Escuela de Padres

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De alguna forma la Educación en Valores debe ser algo diferente de lo que normalmente se enseña en las escuelas. Enseñar valores y/o actitudes tiene que implicar la comunicación de un contenido distinto por medio de una estructura diferente. Hay que cambiar la metodología, el estilo de vida y el contenido, para comunicar eficazmente los valores y habilidades deben experimentarse en el proceso. El medio es el mensaje. La metodología debe ir conforme con los valores de la paz, la justicia, la cooperación y la no violencia, alrededor de los cuales gira el contenido. La paz no es simplemente un concepto que enseñar, sino una realidad a vivir. Así, el estilo de vida, igual que el estilo de enseñar del educador para la paz debe reflejar su materia.

Esta metodología a la que nos venimos refiriendo, trata de potenciar lo afectivo, lo vivencial a la hora de afrontar lo social. Este enfoque no desprecia lo intelectual, sino que lo complementa, permitiendo que en el proceso educativo tome parte la persona en su totalidad, no sólo su cabeza o su corazón.

Podemos destacar tres momentos en este proceso de aprendizaje: sentir, pensar y actuar.

  1. a) Sentir. Vivenciar una experiencia.

El punto de partida no va a ser el libro de texto o la explicación del educador, sino la experiencia y el comportamiento propios de los participantes, en relación con las actividades y situaciones que se les planteen.

  1. b) Pensar. Describir y analizar.

Se trata de describir y analizar las propias reacciones de las personas que participan en la situación creada. Cobra especial importancia el análisis de los procesos decisorias que se han ejecutado en el interior del grupo: las variaciones de opinión de los participantes, el papel de la información en la toma de decisiones, las diferentes reacciones emocionales, las influencias que puede tener la toma de decisiones en nuestros comportamientos. Todo ello con el fin de que los participantes adquieran conciencia y confianza de y en sí mismos, para poder aproximarse así, a la realidad de los demás.

  1. c) Actuar. Contrastar y si es posible, generalizar la experiencia vivida a situaciones exteriores de la vida real.

Es decir, relacionar el micro nivel del grupo con el macro nivel, a partir de la situación vivida y del análisis de la misma. También se trata de llegar a la resolución del conflicto de una forma creativa, planteando alternativas de actuación, tanto nivel individual como grupal.

Estas tres fases tienen su correspondencia en el plano didáctico en los objetivos como:

– Fomento de la autoafirmación

– Desarrollo de la confianza en uno mismo y en los demás

– Refuerzo del sentimiento grupal y de comunidad

– Desarrollo de la capacidad de tornar decisiones

– Resolución de conflictos de una forma no-violenta y creativa

– Refuerzo de la capacidad de análisis, síntesis c inducción

– Desarrollo de conductas prosociales.

No obstante, la determinación de una línea metodológica es una exigencia del trabajo en equipo que deberá definirse en los documentos que recogen la programación o proyecto de intervención para garantizar la coherencia y continuidad de la actuación social o educativa, refiriéndonos con ello a la intervención con cualquier población, grupo o comunidad.

Ed profesional o educador en su actuación didáctica toma una serie de decisiones metodológicas en colaboración y cooperación con el resto de los profesionales que forman el equipo que va a intervenir.

Estas decisiones, en última instancia, son su línea de actuación a la hora de realizar las actuaciones del programa y como tal deben reflejarse en el proyecto de intervención. En la puesta en práctica real estas líneas metodológicas son flexibles de acuerdo con las necesidades y características del objeto de intervención y el profesional así las adapta. Este aspecto es determinante para lograr una intervención social correcta y adecuada al colectivo al que se refiere dicha intervención.

En la actualidad, son muchos los padres que se quejan de que sus hijos son unos desagradecidos. Es importante saber que, como todo lo demás, la gratitud es un sentimiento que se desarrolla gracias a la educación que nuestros hijos reciben. Si quieres que tu hijo sea agradecido, comienza por dar ejemplo desde ahora mismo.

