Escuela de Padres

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La adolescencia supone un proceso de maduración personal, una etapa de transición a la vida adulta que comienza con la pubertad y los cambios fisiológicos a los 11-12 años aproximadamente hasta los 18-20 más o menos. Se trata de un período de construcción de la identidad personal, de cambios fisiológicos, preocupación por el físico, por la imagen personal y de necesidad de reconocimiento social.

Piaget habla de un período de operaciones formales, un pensamiento lógico que se caracteriza por el desarrollo de la capacidad de pensar más allá de la realidad concreta, incluyendo ideas abstractas. El adolescente comienza a desarrollar estrategias hipotético-deductivas, de manera que ante un problema, elabora sus hipótesis para comprobar posteriormente si se confirman.

Es una etapa en la que se generan lazos más estrechos con el grupo de iguales, siendo necesaria la integración en un grupo. Las amistades van a contribuir al desarrollo de la personalidad y al proceso de socialización e integración en la sociedad.

El adolescente espera del grupo que le permita el desarrollo de su autonomía, pero una vez que es independiente abandona el grupo porque la noción de autonomía y la de grupo se oponen. Por lo tanto, es normal que el adolescente, llegado el momento, se salga del grupo para comprometerse en relaciones más personales.

Por lo tanto, los adolescentes se van a encontrar con dos grandes fuentes de influencia social en su desarrollo: los amigos que adquieren un papel fundamental en este momento y la familia, especialmente los padres/madres. En este sentido, hay investigaciones que demuestran que las estrechas relaciones positivas, tanto con la familia, como con los amigos, contribuyen a una mejor adaptación social del adolescente.

Los padres y madres deben tener claro, por lo tanto, que se encuentran en una etapa en la que los hijos/as necesitan cariño, afecto, apoyo, comprensión y paciencia ya que, están sufriendo una serie de cambios en su forma de pensar y en su aspecto físico, que en un primer momento, no saben como afrontar y por lo tanto necesitan la ayuda de los adultos. También deben entender que si hay apoyo en el hogar los adolescentes se acercan pero si no lo encuentran, lo buscan en las amistades. Sin duda la intervención de los padres/madres es decisiva y la calidad de relación que se establece o el tipo de disciplina son determinantes.

CONSEJOS PRÁCTICOS

  • Participar en la vida de los hijos/as, fomentando una relación positiva y una comunicación eficaz.
  • Demostrar INTERÉS, amor incondicional y comprensión, estableciendo límites y normas adecuados.
  • HABLAR con los hijos/as sobre las cosas que son más importantes para ellos, aunque nos parezcan temas sensibles o complicados.
  • ESCUCHAR atentamente lo que dicen y ayudarles a relacionarse bien porque serán más felices en el centro educativo y en la vida.
  • Dar oportunidades para tener éxito, ayudándoles a conocer sus puntos fuertes porque el éxito aumenta y desarrolla la autoestima y la seguridad en sí mismos.
  • Conocer y supervisar sus AMISTADES y también las familias.
  • Dar ejemplo de buen comportamiento, valores y principios. Aprender por IMITACIÓN.
  • ESTAR ATENTOS a señales de algún problema. Si no podemos o no sabemos afrontarlo, hay que buscar la ayuda conveniente en el entorno próximo, sin agobiarse, porque todo tiene una solución. Es cuestión de contar con el apoyo preciso y la orientación adecuada.
  • Nunca hay que desanimarse. La adolescencia pasará.

1.- Evitar la sobreprotección: Que los menores aprendan a enfrentar los problemas a partir de sus propias experiencias. Es positivo ayudarles a repasar sus materias, pero en ningún caso hacerles las tareas.

2.- Autoestima: Felicite al niño por haber terminado las tareas y demuéstrele que está orgulloso de él por su esfuerzo. Un niño tímido si se pone nervioso antes de una prueba, es bueno que alguno de los padres o incluso el profesor les diga que le va a ir bien porque ellos son capaces y estudiaron. Esa sencilla afirmación les da gran seguridad y confianza en sí mismo.

3.- Dar tranquilidad: Los papás deben estar disponibles para sus hijos, y éstos deben sentir su apoyo incondicional. Cuando los niños están bajo presión los padres deben hacerles sentir que los entienden. Una buena comunicación y el hacerles saber que no son los únicos que tienen problemas, los tranquiliza mucho.

4.- Manejar el stress: Los niños aprenden de cómo se comportan sus propios padres, por esta razón es bueno que se le de el ejemplo y en el caso de situaciones complejas los padres deben de demostrar que se pueden resolver los problemas, sin golpes ni gritos.

5.- Técnicas de relajación: Buscar un ambiente adecuado y sin ruidos propicio para crear situaciones en donde el niño puede desplegar su imaginación y de ésta manera lograr relajarse.

6.- Alimentación adecuada: se debe evitar la comida chatarrra, la dieta debe de tener una cantidad adecuada de calorías para su edad y un balance entre carbohidratos, grasas y proteínas incorporando frutas y verduras.

7.- Actividades agradables: incentivarlo a que realice las actividades que más le gustan, para que le ayude efectivamente a reducir el stress.

8.- Horarios claros: es necesario realizar un “rayado de cancha” al niño, es decir establecer los límites y mantener una rutina es fundamental para los casos de horarios de estudios, de comida, de juego, incluso de descanso. También es bueno elaborar padre e hijo en conjunto un calendario en donde se establezcan los horarios de realización de tareas y actividades escolares.

