Escuela de Padres

Archive for the ‘Buenos modales’ Category

Muchos padres se encuentran en esta situación y no hay razón para preocuparse. Con el tiempo, y vuestro ejemplo, los niños descubrirán cómo pueden reaccionar cuando están enfadados.

Los niños pequeños, sobre todo entre el año y los tres años de edad, a veces muerden. Algo más los niños que las niñas. En un estudio clásico realizado hace 30 años en una guardería norteamericana, lo niños de 16 a 30 meses mordían como media una vez al mes. Los incidentes era más frecuente en el mes de septiembre, y los niños nuevos recibían más mordiscos.

Es normal. No son niños “malos” ni “agresivos”, no tienen un problema psicológico o de conducta, no están malcriados, no es “culpa” de ellos ni de los padres, ni de la tele. Pueden morder porque están enfadados, nerviosos o cansados; porque no saben qué necesitan; pueden morder por pura rabia o por pura curiosidad. Muerden, básicamente, porque aún son pequeños y no saben que eso no se hace. Ya lo aprenderán.

Los más pequeños, decía, a veces muerden, simplemente por curiosidad. No es una agresión, no está peleándose, ni siquiera está enfadado, simplemente muerde a otro niño (o a un adulto) para ver qué pasa. ¿Acaso no muerde los juguetes y los peluches, el periódico y el mando de la tele, su propio dedo y el de su abuelo, incluso el pezón de su madre? Los bebés tienen una gran sensibilidad en la boca, exploran y tocan más las cosas con la boca que con la mano.

Una conducta normal

Como estos mordiscos exploratorios surgen sin motivo aparente ni provocación alguna entre dos niños que parecían estar muy felices juntos, algunos adultos pueden pensar erróneamente que es una muestra de especial crueldad: “Que niño más malo, lo ha mordido porque sí. El otro no le había hecho nada”. No, no es maldad. Es una conducta totalmente normal en niños muy pequeños.

En ocasiones, el que muerde es el primer sorprendido al ver el efecto: “Mi osito no se queja cuando lo muerdo, ¿por qué mi amiguito se pone a llorar?” Puede ocurrir que el “agresor” rompa a llorar más fuerte que la “víctima”.

¿Para aliviar el dolor?

Según una teoría, a veces también muerden para aliviar el dolor que les provoca la salida de los dientes. Nunca he creído en esa teoría. Primero, porque si alguna vez me duele un diente, precisamente procuro no morder nada. Segundo, porque, aunque no me acuerdo de cuando me salieron los primeros dientes a los seis meses, sí que me acuerdo de los que me salieron entre los seis y los 15 años; 32 dientes y no me dolieron, excepto un poco las muelas del juicio. Pero, bueno, como los bebés no nos pueden decir si les duele o no les duele el dichoso diente, supongo que mucha gente seguirá creyendo que sí.

Posibles causas

El mordisco también puede ser una forma de comunicación. Los niños mayores y los adultos tienen en el lenguaje una poderosa herramienta para decir  a los demás lo que necesitan o lo que los molesta, para marcar límites y transmitir órdenes. Pero, a los dos años, frases como “¡Cuidado, que me pisas!”, “Perdona, esa pelota es mía” o “¿Me dejas el lápiz rojo, por favor?” pueden resultar difíciles de pronunciar. Ante una situación comprometida, no te vienen las palabras adecuadas. un buen mordisco o un golpe certero, y nos entendemos todos.

Como medio para llamar la atención, el mordisco es muy efectivo. Unas madres que hablan de sus cosas tranquilamente en el parque, una maestra de guardería agobiada con 10 ó 12 niños de año y medio…, y basta un mordisco para que todo el mundo deje lo que está haciendo y venga hace ti. No es una situación óptima, pues muchas veces vienen hacia ti enfadados, riñendo y gritando, y por supuesto cualquier niño preferiría que vinieran a contarle cuentos, a abrazarlo o a jugar con él, y no a reñirlo. Pero al menos vienen. La necesidad de atención de los niños pequeños es tan grande, y sus habilidades sociales todavía tan pobres, que si no logran atención “buena” prefieren conseguirla aunque sea “mala”. “Que venga mamá, aunque sea a reñirme”.