“Cuando bebas agua, recuerda la fuente”

Según el filósofo Robert C. Roberts, la gratitud contrasta con tres sentimientos que son el origen y raíz donde se asienta la tristeza: el resentimiento, el arrepentimiento y la envidia. Vemos pues, la gran importancia y necesidad de educar este sentimiento en nuestros hijos ya que les va a ayudar a ser personas felices.

¿Se puede educar la gratitud?

Como cualquier otros sentimiento, la gratitud también se puede (y se debe) educar. Los padres tenemos que hacer lo posible para potenciarlo y educarlo, fomentando al máximo este sentimiento en nuestros hijos.

En un principio, como el resto de los sentimientos, la gratitud es muy inestable e intermitente y dependerá de si le gusta o no hacer algo o si lo hace para “agradar al adulto”. Si esto es así, no pasa absolutamente nada; los padres con mucha paciencia y constancia trabajaremos este sentimiento para que quede asentado formando parte de su personalidad, como cualquier cualidad estable.

Podremos decir que ha quedado consolidado del todo cuando el niño sea capaz de comprender que, aunque no se le complazca en todo lo que hace o dice, lo hacemos por su bien. Antes de conseguir esto, podremos observar como la gratitud irá siempre de la mano de la gratificación positiva. Por eso es importantísimo que continuamente reconozcamos a nuestro hijo lo bien que hace las cosas, haciendo uso frecuente de los refuerzos positivos.

¿Qué podemos hacer? Tareas para los padres

En primer lugar es necesario señalar que vamos a educar este sentimiento (o el contrario) tanto por acción como por omisión, es decir, a través del ejemplo. ¿Cómo vamos a esperar que nuestros hijos agradezcan a los demás las cosas si nosotros somos los primeros que no lo hacemos?

Debemos abrir los ojos de nuestros hijos, a través de nuestro ejemplo, y hacerles ver que ser agradecidos no es simplemente pronunciar unas palabras de manera automática y mecánica. No basta con un simple “gracias” y ya está. La gratitud nace del corazón, de nuestro interior, del aprecio a lo que alguien hace por nosotros. Por eso, cuando alguien haga algo por nosotros, tenemos que mostrarles a nuestros hijos cómo actuamos nosotros para que también ellos empiecen a obrar de ese modo.
Veamos con detenimiento algunas ideas para trabajar la gratitud con nuestros hijos de una
manera práctica y útil:

1. Hablar sobre la gratitud

¿Qué entiende tu hijo por gratitud? ¿Sabe identificar ese sentimiento?

Averigua lo que sabe acerca de esta virtud para poder explicarle muchas más cosas de las que ya conoce. Es importante que tu hijo comience a poner nombre a este sentimiento y aprenda progresivamente a identificarlo y relacionarlo con otros.

Podemos comenzar por hacerle al niño las siguientes preguntas:

* ¿Sabes qué es la gratitud?
* ¿Cómo puede una persona demostrar la gratitud a los demás?
* ¿A quiénes demostraremos gratitud?
* ¿De qué forma?

Deja a tu hijo que conteste abiertamente. Luego, explícale con tus palabras y en un lenguaje sencillo y adaptado a su edad, qué es la gratitud. Por ejemplo, que apreciar y querer mucho a quiénes nos cuidan es una manera de agradecer lo que hacen por nosotros: el profesor nos ayuda en el colegio, el médico cuando vamos al centro de salud, los padres en casa cada día, etc. Les explicaremos que la gratitud se demuestra con expresiones de afecto, cariño, portándonos bien con esas personas, etc.

2. Escribir una carta para alguien especial

• Pide a tu hijo que escriba una carta a quién él considere que tiene algo que agradecer, por ejemplo a los abuelos, a su profesora, al amigo especial que siempre le ayuda, etc.