9.- Hábitos de estudio: los padres tienen el rol de asegurarles un lugar tranquilo de estudio, con buena iluminación, sin ruidos, tranquilo, sin televisión ni otro estímulo que los distraiga. Es importante que éste lugar sea siempre el mismo, para que el menor se acostumbre a él y no tenga constantemente elementos que llamen su atención.

10.- Facilitarles las tareas: es importantísimo que los padres se involucren en los estudios de los hijos, ayudándoles a que tengan los materiales para sus trabajos y tareas, y cuando estén más grandes facilitándoles para que se junten con otros compañeros y trabajen en grupo.

Virginia Maggi V.

La bofetada, el azote… son algunos de los métodos utilizados para reprender a los niños. Algunos padres consideran que pegar a los hijos de vez en cuando es imprescindible para corregirlos. A otros, aunque están en contra de esa práctica, se les escapa la mano de forma involuntaria cuando la situación los sobrepasa.

Las últimas tendencias educativas, basadas en la tolerancia y la libertad, recomiendan el diálogo como forma de modelar la personalidad del niño, pero algunos padres no renuncian al azote o la bofetada para imponer la disciplina. 

El cachete o el azote a los niños

Sara no tiene más de tres años y, sin embargo, está intentando manejar a su madre en un concurrido centro comercial, con una de sus habituales rabietas. No deja de chillar, pero le da tiempo a mirar a su alrededor y controlar a su público. Su madre en un principio le repite con calma: “Vale, Sara”. La niña no para de patalear tirada en el suelo y la madre, visiblemente nerviosa, va elevando su tono de voz. No sabe qué hacer ante su terquedad. Sus labios se estrechan, sus hombros se tensan y, por último, termina por darle un azote y llevársela a la fuerza cogiéndola fuertemente de un brazo.

El azote o el cachete son todavía elementos presentes en muchas escenas cotidianas. Los padres generalmente se arman de paciencia, pero son muchas las situaciones que les hacen perder los nervios: “¡Come de una vez! ¡Deja en paz a tu hermano! ¡Te has vuelto hacer pis! ¡Te lo avisé y aun así lo has roto!, ¡No repliques! ¡Te lo he dicho mil veces!…”.

Por qué un niño se porta mal

Hay que tratar de averiguar las razones que puede haber detrás de un comportamiento difícil. Puede ser simplemente que se haya alterado su rutina y que el niño tenga hambre, esté cansado, aburrido, o incluso sobreexcitado; o puede ser que esté atravesando por una situación que le puede provocar ansiedad (nacimiento de un hermano, separación de los padres, cambio de colegio, etc.).

Estas son cosas que se pueden prevenir fácilmente. Pero en muchos casos las razones son más profundas. La llamada educación liberal, caracterizada por la tolerancia –como huida desesperada del sistema autoritario anterior– ha confundido permisividad con ausencia de normas y ha conseguido desconcertar a los padres. La supresión total de límites ante el temor de producirles traumas también tiene fallos. Inculcar la disciplina como un ejercicio de autocontrol no siempre funciona. 

Consecuencias del castigo físico a los niños

Juan comentaba: “si los azotes dejasen secuelas, nuestra generación sería una panda de tarados”. Es verdad que un pescozón aislado no traumatiza, pero hay que procurar que no ocurra. Por supuesto, si en alguna ocasión se da un azote –se preguntarán que quién no lo ha hecho alguna vez–, no hay que considerarse un maltratador, pero hay que tender a erradicar esta práctica.

El castigo físico ni es terapéutico para el que lo produce, ni pedagógico para el que lo recibe. Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo.

El bofetón es desaconsejable porque, aparte de humillar al niño y dañar su autoestima, le proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. Este tipo de conducta genera además violencia, rebeldía, temor y falta de confianza en los padres. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.

Coherencia en la educación del niño

Está claro que es imprescindible firmeza para que el niño aprenda a respetarse a sí mismo y a los demás. Pero aprender a “someterse” sin coherencia le puede confundir. No entiende por qué a los niños se les puede pegar y a los adultos, no; por qué él no puede chillar y los mayores sí; por qué no puede mentir y a veces, cuando a sus padres les conviene, le piden que lo haga; por qué lo que hoy le permiten hacer, mañana se lo prohíben…

Se puede llevar a cabo una disciplina positiva siendo justos y haciendo lo correcto. Es importante marcar los límites a los hijos, pero también hay que ayudarlos a crecer. Hacerles saber lo que se espera de ellos, adoptar actitudes positivas recalcando las formas correctas de actuar y no censurar continuamente los errores. 

Alternativas a los cachetes de los padres a los niños

1.- Palabras que expresen con claridad nuestros sentimientos pero sin atacar al niño. Conviene usar frases cortas aunque firmes: “Estoy muy enojado/a…”. Según las circunstancias, añada una pequeña frase acerca de sus expectativas: “Espero que cuelgues el abrigo nuevo y no lo dejes tirado por el suelo”. No conviene decir nada sobre el carácter del niño o de su personalidad (“eres un desastre”). Podemos decir cómo nos sentimos, pero sin necesidad de insistir en lo “malo” que es el niño.

2.- Irse. La mejor palabra de cuatro letras para cortar una pelea subida de tono. El alejarse de la escena ofrece la posibilidad de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño.

3.- Hacer las paces cuando la tormenta ha pasado. Los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero. 

Virginia González. Psicóloga y maestra de Educación Infantil

¿Vive de rabieta en rabieta, no logra que interactúe con otros niños, no se concentra en ninguna actividad o es agresivo? Pues es posible que su hijo presente asperger, déficit atenciones o ambos trastornos. Aprenda a identificarlos.