Por desgracia, está muy extendida la idea de que el niño llama la atención porque “no le pasa nada”, porque es “manipulador”. Se oye muchas veces: “No le hagas caso, solo lo hace para llamar la atención”. Grave error. Si pide comida es porque necesita comida, si pide brazos es porque necesita brazos, y si pide atención es porque necesita atención. Acaso diríamos: “No le hagas caso, solo llora de hambre”. Por supuesto, nos gustaría poder evitar el llanto, la rabieta o el mordisco. Sería ideal darle de comer antes de que llore de hambre y prestarle atención antes de que tenga que recurrir a morder,  pero no siempre lo conseguiremos. Algunos saldrán con aquello de: “Es que si le prestas atención cuando muerte estás reforzando su conducta, y morderá más”. Una frase tan absurda como: “Es que si le das de comer cuando llora de hambre estás reforzando su conducta, y llorará más”.

Por último, el niño puede morder para agredir físicamente a alguien. Con el tiempo abandonará este método de lucha, demasiado tosco y primitivo; un niño de cinco o 10 años puede pelearse, y es probable que lo haga alguna vez, aunque usará empujones, golpes o patadas, y no mordiscos.

Algunos padres piensan que los niños son “angelitos” por naturaleza, y que cualquier actitud violenta tiene que ser debida a un “trauma” o a un fallo en la educación, pero no es así. Nuestra naturaleza, como seres humanos, es bastante violenta. Es la civilización y la educación lo que nos permite superar esas tendencias. Con nuestro apoyo y nuestro ejemplo, nuestro hijo lo logrará, como antes lo hicimos nosotros, si bien tardará unos años.

Algunas estrategias

Hay niños pequeños que muerden con gran frecuencia y deleite, sin motivo aparente, como si simplemente tuvieran muchas ganas de morder. Algunos padres han encontrado útil darles un juguete, incluso colgárselo del cuello y explicarles claramente: “Cuando tengas ganas de morder, no muerdas a un niño, porque le haces daño; puedes morder esto”.

Según van creciendo, podemos enseñarle estrategias de comunicación más aceptables como un simple “Mío” o “Dame” al año y medio, y luego frases más elaboradas: “Devuélveme la muñeca, por favor” o “No me empujes”.

Algunas veces se da un curioso consejo a los padres: “Si muerde, házselo tú a él, y así verá que eso duele”. No, así lo que va a ver es que morder es normal, que es una forma aceptable de tratar a alguien que te ha molestado.

Un niño de dos años al que lo empujan o le quitan la pelota no sabe cuál es la manera correcta y civilizada de reaccionar. La irá aprendiendo con los años. Se la enseñaremos nosotros, con nuestro ejemplo. Cuando su hijo pega, muerde o insulta a otro niño, véalo como una excelente oportunidad para educar. “Lo que yo le haga a mi hijo es lo que luego él le hará a otros niños”. ¿Qué quiere que haga su hijo? ¿Va a enseñarle a resolver sus problemas con mordiscos, con gritos, con castigos, con bofetadas, con largos sermones culpabilizasteis y con chantaje emocional? O por el contrario, ¿va a enseñarle a razonar, a pedir las cosas con educación y a defender sus ideas con firmeza, pero con respeto?

Dr. Carlos González

Recientemente he leído un libro muy práctico, que si bien está dirigido a los adultos, nos puede hacer reflexionar a los educadores y padres. El libro se llama “Las buenas maneras, contadas con sencillez”, de Carmen Cuadrado y Editorial MAEVA.  Es un libro que se podría considerar de “protocolo de la vida cotidiana”. 

Siempre que puedo me gusta leer un libro de este tipo. En algunos casos, me refrescan la memoria y siempre, como en cualquier libro, se aprende algo nuevo.

La autora, con mucha sencillez y sentido común, describe cómo desenvolverse en las situaciones de la vida cotidiana: los saludos y presentaciones, cuando tenemos invitados, ceder el paso, comportamiento en las comidas, los regalos, incluso cómo comportarse en Internet.

Como ella misma afirma al inicio del libro “…la razón principal del protocolo consiste en simplificar y facilitar la convivencia entre las personas”. La Sra. Cuadrado echa de menos que en la escuela se suprimiera la asignatura de Urbanidad, hace ya muchas décadas.

Ciertamente, la educación y las buenas maneras brillan por su ausencia en muchas ocasiones y todos somos víctimas más de una vez de esta carencia: al subir o bajar del metro, en una cola, en un restaurante, al recibir una llamada de teléfono o en una comida de trabajo.

La encuesta de este mes la queremos dedicar a este tema. Por ello le planteamos la siguiente pregunta ¿Qué les parece enseñar modales a los hijos e hijas?