• Debe escribir cómo se siente por lo que ha recibido de esta persona a la que está escribiendo. Esta carta se la enviará o, si es posible, buscará a la persona a la que ha escrito y se la leerá personalmente.

• Si el niño es todavía muy pequeño y no sabe escribir, ayúdale a escribirla. Deja que te diga lo que quiere trasmitir. Incluye al final de la carta un dibujo hecho por tu hijo.

• Para educar con el ejemplo, tú también puedes escribir una carta de agradecimiento, por ejemplo al profesor de tu hijo por su esfuerzo durante todo el curso escolar.

3. Escribir un diario de gratitud

Anima a tu hijo a que, cada día, antes de acostarse dedique unos minutos a escribir acerca de tres cosas
por las que está agradecido. Estas cosas pueden ser de dos tipos:

• Generales: estar vivo, poder ver, contar con la amistad de las personas que el niño aprecia, etc.

• Concretas: aprender algo nuevo, recibir un elogio, la ayuda de un compañero, etc.

Si no sabe escribir, dile que te diga cuáles son sus motivos de agradecimiento y los anotas en su diario de gratitud.

Según M. Selligman, “escribir este diario nos ayuda a fortalecer el agradecimiento a la vida y de este modo, cultivar el hábito de ser feliz”.

4. ¿Qué harías tú?

En esta actividad debes proponer a tu hijo una situación concreta que en un futuro podría encontrarse en la vida real. Le diremos lo siguiente:

Imagina que estás llorando en medio de la calle porque te has perdido y empiezas a asustarte porque pasa mucha gente pero nadie te hace caso. No sabes como volver a casa. De repente, aparece una señora que se acerca y te pregunta qué es lo que te pasa y cuando se lo cuentas te ayuda y te trae hasta casa.

Seguidamente le diremos que nos conteste a estas cuestiones:

* ¿Qué harías tú si te pasara eso?
* ¿Qué le dirías a esa señora que te ha ayudado?
* ¿Qué sentirías por ella?
* ¿Le agradecerías el favor que te ha hecho? ¿De qué forma?

A continuación, seguiremos hablándole pero cambiando la historia:

Ahora imagina que otro día estás jugando al fútbol con tus amigos en el parque y se acerca esta misma mujer preocupadísima porque ha perdido a su perrito cuando lo estaba paseando.

Entonces, pregúntale: ¿Tú qué harías? ¿Seguir jugando el partido o ir a ayudarla? ¿De qué forma la ayudarías?

Esta actividad te servirá para trabajar el concepto de la gratitud y de la empatía.

5. La paloma y la hormiga

Enséñale a tu hijo la importancia, no solo de ser agradecidos, sino también de devolver los favores que recibimos. Para ello, léele la siguiente fábula de Esopo, “La paloma y la hormiga”.

Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manantial; arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse.

Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga y la salvó.

Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma. Lo vio la hormiga y lo picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma. Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo.

Debemos ser agradecidos y devolver los favores que recibimos.

Errores comunes
Como hemos visto, educar la gratitud no es nada sencillo. Necesitamos ser constantes y evitar cometer algunos errores que son bastante frecuentes. Veamos algunos de ellos:

– Restar importancia al sentimiento de gratitud cuando nuestros hijos son pequeños. Solemos decir “si total, nadie da las gracias por nada… ¿para qué se lo voy a enseñar?”. A medida que crecen y llegan a la temida adolescencia decimos: “que desagradecidos son estos jóvenes de hoy en día”. Entonces es cuando deberíamos preguntarnos con toda sinceridad: ¿qué he hecho yo para que esto sea así?

– En ocasiones, tampoco sabemos aceptar el agradecimiento de nuestros hijos y les contestamos “no es nada” o “no es necesario que me lo agradezcas”. Al contrario, debemos estimularlo y decirle: “Muchas gracias a ti, hijo. Significa mucho para mí que estés agradecido”.