Conforme van creciendo, en todos los niños florece su personalidad; algunos más inquietos que otros, unos más sociales que los demás, pero existen unos que rayan en los límites del comportamiento. Para algunos es imposible interactuar con otros niños o en ciertos casos es realmente imposible que se mantengan quietos en un solo lugar. Es así como los padres confundidos rápidamente los catalogan como hiperactivos que requieren castigos más severos o bien, se resignan a asumir que sus hijos presentan algún tipo de rebeldía irremediable.

Lo cierto es que, cuando los niños presentan alteraciones de conducta, no es tan fácil como solo catalogarlos como rebeldes, ya que dependiendo de los síntomas, estos pequeños podrían estar presentando trastornos de mayor cuidado, como Asperger o Déficit Atencional.

Según la Fundación de Ayuda al Déficit de Atención e Hiperactividad (CADAH), lo niños que sufren Asperger son muy inteligentes, pero no tienen habilidades sociales, carecen de empatía con otros niños, no logran interpretar ni utilizar el lenguaje no verbal, hablan poco y tienen rutinas muy marcadas.

Por su parte, los menores con Déficit Atenciones presentan un temperamento hostil y son muy impulsivos. También tienen problemas para relacionarse con otros niños; sin embargo, sus dificultades sociales son secundarias y lo que más destaca en ellos es el patrón de inatención, ya que se les dificulta mucho prestar atención a las situaciones específicas y es muy complicado lograr que cumplan reglas.

La psicopedagoga Carolina Herrera explica que ambos trastornos presentan síntomas muy similares durante la etapa preescolar. Incluso algunos niños con el Síndrome de Asperger son inicialmente diagnosticados con Déficit Atencional. No obstante, existen diferencias importantes que pueden ayudarle a diferenciar cada trastorno. “Los niños con Asperger suelen ser atentos en temas selectivos, mientras que los que presentan Déficit Atencional presentan períodos cortos de atención aun cuando el tema es de interés. En la socialización los niños con Asperger tienen poca capacidad para socializar con otras personas, mientras que los que presentan Déficit Atencional tienen la capacidad social más desarrollada, pero se ve interrumpida por su desatención o impulsividad”, expone.

Según la Fundación CADAH los síntomas primarios del Déficit Atencional responden con éxito al tratamiento farmacológico, pero no existe un tratamiento específico, pero no existe un tratamiento específico capaz de erradicar la alteración en el desarrollo social del niño con Síndrome de Asperger. De ahí la importancia de saber identificar el tipo de trastorno que tiene el niño y no solo reducirlo todo a un problema de mala conducta.

Consejos para cada caso

Presencia de Asperger:

  • Utilice siempre vocabulario y frases directas, concretas y cortas.
  • Evite el doble sentido.
  • No utilice el sarcasmo.
  • Trate de no hacer cambios en la rutina, debido a que estos van a ocasionar alteraciones en la dinámica del niño.
  • A la hora de elegir la escuela o colegio, escoja aquellos que mejor se adapten a las necesidades.

Presencia de Déficit Atencional:

  • Es importante formar hábitos estructurales (horario para estudio, para ocio, etc).
  • Elogiar cada logro alcanzado.
  • Evitar comidas con cafeína.
  • Mantener una adecuada comunicación con la institución (maestra-padres de familia-estudiante).

1.- Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.

2.- No le dé ninguna educación espiritual. Espere que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente.

3.- Cuando diga palabrotas, ríaselas. Esto le animará a hacer más cosas graciosas.

4.- No le regañe nunca ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpabilidad.

5.- Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, ropa, juguetes… hágaselo todo, así se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.

6.- Déjele leer todo lo que caiga en sus manos, cuide de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero que su mente se llene de basura.

7.- Dispute y riña a menudo con su cónyuge en presencia del niño, así no se sorprenderá ni le dolerá demasiado el día en que la familia quede destrozada para siempre.

8.- Dele todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de dinero es necesario trabajar.

9.- Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. El sacrificio y la austeridad podrían producirle frustraciones.

10.- Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con sus profesores, vecinos, etc. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo y que de verdad quieren fastidiarle.

Emilio Calatayud

Aprender a tolerar el humor de los demás es una tarea que se puede inculcar desde la infancia. No obstante, depende de cada personalidad.

Reírse de los demás es bastante fácil, pero reírse de sí mismo cuesta, y de qué manera. Parece sencillo o, incluso, inútil, pero es una de las capacidades que más fortalece la personalidad de una persona y se puede inculcar desde la infancia.

“Es una de las estrategias de afrontamiento que podemos utilizar para el manejo de situaciones negativas. El sentido del humor es fundamental en nuestras interacciones”, opina Noelia Hewitt Ramírez, decana de la Facultad de Psicología de la Universidad de San Buenaventura, en Bogotá.

Por otra parte, tolerar el humor de los demás es uno de los indicadores de ajuste y adaptación del ser humano -agrega la especialista-. El niño aprende a hacerlo a partir de su proceso de desarrollo, y en la medida en que lo logre, aprende a aceptar al otro y a adaptarse a sí mismo con sus limitaciones y habilidades.

Según María Elena López, psicóloga de familia y autora de varios libros de crianza infantil -entre ellos, Disciplinar con inteligencia emocional, El hijo único, Tareas sin peleas-, esto ayuda a los niños a tener una perspectiva diferente de los pequeños problemas, a ensayar soluciones diferentes y a evacuar las situaciones difíciles. Además, les ayuda a vencer la tristeza y la apatía porque genera entusiasmo y gozo. Asimismo, es un antídoto contra el estrés y la tensión.

