Escuela de Padres

Archive for marzo 2019

Existe abundante evidencia experimental de que el entorno familiar es uno de los factores influyentes más poderosos. Se considera probado que las experiencias familiares pueden contribuir poderosamente para desarrollar patrones de conducta violentos y/o antisociales. La que presentamos a continuación es la evidencia experimental más significativa:

Evidencia experimental

– Estudio de Mc Cord y Mc Cord (Powers y Witmer 1951). Estos investigadores querían saber si la asistencia social podía reducir las tendencias antisociales de jóvenes de la clase trabajadora. El estudio continuó durante un tiempo, pero no se pudo determinar que hubiera una relación causal significativa. Sin embargo, los registros tomados por los asistentes sociales se pudieron utilizar para un nuevo estudio longitudinal. Esta vez se quiso saber qué había sido de los chicos estudiados al cabo de los años. En esta ocasión se puso de relieve un hallazgo experimental de lo más interesante: Se pudo concluir que las experiencias en la familia eran el factor que determinaba con más peso la tendencia y frecuencia con que los jóvenes respondían agresivamente cuando se veían amenazados. Mc Cord descubrió que las formas en que los padres habían educado a sus hijos desde la infancia se relacionaba con la cantidad de conductas violentas y antisociales de los jóvenes, y más aún, con los registros delictivos de estos niños cuando alcanzaban los 30 años. Mc Cord concluyó que las experiencias de los niños en las familias tiene una influencia sobre su conducta violenta en las etapas posteriores de su desarrollo y determina en gran medida las posibilidades de convertirse en delincuentes.

Tener en cuenta la familia

En efecto, podemos afirmar que el entorno familiar puede convertirse en un caldo de cultivo favorable para el desarrollo de tendencias violentas y antisociales. Por lo tanto es necesario que todos los educadores tengan siempre presente en su actividad, que las familias representan una “piedra de toque” tanto en las intervenciones primarias (formativas) como en las secundarias (correctoras) en los programas dirigidos a fomentar actitudes de convivencia, tolerancia, educación para la paz y control de la agresividad y la violencia en cualquier centro educativo.

Teorías genéticas

En el estudio de las conductas violentas, ocupa un lugar importante la tesis de que las personas que tienen propensión a la violencia lo hacen impulsadas por sus rasgos caracteriales innatos que les obligan a responder a los estímulos ambientales o a las demandas del entorno con agresividad. Desde este punto de vista, la violencia estaría determinada desde el momento del nacimiento.

Teorías ambientalistas

Por otro lado, tenemos todas las teorías ambientalistas que propugnan que cualquier individuo, al margen de su genotipo particular, aprende actitudes y valores que lo inclinan hacia la agresividad y la conducta violenta o no, dependiendo de una enorme cantidad de variables relacionadas con el aprendizaje.

En definitiva, ante la cuestión de si la persona violenta “nace” o, si por el contrario “se hace”, nosotros asumimos una posición intermedia que trata de conciliar las teorías genéticas y las ambientales.

El potencial violento

La evidencia experimental más sólida, da a entender que existe en cada uno de nosotros un potencial agresor y que esta tendencia que en el pasado más remoto contribuyó a la supervivencia de la especie, en la actualidad es inadaptativa en una sociedad que castiga los comportamientos violentos.

La influencia del aprendizaje

Sin embargo, la tendencia innata del ser humano a la violencia puede ser modelada por el aprendizaje… Se puede aprender en relación a la expresión de la violencia, el problema radica en que este aprendizaje funciona en los dos sentidos: se puede entrenar la capacidad de control de la agresión o, por el contrario estimular su expresión.

La responsabilidad del educador y la familia

Así las cosas, podemos apreciar la responsabilidad fundamental que los educadores en particular, el Sistema Educativo en general y, por supuesto la familia, tienen en el problema cada vez más acuciante de la violencia. La

cuestión deja de ser si el violento “nace o se hace”, la pregunta debe centrarse en ¿cómo la educación puede conseguir que el potencial violento no exprese su tendencia a la agresión? ¿Cómo se puede inhibir el instinto básico de agresión para que no se manifieste?

¿Una sociedad hipócrita?

Todo este razonamiento se complica tremendamente y es posible matizarlo hasta el infinito cuando se coloca en el marco de una sociedad ciertamente ambigua hasta el punto de la hipocresía que afirma detestar la violencia, la

castiga de hecho con severidad, mientras que la idealiza, la alaba y la dispensa a través de los medios de comunicación, cine, entretenimiento, etc, proporcionando modelos de violencia a los mismos niños que pretende educar en la paz , la tolerancia y el respeto.