– No siempre educamos dando ejemplo ya que en ocasiones tampoco agradecemos a nuestros hijos lo que hacen por nosotros.

Quizás si todos nos aplicásemos a diario la siguiente máxima hebrea nos irían mejor las cosas y podríamos adecentar un poco este mundo:

“El que da no debe volver a acordarse, pero el que recibe nunca debe olvidar”

Existen distintos tipos de crianza, o bien, distintos modelos a la hora de ejercer como padres/madres.

Sin duda, las relaciones entre padres e hijos son bidireccionales, porque el comportamiento de uno influye sobre el del otro y viceversa.

Podemos distinguir entonces diferentes estilos de crianza: autoritario, indulgente (permisivo), negligente, asertivo (o democrático).

El autoritario es exigente pero no receptivo, espera el cumplimiento de las normas pero no considera la necesidad de explicar las razones de las reglas o los límites.

El indulgente supone ser responsable pero no exigente, en realidad, es permisivo, son pocas las exigencias o los controles.

El negligente destaca por ser controlador, pero no implicado. No existen ni exigencias, ni responsabilidades, no se establecen límites. Aunque sí se da respuesta a las necesidades básicas (alimentación, dinero).

El asertivo supone ser exigente pero receptivo, en el que se marcan los límites y las normas, se ejerce control sobre las acciones, pero anima a los menores a ser independientes, permite que exploren con libertad y puedan desarrollar sus propios razonamientos y sus propias decisiones. Se establecen los límites pero se demanda madurez y si hay que castigar, se explican los motivos. Por lo tanto, las normas son claras y como resultado los menores desarrollan la independencia, madurez y la autoestima. Quizá sea el estilo más recomendado.

CONSEJOS PRÁCTICOS

  • Mostrar afecto, sensibilidad y responsabilidad ante las necesidades de los hijos e hijas.
  • Fomentar el DIÁLOGO, la ESCUCHA, la PARTICIPACIÓN en el seno del hogar.
  • Entender la importancia de las explicaciones, de marcar los límites y las normas para que los menores tenga claro cuál es su papel y lo que se espera de ellos/as.
  • Esforzarse por llevar a cabo una disciplina inductiva, positiva, basada en el RAZONAMIENTO, en la comunicación de todas las partes.
  • ESFORZARSE POR ENTENDER a los menores, sus preocupaciones, sus intereses, sus necesidades, mostrándoles cariño y cercanía. Hablamos de la importancia de lograr un clima dialogante, respetuoso y cordial en el seno de la familia.

Podemos definir el valor como “aquello que sirve de pauta de acción o guía de conducta, común a la mayoría de un grupo e interiorizada por el individuo, que le da sentido y que entraña un orden de preferencia” es decir, valores son los que guían a la persona en su forma de pensar, de sentir y de actuar. Por eso es tan importante educar en ellos ya que son las pautas que rigen la vida de una persona.

Sin embargo, cada uno tenemos una jerarquía diferente, es decir, un orden diferente en las prioridades. Porque hay muchas clases de valores, desde los físicos hasta los morales.

El valor moral se relaciona con los demás y condiciona a la persona en su realización. Por ser un valor inherente a los comportamientos en que la persona expresa su libertad, el valor moral aparece como la razón de ser del hombre. La educación cívico-moral supone la compresión de las normas que rigen la vida democrática. Sitúa a las personas, en condiciones de responder a su propia exigencia de libertad y justicia y de hacer frente de manera responsable a los problemas morales y sociales de nuestro tiempo. Pero la educación moral no se reduce al conocimiento de los valores, ni a la mejora del razonamiento moral, sino que también es la formación del carácter. Aristóteles dice: “Lo importante no es saber lo que es bueno, sino ser bueno”.