Para ello les proponemos las siguientes opciones:

a) Es algo necesario que debemos tomar en serio las familias

b) Se trata de algo trasnochado, vivimos en una sociedad más abierta

c) Debería ser el colegio el que potenciara de nuevo estos contenidos

d) Es importante, pero ya no está tan claro qué es la “buena educación”

e) Tampoco está tan mal la situación: todo el mundo sabe respetar a los demás Les invitamos a que elijan la respuesta con la que están más de acuerdo pinchando en la opción preferida.

También les animamos a escribir en la entrada los comentarios que crean oportunos sobre este asunto, especialmente su propia opinión y experiencia en el tema.

Jesús Jarque García

Recientemente he leído un libro muy práctico, que si bien está dirigido a los adultos, nos puede hacer reflexionar a los educadores y padres. El libro se llama “Las buenas maneras, contadas con sencillez”, de Carmen Cuadrado y Editorial MAEVA.  Es un libro que se podría considerar de “protocolo de la vida cotidiana”. 

Siempre que puedo me gusta leer un libro de este tipo. En algunos casos, me refrescan la memoria y siempre, como en cualquier libro, se aprende algo nuevo.

La autora, con mucha sencillez y sentido común, describe cómo desenvolverse en las situaciones de la vida cotidiana: los saludos y presentaciones, cuando tenemos invitados, ceder el paso, comportamiento en las comidas, los regalos, incluso cómo comportarse en Internet.

Como ella misma afirma al inicio del libro “…la razón principal del protocolo consiste en simplificar y facilitar la convivencia entre las personas”. La Sra. Cuadrado echa de menos que en la escuela se suprimiera la asignatura de Urbanidad, hace ya muchas décadas.

Ciertamente, la educación y las buenas maneras brillan por su ausencia en muchas ocasiones y todos somos víctimas más de una vez de esta carencia: al subir o bajar del metro, en una cola, en un restaurante, al recibir una llamada de teléfono o en una comida de trabajo.

La encuesta de este mes la queremos dedicar a este tema. Por ello le planteamos la siguiente pregunta ¿Qué les parece enseñar modales a los hijos e hijas?

Para ello les proponemos las siguientes opciones:

a) Es algo necesario que debemos tomar en serio las familias

b) Se trata de algo trasnochado, vivimos en una sociedad más abierta

c) Debería ser el colegio el que potenciara de nuevo estos contenidos

d) Es importante, pero ya no está tan claro qué es la “buena educación”

e) Tampoco está tan mal la situación: todo el mundo sabe respetar a los demás Les invitamos a que elijan la respuesta con la que están más de acuerdo pinchando en la opción preferida.

También les animamos a escribir en la entrada los comentarios que crean oportunos sobre este asunto, especialmente su propia opinión y experiencia en el tema.

Jesús Jarque García

Los buenos modales son mucho más que no poner mala cara al puré de papas y recordar decir siempre “por favor” y “gracias”. Es muy importante enseñar a los niños que, lo mismo en casa, en el aula o en el patio de juegos, se deben practicar el respeto y la cortesía con los demás.

Los adultos están siempre prestos a decir que los niños de hoy no son tan corteses como los de otros tiempos.

¿Cómo es posible? Los expertos aseguran que los buenos modales no son algo con lo que se nace. Los niños necesitan que alguien les enseñe normas de cortesía tan comunes como colocarse la servilleta sobre las rodillas o dirigirse a un adulto diciendo “Señor” o “Señora”.

“Los niños nunca son demasiado pequeños para enseñarles principios de etiqueta, y la enseñanza no debe realizarse de forma demasiado paciente o consciente”, afirma Emily Post en su obra El gran libro de etiqueta, publicado por primera vez en 1922.

La etiqueta y el respeto adecuado hacia los demás deben inculcárseles a los jóvenes para que puedan ser adultos corteses.

A continuación, algunos consejos básicos que deben aprender todos los niños:

Si es tan importante decir “gracias”, entonces ¿por qué el arte de escribir notas de agradecimiento está en franca decadencia? Después de los cumpleaños, fiestas de rigor o cualquier otra ocasión en las que su hijo recibe un regalo, es signo de cortesía escribir una nota de agradecimiento. En la actualidad, muchos establecimientos venden invitaciones y tarjetas de agradecimiento en combinación y con temas infantiles. Ahórrese un viaje y compre ambas de una sola vez.

Otro arte que languidece es la confirmación de asistencia o R.S.V.P. Enseñe a su hijo a responder con puntualidad. Destáquele la importancia de responder a las invitaciones, explicándole por qué es importante que el anfitrión sepa la cantidad de personas que asistirán a la fiesta, para así coordinar la cantidad de comida y bebida que debe comprar, así como cuántos asientos y regalos debe separar.