Y añade: “facilita la relación con los otros, les permite entender que existen diferentes estados de ánimo, que las personas pueden expresarlo de formas distintas. Les ayuda a modular sus emociones y ver matices de estas, no solo en “blanco y negro”. También es una manera de ir construyendo en ellos el valor de la aceptación de la diferencia, la apertura y la flexibilidad”.

Con ejemplo

Según María Elena López, psicóloga de familia, reírse de sí mismo es una conducta que los niños pueden aprender a través de la imitación, viendo a sus padres afrontar la vida y las diferentes situaciones con alegría y buena actitud.

Pero también hay que entender por qué, ante alguna broma o chiste, reaccionan negativamente con llanto, burla o seriedad, pues las causas son múltiples: aún no han desarrollado el sentido del humor por la etapa de desarrollo en la que se encuentran, no comprenden bien de qué se trata y lo ven como un comportamiento en contra de ellos; no entienden las emociones de los otros y de sí mismos, tienen dificultades de ajuste y adaptación, o de integración y socialización.

También puede ser porque lo asocian con la burla, por intolerancia o porque se sienten incompetentes, incapaces o creen que es algo inadecuado. Incluso, hay niños con altos niveles de ansiedad o con pocas habilidades sociales, lo que interfiere en su relación con los demás y, por tanto, con el manejo del humor.

En estos casos es importante enseñar a manejar el humor del otro; primero, siendo modelos y orientándolos hacia la adquisición de este sentido “que está determinado tanto por un proceso neurobiológico, como por la influencia ambiental referida a las prácticas de crianza y los procesos educativos”, explica la psicóloga Hewitt.

“Yo les digo a los papás que es muy efectivo ‘legitimar sin aliarse’; es decir, reconocerle al niño que es válido que se sienta incómodo, o que le moleste esto en los demás, pero no nos aliamos con sus reacciones poco asertivas. Le mostramos otras maneras de actuar, por ejemplo, pedir la explicación de la risa, incluso, expresar con tranquilidad que él no lo ve chistoso”, dice María Elena.

Reacciones y acciones

Cabe aclara que no todos los niños reaccionan igual. Algunos pueden actuar serios, divertidos o aburridos. Esto depende del momento de la vida y la etapa del desarrollo del pequeño.

Además, dice la decana, también obedece a la edad cronológica, el desarrollo cognitiva, la flexibilidad cognitiva, la capacidad de solución de problemas, el desarrollo social, de sus características temperamentales, su capacidad de empatía, así como de las oportunidades de integración social y de los procesos de aprendizaje y de la historia individual.

De acuerdo con esto, agrega, “se espera que el niño logre el sentido del humor y pueda reaccionar de manera positiva al mismo, de acuerdo también con el nivel del desarrollo del lenguaje. Se logra cuando el niño comprende los vínculos existentes entre las emociones, los pensamientos, las palabras y las acciones”.

Para la doctora María Elena López, los más pequeños generalmente se ríen porque imitan el comportamiento de los demás, pero cuando crecen pueden mostrar diversas reacciones, sin que sea un inconveniente, pues ven las cosas de manera diferente.

En las reacciones también se debe tener en cuenta la personalidad del niño; no todos responden igual frente a las bromas y son los padres quienes reconocen si puede molestarles o no.

De todas maneras, hay que estar atentos, si el niño “es intolerante cuando reacciona de forma hostil y agresiva, sea verbal o físicamente; es serio cuando no sonríe, no emite ningún comentario, se aísla. Es importante considerar que de todas formas el humor implica la burla y la evaluación social, y no todos sabemos manejar dicha situación”, dice Hewitt.

Y siempre es aconsejable trabajar en una reacción positiva, animándolos a contar chistes y a descubrir el humor, aun en circunstancias difíciles, aconseja López. Reírse con sus bromas y divertirse juntos, motivarlo a expresar sentimientos positivos y negativos de los demás; permitirle juegos ridículos, las peleas con agua o de almohadas, donde la risa es parte fundamental del juego. Establecer una hora para compartir y memorizar bromas y anécdotas.

Además, puntualiza la psicóloga María Elena López, “inventar historias divertidas, promover dibujos, vídeos para pasarlos en sesiones de familia. Hacer chistes en medio de las circunstancias difíciles, ayudar a los niños a diferenciar entre el humor hostil y el que divierte sin hacer daño. Y alentarlos a disfrazarse de payaso para hacer reír a los demás; esto es especialmente efectivo en los niños tímidos.

Más que un chiste

La psicóloga María Elena López dice que el humor en la familia:

  • Nos ayuda a relacionarnos con los demás. Es una de las formas en que los abuelos interactúan con sus nietos y en que se ayuda a aliviar las situaciones tensas entre padres e hijos. Los compañeros y amigos pueden compartir risas y chistes, en vez de peleas, y los padres pueden celebrar este increíble aspecto de la vida con sus niños.
  • Implica compartir una experiencia entre dos o más integrantes de la familia y, por lo tanto, ayuda a identificarla y a preservar memorias y recuerdos importantes sobre sus miembros. Por ejemplo, cuando los padres les dicen a sus hijos: “Recuerdo cuando decidiste bañar a todos los perritos recién nacidos con jabón de lavar la ropa”, “cuando tan sólo tenías dos años y uno te preguntaba cómo se ríen los burros, tú hacías un sonido muy divertido”. Estas anécdotas ayudan a definir el espíritu, el carácter y la historia de la familia y de sus miembros individuales.
  • Se puede convertir en tema para recordar. Hay bromas que se convierten en chistes familiares, como las historias de los campeonatos de fútbol de papá y sus marcadores, o de los paseos. A medida que los niños crecen de los relatos empiezan a surgir los chistes que los niños les hacen a sus padres.