Para ayudar a los hijos/as en la formación del carácter debemos tener claros determinados aspectos. Primero, lo importante que es demostrar autoridad. Una AUTORIDAD no impuesta sino ganada por prestigio. A través de la serenidad y la paciencia, manteniendo una línea de actuación, mostrando interés por sus estudios o sus problemas. Esta autoridad se refuerza si hay acuerdo en cómo educarlos, se apela al diálogo, se llegan a acuerdos puntuales, se evita el sermoneo continuo, se es firme cuando es necesario, se presta atención al buen comportamiento, se explican las correcciones, se les da suficiente autonomía y libertad. Sin duda, es necesario encontrar tiempo para vivir los pequeños momentos con los hijos/as.

Y no olvidar la necesidad de poner NORMAS. Los padres deben poner las normas que consideren justas, exigir que se cumplan, actuar con seguridad y recordar que SOMOS MODELOS DE COMPORTAMIENTO.

 

 

 

 

 

CONSEJOS PRÁCTICOS

Para educar en la responsabilidad

Indicadores Consejos
Para que realicen sus tareas sin necesidad de estar recordándoselo continuamente, razonen lo que hacen, no echen la culpa a los demás, sean capaces de escoger entre varias alternativas, puedan trabajar y estar a solas sin angustia, tomar decisiones distintas al grupo, teniendo diferentes objetivos e intereses y concentrando su atención en tareas complicadas Desarrollar su sensación de poder y ayudarles a tomar decisiones.

Establecer NORMAS Y LÍMITES

Proponer tareas y OBLIGACIONES

Ser coherentes

No ser arbitrarios

Ayudar cuando demandan ayuda

Enseñarles a respetar y reconocer los LÍMITES impuestos.

Concienciarles para que reconozcan sus errores

 

Para que se integren en la sociedad y desarrollen valores cívicos

Indicadores Consejos
Para que puedan integrarse es necesario que conozcan la realidad que les envuelve, a través de esquemas de conocimiento de ser persona, de los roles, de las pautas, de las relaciones interpersonales.

Para poder llegar a la plena integración es necesario conocer las reglas, normas y valores, igual que saber ponerse en el lugar del otro.

Actuar como deseemos que actúen nuestros hijos/as

Es necesario que se sientan queridos, valorados y respetados y ayudadlo a aceptar sus limitaciones

No emplear la violencia

Hay que ser coherentes con los valores que se quieren transmitir.

Explicarle los motivos de las órdenes que se les impongan.

Las decisiones deben ser compartidas por la pareja

Reconocer la labor bien hecha

Poner tareas con una dificultad gradual

Cuidar los pequeños detalles

 

 

 

 

 

Para educar en el esfuerzo

Indicadores Consejos
Es indudable que sin esfuerzo no hay aprendizaje pero sin el desarrollo personal y emocional no hay esfuerzo.

Es necesario tener una fuerza de voluntad fuerte.

El esfuerzo y la disciplina son claves para el desarrollo de la inteligencia. El juego y el deporte son fundamentales para adquirir disciplina, obediencia, el dominio de sí mismo y el gusto por el trabajo bien hecho.

Se puede potenciar el ESFUERZO con el ejemplo, presentarlo como algo positivo, ser exigentes hasta alcanzar la autoexigencia, plantear tareas a corto plazo, deben adaptarse a la edad de los niños y hacerlas progresivas, y no olvidar que EL FRACASO AYUDA A MEJORAR. Para conseguir esfuerzo es necesario voluntad y motivación, en los primeros momentos extrínseca y posteriormente intrínseca.

 

Para educar en la tolerancia

Indicadores Consejos
Se entiende como tolerancia el respeto y consideración hacia la diferencia, la disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia. Para ello debemos educar con un objetivo moral de ser ciudadanos libres, democráticos, críticos y tolerantes. ELOGIAR y no ridiculizar.

Enseñarles a identificar bien las emociones y sentimientos.

Fomentar que se relacionen con grupos de iguales.