La interrupción en una conversación es la conducta impropia que más pone a prueba los nervios, por lo cual tiene su propia categoría. Insístale a su hijo que, independientemente de la urgencia, debe esperar un minuto o dos, hasta que usted haya colgado el teléfono, terminado de hablar con el empleado de la tienda o tras haber concluido su transacción en el banco.

En vez de darle un manotazo al décimo intento que hace el niño para llamar su atención, respóndale la primera vez y dígale: “Quiero ayudarte y lo haré en cuanto termine de hablar con la tía”. Aprender a no interrumpir es una lección acerca de cómo compartir y turnarse.

Antes de dar lecciones de cortesía a sus hijos, recuerde los siguientes puntos importantes.

Uno: los niños aprenden observando lo que hacen los adultos, por lo que sus lecciones de etiqueta deben complementarse con sus acciones cotidianas. Dos: recuerde premiar a sus hijos por hacer lo correcto en vez de reprocharles todo el tiempo por lo mal hecho. Tercero: la cortesía empieza por casa. El hecho de que no haya visitantes no quiere decir que se dejen de practicar los buenos modales.

Finalmente, nunca lleve las enseñanzas de etiqueta demasiado lejos como para afectar la creatividad de su hijo. De vez en cuando, cuando no haya personas extrañas delante, poner mala cara al puré de papas puede ser divertido, siempre y cuando se coma con la boca cerrada (tomado de Opinión digital)

Los niños, como niños que son, se comportan de una forma inquieta en la mesa. Esto se normal, pero dentro de unos límites. Deberemos enseñarles a comportarse de forma adecuada, para ello le explicaremos que, en la mesa:

  • No se bosteza, si por cualquier motivo ha dormido mal, está cansado o tiene sueño y no puede contenerse, deberá ponerse la mano delante de la boca o hacerlo de una forma lo más discreta posible.
  • No se rasca, esta manía es muy típica en los niños, pero no es muy higiénico rascarse la cabeza, los brazos o las piernas mientras se come.
  • No tocarse la nariz ni las orejas, meterse el dedo en la nariz o en los oídos es un gesto muy feo, aún más cuando estamos sentados delante de la mesa.
  • No se juega con la silla.
  • No se debe descalzar. Si los zapatos le aprietan o le molestan y está en casa, puede ponerse unas zapatillas pero que no se acostumbre a estar descalzándose mientras come.
  • No jugar con la comida.
  • No sin vestir.
  • No gritar. En la mesa no se grita ni se dan voces. Las cosas se piden sin levantar la voz. Si es preciso se repite, pero no se levanta la voz. Además se piden las cosas por favor, y se da las gracias a continuación.
  • Colaborar tanto a poner como a quitar la mesa.

 

  • Cuidado al subir. Esperar que pare del todo.
  • Seguir las instrucciones del conductor. No molestarle, no vacilarle, ni despistarle.
  • No gritar, hablar con un tono de voz normal para no molestar.
  • Ir sentados siempre que se pueda, sentados derechos (no con los pies en el pasillo), no corretear ni jugar. Cuando veamos a una persona mayor, embarazada o discapacitada cederle el asiento.
  • Cuidar el autobús como si fuese nuestro (no pintar, no escupir, no tirar cosas al suelo,…)
  • Evitar comer dentro del autobús.
  • Procuraremos llevar las bolsas o mochillas entre las piernas para no molestar, que la gente no tropiece con ellas y no darle a alguien al frenar.

 

  • Andar por la acera y pegado a un lado (a la derecha). La calle es de todos, y si vamos invadiendo la acera impediremos que pueda adelantarnos alguien que quizás tenga más prisa que nosotros.
  • No ir corriendo y jugando con el balón o lanzando cosas, ya que existe el peligro de que tiremos a alguna persona al suelo con un empujón.
  • Si tropezamos con alguien pedimos disculpas.
  • Si enfrente viene una persona mayor o cargada podemos apartarnos para facilitarle el paso.
  • Cuando nos encontramos con alguien hablaremos en un lado y no ocuparemos toda la acera impidiendo el paso al resto de los transeúntes.
  • Si los niños van con sus padres y éstos se paran deben saber esperar sin  molestar correteando alrededor.
  • No dar patadas a papeleras o señales, no pintorrear paredes, ni escupir en el suelo, no tirar piedras, ni dar voces ni insultar,…