Adultos con poco humor

No sólo es importante que los niños toleren el humor, también sus padres. Deben identificarlo positivamente y revisar las causas, que pueden estar asociadas con antecedentes familiares y experiencias previas.

Si no hay control sobre este, la psicóloga Noelia Hewitt aconseja “buscar ayuda para aprender a ser asertivos, y lograr el manejo y la autoconciencia emocional. Es difícil aprender el sentido del humor, pero está relacionado con la capacidad de adaptación, por lo que lo que se indica es que desarrollen dichas habilidades. Es de recordar que este permite distraerse, comunicar y reducir la tensión.

Karen Johana Sánchez

Recientes investigaciones muestran que más allá de la cantidad de neuronas, lo que importan son las conexiones. El estímulo, fundamental.

En su más reciente libro: ¿Cómo funciona el cerebro de los niños?, la psicóloga experta en crianza y temas de familia Annie de Acevedo logró poner en palabras sencillas el mágico mundo del pensamiento y el comportamiento de los niños.

Más allá de las consideraciones científicas, lo que ella logró traducir en este libro son una serie de consideraciones fundamentales para entender a cada hijo en la medida de su mente, porque, como ella lo dice, “cada cerebro es único, y no hay uno igual a otro”, por eso recomienda reconocer desde temprana edad las fortalezas de cada niño para potenciarlas.

Y explica cómo se desvirtúa el mito de que un daño neurológico puede ya ser compensado gracias a que se descubrió que si bien venimos con un número determinado de neuronas, son las conexiones y sus activaciones las que permiten recomponer esos daños o potenciar las habilidades.

Hablamos con ella sobre el apasionante tema del cerebro de los niños.

¿Qué es el cerebro?

El cerebro es un órgano perfectamente conformado y los estímulos que se le hagan activan las conexiones, por ello toda intervención que se haga a un niño con dificultades, entre más temprana, tendrá un mejor pronóstico.

El gran descubrimiento (hace pocos años) acerca del cerebro es que es un órgano maleable y con plasticidad, pues antes se pensaba que no se podía recomponer un daño.

Por ejemplo, si se dañaba una parte de la corteza y se perdía movilidad en un brazo, se pensaba que la persona quedaba así. Ahora no, se sabe que si se estimula una parte del cerebro se podría recobrar esa movilidad; no se recuperan las neuronas que se dañaron, pero las de al lado toman la función y hacen nuevas conexiones. Por ejemplo, se sabe de niños a quienes se les ha quitado el hemisferio izquierdo y no pueden hablar, pero luego logran recuperar el lenguaje al activar conexiones cercanas gracias a un trabajo intenso de terapias.

¿Y a qué se refiere la plasticidad?

La plasticidad es la capacidad de cambio. El cerebro no es algo rígido ni duro; era un mito que era una unidad sellada, pero esa creencia no es cierta, porque ya sabemos que todo en este son conexiones. Nacemos con un número determinado de neuronas, pero lo que importan son las conexiones que se logren, y estas se desarrollan por el estímulo que se le dé a los niños.

¿Qué se sabe del cerebro de los niños?

Desde que nacen y hasta los 7 años es la época de mayor maleabilidad y plasticidad del cerebro, por ello en ese momento tenemos una maravillosa posibilidad e intervención y respuestas adecuadas a niños con autismo, por ejemplo. De hecho, existen ya casos de chiquillos que han podido salir de esta difícil situación gracias a una intervención oportuna y adecuada.

¿Por qué ahora sí se ha logrado?

Porque ahora tenemos una nueva visión de cómo funciona y la importancia de integrar todos los sentidos del pequeño. Además, porque también se integra a la familia en este trabajo.

Ahora sabemos, por ejemplo, que un niño con autismo no puede autorregularse para entender el mundo. De alguna manera los estímulos externos entran mal y no logra comprender lo que le pasa.

Para explicarlo mejor, pensemos que un niño en esta condición recibe los estímulos como sonidos, olores, voces, texturas, pero que entran por una carretera destapada, llena de piedras; el niño no sabía cómo comunicar lo que sentía porque esas sensaciones no logran llegar al cerebro de forma adecuada, es como si el carro se quedara en la mitad de ese camino, bloqueado.

Por ello, desde hace 10 años se entendió que eran niños aislados, porque antes se pensaba que era una enfermedad psiquiátrica, ahora se sabe que es neurológica, y se determinó que hay una serie de conexiones que no se han hecho entre el lóbulo frontal y el sistema límbico que es el que maneja las emociones.

Lo que se hace es quitar piedras en ese camino destapado y lleno de rocas, a través de las terapias, con ello logran regularse y comunicarse mucho mejor.

¿Todo en el cerebro viene programado genéticamente?

En general sí, venimos programados para hablar, caminar, etc. Pero no para leer ni escribir, eso es algo que la civilización lo ha ido puliendo. Fíjese que los árabes escriben de derecha a izquierda, nosotros lo hacemos al contrario, es una herramienta que se aprende.

Sin embargo, cosas como leer o escribir, incluso los idiomas, se aprenden en esos primeros años, pues es la época de hacer conexiones neuronales a través de los estímulos, estos se entrenan sin problemas.

Ahora, tampoco venimos programados para las matemáticas, el cerebro entiende las proporciones y la cantidad, pero la sofisticación de las matemáticas se aprende, se adquiere por estimulación.