Fomentar la igualdad.

RESPETAR las opiniones de los demás.

 

 

Para educar la voluntad

Indicadores Consejos
Es una facultad superior en la persona que nos dirige hacia algo. Enrique Rojas da las siguientes reglas para educar la voluntad:

La VOLUNTAD necesita un APRENDIZAJE GRADUAL

Es crear HÁBITOS por la repetición de actos.

Hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos. Tener objetivos claros, precisos bien delimitados y estables.

Objetivo:

  • Sentirse capaz de educar a nuestros hijos en y con ayuda de la familia.

 

Tiempo:

            30 minutos

 

Material:

  • Hoja con el cuestionario.

 

Dinámica:

Se entrega individualmente el test: “¿Está preparado para ser educador de sus hijos?”

De acuerdo con una clave de respuestas dada en el test, cada padre de familia se ubica en el grupo correspondientes según la puntuación obtenida.

Compartir los resultados y determinar el nivel en que se hallan.

 

            Reflexionamos:

  • ¿Es adecuado nuestro concepto de educación?
  • ¿Cuánto tiempo dedicamos a nuestra preparación como educadores?
  • ¿Qué aportan los padres a la educación?
  • ¿Cómo pueden ayudar a sus hijos?
  • ¿Qué criterios son necesarios para la educación de los hijos?
  • ¿Qué aprendí?
  • ¿Cómo me he sentido en el día de hoy?
  • ¿Qué compromiso puedo sacar para capacitarme como educador de mis hijos?


¿Estoy preparado para educar a mis hijos?

CONTENIDO NO
1. ¿Conoce el origen de la palabra educación?    
2. ¿Sabe cuál es la diferencia entre educar e instruir?    
3. ¿Ha leído algún libro sobre temas educativos?    
4. ¿Está preparado para comentar con sus hijos temas sexuales?    
5. ¿Sabe cómo actuar si su hijo ingresa en el mundo de la droga?    
6. ¿Puede escribir una página con este tema: “Los hijos serán lo que son los padres”?    
7. ¿Puede ayudar a sus hijos en la preparación de las tareas?    
8.- ¿Puede guardar el equilibrio en la educación de sus hijos, enérgico, sin ser rígido, bueno sin ser débil, equitativo sin preferencias, franco y abierto sin que lo irrespeten?    
9.- ¿Considera que el ambiente del hogar influye en el niño durante los primeros años de vida?    
10.- ¿Si se entera que su hija soltera sostiene relaciones sexuales, sabría manejar la situación?    

 

 

Clave:

Cuente las respuestas afirmativas. Si obtuvo 10 respuestas afirmativas, es sobresaliente en la educación de sus hijos. De 5 a 7 respuestas afirmativas, regularmente aceptable. Menos de 5, no está preparado para ser educador.

 

Ideas para complementar el tema:

La importancia de la educación en el momento actual es cada vez mayor. Consideramos que la familia es el lugar apropiad, aunque no el único para adquirir una formación integral.

La función de la educación no se podrá desarrollar de manera integral, si no existe entre los cónyuges una relación armónica. Cumplir en totalidad con las responsabilidades, algo decisivo en la educación de los hijos. En el hogar cultivan los valores que posteriormente definirán la personalidad. Por tanto la educación debe ser razonable, respeto íntegra, desinteresada y adecuada.

 

Razonable: Se debe favorecer el desarrollo de las capacidades, cualidades, actitudes del hijo, de igual manera ayuda a descubrir los errores con amor, paciencia y talento.

 

Respetuosa: Es preciso aceptar que los hijos son seres humanos dotados por Dios de libertad total, respetada por Él y que nosotros, debemos también respetar. No quiere decir que los padres deban permanecer aislados de la vida de sus hijos. Se acercarán a ellos orientando e indicando los elementos para que puedan dirigirse a sí mismo.

