada.

Sobre la percepción del espacio gracias a las funciones psicomotrices, el niño va conquistando cada vez más el espacio lejano. En cuanto a las pequeñas distancias, en el segundo año existe ya una construcción de dimensión y magnitud.

La percepción del tiempo se da alrededor de los dos o tres años de forma muy elemental. El niño se orienta en el tiempo a través de signos extratemporales. Hacia los cuatro años comienza a comprender y usar correctamente los adverbios temporales (hoy, antes, mañana…). Este progreso estriba en el auge de la memoria, cada vez mayor, que permite al niño ordenar temporalmente experiencias conservadas durante un lapso mayor de tiempo. Estos intervalos todavía son relativamente pequeños.

En cuanto al desarrollo intelectual en esta etapa el niño va a pasar de la fase sensoriomotriz a la fase simbólica. Según Piaget va a lograr sustituir una acción o un objeto por su signo.

Entre los doce y los dieciocho meses se dan las Reacciones Circulares Terciarias y el descubrimiento de nuevos medios por exploración o experiencia activa. En este nivel, el niño reitera las reacciones cíclicas aprendidas pero las varia buscando nuevos resultados.

Entre los dieciocho meses y los dos años se da el nivel de invención de nuevos medios por combinación mental. Ahora el niño ya es capaz de representar el mundo exterior pero usa como representaciones imágenes motoras imitativas (por ejemplo una representación del acto de abrir una puerta será el ejercicio de abrir y cerrar los brazos por el niño).

De los dos a los seis años comienza el periodo de las operaciones concretas cuyo subperíodo primero es el periodo preoperacional que abarca de los dos a los cuatro años y donde el niño ya es capaz de diferenciar significantes de significados, puede elaborar una imagen interna que representa un objeto ausente.

De los cuatro a los seis años el pensamiento del niño sufre algunas modificaciones: captación por parte del niño de la invariabilidad de la cantidad o materia, posibilidad de ordenar y relacionar los estados de una cosa (anchura y altura) y ya es capaz de secuenciar los pasos de un problema.

Todos los padres pueden observar un cambio de conducta en sus hijos en torno a los dos años en relación al desarrollo afectivo. El niño se vuelve poco a poco desobediente lo que provoca los primeros conflictos con padres y educadores. Es característico que quiera imponer su voluntad continuamente. Este nuevo comportamiento que presenta una mezcla de rebeldía y de negativa recibe el nombre de obstinación.

Por efecto de la maduración y del aprendizaje, la vida emocional del niño sufre profundos cambios. El comportamiento emocional tiende a estabilizarse y tiende a ser menos explosivo y casual. Lo que las emociones pierden en violencia lo ganan en variedad y riqueza. A medida que la vida social del niño se enriquece, sus emociones tienden a socializarse.

En esta edad existen dos procesos claves en el desarrollo del lenguaje. El lenguaje receptivo y el lenguaje expresivo. A menudo el lenguaje receptivo o comprensivo se desarrolla con mayor rapidez que la producción del leguaje. El niño va adquiriendo poco a poco los distintos fonemas. Ingram (1976) y Boch (1984) estudiaron las diferentes estrategias propias que se ponen en marcha para la adquisición fonológica. Estos autores consideran que los fonemas se adquieren a través de tres procesos, denominados procesos de simplificación fonológica (sustitución, asimilación y simplificación).

En relación con la adquisición de vocabulario, el niño pasará por diferentes etapas, de esta forma el sentido de las primeras palabras que aprende se irá afinando paulatinamente gracias al desarrollo cognitivo del niño, a la estimulación recibida por el entorno y a los diferentes modelos que éste le va ofreciendo. Cualquier novedad que vaya asimilando, servirá para que el niño modifique la organización semántica que tiene en ese momento.

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