Los artistas vienen genéticamente programados, es decir, ¿el hijo de un buen dibujante también lo será, el de un cantante también?

Hay unas conexiones, una tendencia que viene incorporada en ese cerebro, pero deben activarse. Son como bombillos apagados que debemos prender con estimulación.

¿Qué pasa en el cerebro de los niños normales?

Los niños normales también necesitan estimulación para activar las conexiones. Por ello es tan importante que tengan buenos modelos y en el momento oportuno. Se sabe, por ejemplo, que la niña que fue criada por simios no logró hablar, solo pudo emitir sonidos, porque se pasó el tiempo de estimular su lenguaje

Todos necesitamos la estimulación para activar lo que viene genéticamente programado. El niño modela, aprende por imitación por eso necesita buenos modelos para activarlo.

Existe la sobreestimulación, ¿es cierto que ponerlos en tantas actividades puede también ser nocivo para el cerebro de un niño?

Al meterlo en tantas cosas termina atropellado. La idea es maximizar su potencial, pues a veces menos es más. Por ejemplo, meter a un niño en clases de tenis a los 5 años no lleva a nada, pues no hay relación mano-ojo aún.

Entonces, ¿cuál es la recomendación para los padres en esto de la estimulación adecuada y suficiente?

La balanza está en conocer al hijo. Viendo qué le gusta al niño para saber con qué disfruta. Si usted ve que su niño tiene una habilidad para la bicicleta, hay que meterlo en algún deporte relacionado. O si es my verbal, meterlo en clases de idiomas es el camino. En definitiva, es conocer el cerebro del hijo de uno. Cuáles son sus fortalezas y cuáles son sus debilidades.

Hoy se trabaja desde la fortaleza, no desde la debilidad, eso se hacía antes tratando de corregir su problema, pero nadie se acordaba de decirle lo bueno que era para muchas cosas. Esa es ahora la premisa, trabajar desde lo que puede hacer bien, para mejorarlo. Porque si no se forma un mal concepto de sí mismo.

Y los papás que quieren que sus hijos hagan lo que ellos no pudieron, cómo decirles que el niño no va a hacer lo que él no pudo hacer.

El niño va a ser lo que él va a ser. El cerebro es como una cara, no hay uno igual a otro. Hay caras parecidas, lo mismo pasa con el cerebro, es único e irrepetible y por eso hay que respetarlo. Hay que aceptar que los hijos no son perfectos ni son iguales y trabajar sobre sus fortalezas.

¿Y las debilidades?

Se trabajan con métodos de compensación; una buena educación es suplirle al niño las debilidades con las fortalezas, esa es la clave.

¿La inteligencia viene determinada?

Ese es el gran dilema. Después de 37 años que llevo trabajando con niños y con familias, yo sí creo que buena parte de la inteligencia viene programada y depende de la estimulación, si se desarrolla o no.

Es bueno saber con qué viene el niño y hacer, después de los 7 años, un coeficiente intelectual, pero por lo general yo les doy a los papás ciertos tips para que observen las habilidades de sus hijos y descubran sus fortalezas.

Para mí, la inteligencia está basada en la buena capacidad de análisis. En la capacidad de pensamiento, una persona que puede pensar, categorizar, encontrar semejanzas, es inteligente, y no es garantía de éxito, pero ayuda mucho, más que la rapidez. Por ejemplo los nórdicos son lentos, pero son muy profundos.

¿Cómo descubro el colegio que fomenta las fortalezas?

El hijo tiene que ir al colegio que va a potenciar sus fortalezas.

No tienen que primar factores como el estrato o el idioma, el niño tiene que ser el gran beneficiado, y, por supuesto, su cerebro.

Claudia Cerón Coral

Cómo y cuándo inculcarlas, cuáles son las más importantes y los beneficios a corto y largo plazo. Consejos útiles para tener en cuenta.

  • Es importante que en la edad escolar los niños establezcan sanas rutinas de sueño para beneficiar el proceso de aprendizaje; igualmente es importante para un buen funcionamiento de la memoria.
  • Se sugiere que en la habitación del niño se limite la presencia de elementos electrónicos. Si bien no ha sido probada la influencia negativa de estos, conciliar el sueño con el televisor o el ordenador encendidos puede derivar en alteraciones de la rutina del sueño.
  • Es pertinente que los niños en edad escolar tengan su propio espacio para dormir.
  • Si bien existe debate sobre la pertinencia de que una luz permanezca o no encendida durante la noche es importante mencionar que el ciclo de sueño se observa beneficiado de elementos externos como la ausencia de luz y la disminución de la temperatura.
  • Los temores nocturnos son frecuentes en los niños. Es necesario estar atento a cualquier información sobre el tema, y si la frecuencia influye significativamente en el funcionamiento del niño es necesario consultar a un profesional.
  • Otra situación común es la enuresis nocturna (pérdida de control de esfínter urinario durante la noche). En estos casos es muy importante dialogar con el niño, y si la situación es frecuente remitir al médico.
  • En el caso de las rutinas de alimentación se sugiere que los niños mantengan un orden en las mismas. Desde una perspectiva psicológica la alteración súbita de la rutina (aumento o disminución de la ingesta de alimentos) podría sugerir dificultades emocionales.
  • Las rutinas de estudio son fundamentales para el desempeño académico del niño. El establecimiento de la rutina predispone al sujeto hacia una actividad específica aumentando las probabilidades de éxito en el desarrollo de la misma. De esta manera, contribuyen a mejora del desempeño académico del niño y son útiles para estimular procesos cognoscitivos.
  • Se sugiere que el niño participe del proceso de elección del espacio de estudio y de construcción del mismo. De esta manera, que el niño tome algunas decisiones sobre elementos como decoración, aumentan la motivación sobre el establecimiento de la rutina.
  • El espacio de estudio debe ser decorado de forma sobria y en lo posible aislada.