 

Íntegra: El ser humano está conformado por inteligencia y espíritu, por tanto la educación debe atender tres áreas, es decir, deben desarrollarse íntegramente los planos de la vida.

 

Desinteresada: Que no exista egoísmo paternal. Educar por amor, nunca en beneficio propio. Existen los hijos “utensilio”, aquellos utilizados por sus padres para su beneficio y no hay la menor preocupación por su formación y su cultura.

 

Adecuada: Es importante estudiar el temperamento y el carácter de cada hijo, para comprenderlo y actuar de acuerdo con sus necesidades. Cada hijo es único e irrepetible, por tanto es necesario actuar según las diferencias individuales.

La bofetada, el azote… son algunos de los métodos utilizados para reprender a los niños. Algunos padres consideran que pegar a los hijos de vez en cuando es imprescindible para corregirlos. A otros, aunque están en contra de esa práctica, se les escapa la mano de forma involuntaria cuando la situación los sobrepasa.

Las últimas tendencias educativas, basadas en la tolerancia y la libertad, recomiendan el diálogo como forma de modelar la personalidad del niño, pero algunos padres no renuncian al azote o la bofetada para imponer la disciplina. 

El cachete o el azote a los niños

Sara no tiene más de tres años y, sin embargo, está intentando manejar a su madre en un concurrido centro comercial, con una de sus habituales rabietas. No deja de chillar, pero le da tiempo a mirar a su alrededor y controlar a su público. Su madre en un principio le repite con calma: “Vale, Sara”. La niña no para de patalear tirada en el suelo y la madre, visiblemente nerviosa, va elevando su tono de voz. No sabe qué hacer ante su terquedad. Sus labios se estrechan, sus hombros se tensan y, por último, termina por darle un azote y llevársela a la fuerza cogiéndola fuertemente de un brazo.

El azote o el cachete son todavía elementos presentes en muchas escenas cotidianas. Los padres generalmente se arman de paciencia, pero son muchas las situaciones que les hacen perder los nervios: “¡Come de una vez! ¡Deja en paz a tu hermano! ¡Te has vuelto hacer pis! ¡Te lo avisé y aun así lo has roto!, ¡No repliques! ¡Te lo he dicho mil veces!…”.

Por qué un niño se porta mal

Hay que tratar de averiguar las razones que puede haber detrás de un comportamiento difícil. Puede ser simplemente que se haya alterado su rutina y que el niño tenga hambre, esté cansado, aburrido, o incluso sobreexcitado; o puede ser que esté atravesando por una situación que le puede provocar ansiedad (nacimiento de un hermano, separación de los padres, cambio de colegio, etc.).

Estas son cosas que se pueden prevenir fácilmente. Pero en muchos casos las razones son más profundas. La llamada educación liberal, caracterizada por la tolerancia –como huida desesperada del sistema autoritario anterior– ha confundido permisividad con ausencia de normas y ha conseguido desconcertar a los padres. La supresión total de límites ante el temor de producirles traumas también tiene fallos. Inculcar la disciplina como un ejercicio de autocontrol no siempre funciona. 

Consecuencias del castigo físico a los niños

Juan comentaba: “si los azotes dejasen secuelas, nuestra generación sería una panda de tarados”. Es verdad que un pescozón aislado no traumatiza, pero hay que procurar que no ocurra. Por supuesto, si en alguna ocasión se da un azote –se preguntarán que quién no lo ha hecho alguna vez–, no hay que considerarse un maltratador, pero hay que tender a erradicar esta práctica.

El castigo físico ni es terapéutico para el que lo produce, ni pedagógico para el que lo recibe. Se trata de un descontrol emocional personal del adulto, un desahogo momentáneo que normalmente genera a continuación malestar y sentimiento de culpa. Nadie concibe que en su trabajo, aunque sea por su bien, reciba un tortazo de su jefe al cometer algún fallo.

El bofetón es desaconsejable porque, aparte de humillar al niño y dañar su autoestima, le proporciona un modelo a imitar y del que aprender. No le enseña por qué suceden las cosas ni cómo hacerlas correctamente. Este tipo de conducta genera además violencia, rebeldía, temor y falta de confianza en los padres. El niño acaba obedeciendo por miedo al castigo, pero sin comprender el motivo de la sanción en la mayoría de los casos. Y por supuesto, termina por impedir la comunicación entre padres e hijos.

Coherencia en la educación del niño

Está claro que es imprescindible firmeza para que el niño aprenda a respetarse a sí mismo y a los demás. Pero aprender a “someterse” sin coherencia le puede confundir. No entiende por qué a los niños se les puede pegar y a los adultos, no; por qué él no puede chillar y los mayores sí; por qué no puede mentir y a veces, cuando a sus padres les conviene, le piden que lo haga; por qué lo que hoy le permiten hacer, mañana se lo prohíben…

Se puede llevar a cabo una disciplina positiva siendo justos y haciendo lo correcto. Es importante marcar los límites a los hijos, pero también hay que ayudarlos a crecer. Hacerles saber lo que se espera de ellos, adoptar actitudes positivas recalcando las formas correctas de actuar y no censurar continuamente los errores. 

Alternativas a los cachetes de los padres a los niños

1.- Palabras que expresen con claridad nuestros sentimientos pero sin atacar al niño. Conviene usar frases cortas aunque firmes: “Estoy muy enojado/a…”. Según las circunstancias, añada una pequeña frase acerca de sus expectativas: “Espero que cuelgues el abrigo nuevo y no lo dejes tirado por el suelo”. No conviene decir nada sobre el carácter del niño o de su personalidad (“eres un desastre”). Podemos decir cómo nos sentimos, pero sin necesidad de insistir en lo “malo” que es el niño.

2.- Irse. La mejor palabra de cuatro letras para cortar una pelea subida de tono. El alejarse de la escena ofrece la posibilidad de serenar el ánimo y pensar en lo que debemos decir cuando estemos otra vez con el niño.

3.- Hacer las paces cuando la tormenta ha pasado. Los padres pueden volver a mostrarse cariñosos y hacer saber a sus hijos que su enfado, por muy fuerte que parezca, es pasajero. 

Virginia González. Psicóloga y maestra de Educación Infantil

Mi hijo de 8 años obedece sin problemas a mi marido, sin embargo a mí me ignora y si no le grito no hace caso ¿Qué puedo hacer? 

Los niños en realidad saben muy bien cómo comportarse con cada persona. Probablemente la madre pasa mucho más tiempo con el niño y esto también desgasta más y hace más difícil mantener la autoridad. Si el padre está mucho menos tiempo, le resultará más fácil ser constante en el trato con el niño y más llevadero manejarlo.

En todo caso realice lo siguiente:

1º. Reduzca las llamadas de atención. No le llame la atención por el mismo motivo más de tres veces. Hágalo sin gritarle, pero con contundencia, acercándose a él y asegurándose de que le presta atención. Si con las tres llamadas no es suficiente, adopte algún tipo de medida como por ejemplo la “retirada de privilegios” que explicamos en el curso. De manera que el niño aprenderá que a las tres llamadas de atención usted actuará y que éstas van en serio. Quizás ahora está acostumbrado a que usted le llame la atención y no ocurra nada, por eso la ignora.

2º. Preste atención a otras conductas positivas. Es posible que el niño esté reclamando su atención. Para ello, muéstrese cercana e interesada cuando el niño se porte bien y elógielo por ello.

3º. Mejore el acuerdo con su pareja. La actuación con el niño debe ser de mutuo acuerdo por la pareja. El padre debe apoyar delante del niño incondicionalmente a la madre y viceversa. El niño, además, debe tener las mismas normas y exigencias por ambos miembros de la pareja.

Por Jesús Jarque