Muchos padres se encuentran en esta situación y no hay razón para preocuparse. Con el tiempo, y vuestro ejemplo, los niños descubrirán cómo pueden reaccionar cuando están enfadados.

Los niños pequeños, sobre todo entre el año y los tres años de edad, a veces muerden. Algo más los niños que las niñas. En un estudio clásico realizado hace 30 años en una guardería norteamericana, lo niños de 16 a 30 meses mordían como media una vez al mes. Los incidentes era más frecuente en el mes de septiembre, y los niños nuevos recibían más mordiscos.

Es normal. No son niños “malos” ni “agresivos”, no tienen un problema psicológico o de conducta, no están malcriados, no es “culpa” de ellos ni de los padres, ni de la tele. Pueden morder porque están enfadados, nerviosos o cansados; porque no saben qué necesitan; pueden morder por pura rabia o por pura curiosidad. Muerden, básicamente, porque aún son pequeños y no saben que eso no se hace. Ya lo aprenderán.

Los más pequeños, decía, a veces muerden, simplemente por curiosidad. No es una agresión, no está peleándose, ni siquiera está enfadado, simplemente muerde a otro niño (o a un adulto) para ver qué pasa. ¿Acaso no muerde los juguetes y los peluches, el periódico y el mando de la tele, su propio dedo y el de su abuelo, incluso el pezón de su madre? Los bebés tienen una gran sensibilidad en la boca, exploran y tocan más las cosas con la boca que con la mano.

Una conducta normal

Como estos mordiscos exploratorios surgen sin motivo aparente ni provocación alguna entre dos niños que parecían estar muy felices juntos, algunos adultos pueden pensar erróneamente que es una muestra de especial crueldad: “Que niño más malo, lo ha mordido porque sí. El otro no le había hecho nada”. No, no es maldad. Es una conducta totalmente normal en niños muy pequeños.

En ocasiones, el que muerde es el primer sorprendido al ver el efecto: “Mi osito no se queja cuando lo muerdo, ¿por qué mi amiguito se pone a llorar?” Puede ocurrir que el “agresor” rompa a llorar más fuerte que la “víctima”.

¿Para aliviar el dolor?

Según una teoría, a veces también muerden para aliviar el dolor que les provoca la salida de los dientes. Nunca he creído en esa teoría. Primero, porque si alguna vez me duele un diente, precisamente procuro no morder nada. Segundo, porque, aunque no me acuerdo de cuando me salieron los primeros dientes a los seis meses, sí que me acuerdo de los que me salieron entre los seis y los 15 años; 32 dientes y no me dolieron, excepto un poco las muelas del juicio. Pero, bueno, como los bebés no nos pueden decir si les duele o no les duele el dichoso diente, supongo que mucha gente seguirá creyendo que sí.

Posibles causas

El mordisco también puede ser una forma de comunicación. Los niños mayores y los adultos tienen en el lenguaje una poderosa herramienta para decir  a los demás lo que necesitan o lo que los molesta, para marcar límites y transmitir órdenes. Pero, a los dos años, frases como “¡Cuidado, que me pisas!”, “Perdona, esa pelota es mía” o “¿Me dejas el lápiz rojo, por favor?” pueden resultar difíciles de pronunciar. Ante una situación comprometida, no te vienen las palabras adecuadas. un buen mordisco o un golpe certero, y nos entendemos todos.

Como medio para llamar la atención, el mordisco es muy efectivo. Unas madres que hablan de sus cosas tranquilamente en el parque, una maestra de guardería agobiada con 10 ó 12 niños de año y medio…, y basta un mordisco para que todo el mundo deje lo que está haciendo y venga hace ti. No es una situación óptima, pues muchas veces vienen hacia ti enfadados, riñendo y gritando, y por supuesto cualquier niño preferiría que vinieran a contarle cuentos, a abrazarlo o a jugar con él, y no a reñirlo. Pero al menos vienen. La necesidad de atención de los niños pequeños es tan grande, y sus habilidades sociales todavía tan pobres, que si no logran atención “buena” prefieren conseguirla aunque sea “mala”. “Que venga mamá, aunque sea a reñirme”.

Por desgracia, está muy extendida la idea de que el niño llama la atención porque “no le pasa nada”, porque es “manipulador”. Se oye muchas veces: “No le hagas caso, solo lo hace para llamar la atención”. Grave error. Si pide comida es porque necesita comida, si pide brazos es porque necesita brazos, y si pide atención es porque necesita atención. Acaso diríamos: “No le hagas caso, solo llora de hambre”. Por supuesto, nos gustaría poder evitar el llanto, la rabieta o el mordisco. Sería ideal darle de comer antes de que llore de hambre y prestarle atención antes de que tenga que recurrir a morder,  pero no siempre lo conseguiremos. Algunos saldrán con aquello de: “Es que si le prestas atención cuando muerte estás reforzando su conducta, y morderá más”. Una frase tan absurda como: “Es que si le das de comer cuando llora de hambre estás reforzando su conducta, y llorará más”.

Por último, el niño puede morder para agredir físicamente a alguien. Con el tiempo abandonará este método de lucha, demasiado tosco y primitivo; un niño de cinco o 10 años puede pelearse, y es probable que lo haga alguna vez, aunque usará empujones, golpes o patadas, y no mordiscos.

Algunos padres piensan que los niños son “angelitos” por naturaleza, y que cualquier actitud violenta tiene que ser debida a un “trauma” o a un fallo en la educación, pero no es así. Nuestra naturaleza, como seres humanos, es bastante violenta. Es la civilización y la educación lo que nos permite superar esas tendencias. Con nuestro apoyo y nuestro ejemplo, nuestro hijo lo logrará, como antes lo hicimos nosotros, si bien tardará unos años.

Algunas estrategias

Hay niños pequeños que muerden con gran frecuencia y deleite, sin motivo aparente, como si simplemente tuvieran muchas ganas de morder. Algunos padres han encontrado útil darles un juguete, incluso colgárselo del cuello y explicarles claramente: “Cuando tengas ganas de morder, no muerdas a un niño, porque le haces daño; puedes morder esto”.

Según van creciendo, podemos enseñarle estrategias de comunicación más aceptables como un simple “Mío” o “Dame” al año y medio, y luego frases más elaboradas: “Devuélveme la muñeca, por favor” o “No me empujes”.

Algunas veces se da un curioso consejo a los padres: “Si muerde, házselo tú a él, y así verá que eso duele”. No, así lo que va a ver es que morder es normal, que es una forma aceptable de tratar a alguien que te ha molestado.

Un niño de dos años al que lo empujan o le quitan la pelota no sabe cuál es la manera correcta y civilizada de reaccionar. La irá aprendiendo con los años. Se la enseñaremos nosotros, con nuestro ejemplo. Cuando su hijo pega, muerde o insulta a otro niño, véalo como una excelente oportunidad para educar. “Lo que yo le haga a mi hijo es lo que luego él le hará a otros niños”. ¿Qué quiere que haga su hijo? ¿Va a enseñarle a resolver sus problemas con mordiscos, con gritos, con castigos, con bofetadas, con largos sermones culpabilizasteis y con chantaje emocional? O por el contrario, ¿va a enseñarle a razonar, a pedir las cosas con educación y a defender sus ideas con firmeza, pero con respeto?

Dr. Carlos González

La autoestima es en parte heredada: hay personas que tienen más y personas que tienen menos. Pero la educación que el niño recibe en casa es fundamental en este sentido. ¿Cómo potenciarla en tu hijo?

La base de la autoestima, es decir, de la sensación que cada persona tiene de su propio valor, empieza a formarse desde que el niño llega al mundo y comienza a percibirlo con sus sentidos. Si lo que encuentra es un ambiente de bienvenida y cariño, esa base será sólida y se convertirá en un buen punto de partida.

Cuida tu influencia

Sin embargo, la autoestima propiamente dicha aparece una vez que el niño ha afianzado el sentido del “yo”, algo que ocurre en torno a los 5 años. A esta edad vuestro hijo ya empieza a tener una conciencia de sí mismo, que se forma a partir de los mensajes verbales y no verbales (palabras, gestos y actitudes) que recibe de su entorno y, sobre todo, de vosotros. Sus padres sois para él el “espejo psicológico” en el que se ver reflejado. y como no tiene capacidad para cuestionar lo que el espejo psicológico le muestra, si lo que recibe son mensajes negativos (“eres malo”, “torpe”, etc.), se autoevaluará con esas expresiones. Si le protegéis demasiado y le evitáis el esfuerzo y las frustraciones, desarrollará la actitud “no puedo”, “ayúdame”, etc. Pero si lo que oye son mensajes positivos (“tú puedes”, “confío en ti”), utilizará esas expresiones para evaluarse.

Así la favoreces

Hay una serie de actitudes que elevan la autoestima del niño: 

  • Respeta su forma de ser. Si es tímido, por ejemplo, en vez de criticarle, dile algo como: “Ya sé que te cuesta saludar a esas personas; ven, lo haremos juntos”. Acepta sus rasgos, son los que le hacen valioso por ser como es.
  • Evita sobreprotegerle. Si le pones todo en bandeja, el mensaje que recibe es que no confías en él. Déjale intentar solo (o con poca ayuda) tareas más difíciles: conseguirlas le dará confianza.
  • Corrígele de un modo positivo. Si molesta a otro niño, en vez de decirle “eres un peón”, nombra la conducta que desapruebas: “no me gusta que pegues”.
  • Celebra sus victorias, pero de modo honesto. Si hace muchos dibujos en un santiamén sin prestar atención, no le elogies. Si hace uno con esfuerzo, felicítale.
  • Deja que te ayude. Le hará sentirse autónomo e importante. Y lo más esencial, lo que engloba todo: edúcale con amor y comprensión. A veces te equivocarás con él; admítelo y discúlpate. La educación perfecta no existe.

Si notas que el niño se quiere poco…

Síntomas de baja autoestima

Hay señales que te ayudarán a saberlo: muestra conductas problemáticas para atraer tu atención (agresividad, llantos, rabietas, etc.), tiene una gran necesidad de protagonismo y de aprobación exterior o, al contrario, una excesiva timidez y tendencia a encerrarse en sí mismo. A menudo emite mensajes negativos sobre sí mismo o sobre lo que hace. Además, tiene mucho miedo al fracaso y actitud dependiente.

Cómo puedes ayudarle

Elogia sus intentos por superar obstáculos, dale mucho cariño y grábale en vídeo cuando esté aprendiendo algo si se lo muestras pasado un tiempo verá sus progresos.

Coks Feenstra, psicóloga


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