Escuela de Padres

Archive for the ‘La comunicación’ Category

Marisol Muñoz-Kiehne, Ph.D.

Supervisión:

  • ¡Ojos abiertos! Observar cuidadosamente la apariencia y comportamiento de sus niños a diario
  • Supervisar el juego y las actividades de sus niños
  • Prestar atención a las relaciones de sus niños con otras personas
  • Estar alerta al entorno físico de los lugares que sus niños frecuentan
  • Estar alerta al ambiente social de los lugares que sus niños frecuentan
  • ¡Cuidado con quien los cuidan! Escoger a conciencia a quién le encarga sus niños
  • ¡Cuidado con quien se juntan! Conocer las amistades de sus niños

Comunicación:

  • Demostrarles a sus niños a diario que son importantes y valiosos
  • Hablar frecuente y honestamente con sus niños
  • Hacerles preguntas y responder a las preguntas de sus niños
  • Enseñar a sus niños a reconocer y expresar sus sentimientos, tales como la incomodidad y el temor
  • Discutir regularmente las reglas de seguridad con sus niños
  • Discutir las noticias según el nivel de comprensión de sus niños
  • Repasar los planes de emergencias con sus niños
  • Jugar “¿Qué harías si…?” con sus niños

Educación:

  • ¡Lo antes, mejor! Nunca es muy temprano para empezar a enseñarles a protegerse
  • Enseñarles a sus niños su nombre, dirección, y teléfono
  • Enseñarles a sus niños a no compartir información personal con desconocidos
  • Enseñarles a consultar a los adultos antes de contestar la puerta o el teléfono
  • Enseñarles a consultar a los adultos antes de aceptar regalos o invitaciones
  • Enseñarles la diferencia entre los secretos saludables (sorpresas) y los secretos peligrosos
  • Enseñarles a cómo mantener distancia física segura
  • Educarles sobre las partes privadas del cuerpo de sus niños, y quién puede tocarlas y cuándo
  • Practicar estrategias para lidiar con invitaciones amistosas
  • Practicar estrategias para lidiar con la intimidación
  • Ensayar el decir “¡No!”
  • Ensayar el pedir ayuda
  • Recordarles que el abuso nunca es culpa de los niños
  • Utilizar recursos educativos (libros, juegos) sobre cómo prevenir el abuso de los niños

Objetivo:

  • Ser capaz de señalar distorsiones que se producen en la transmisión oral de un mensaje. Ser capaz de constatar que las distorsiones del ver son menores que las del oír, en la transmisión de un mensaje.

Tiempo:

            30 minutos

Material:

  • Foto, diapositiva o cuadro a mostrar.

Dinámica:

            Lo que nos interesa de este ejercicio es el período de tiempo dedicado a la reflexión sobre el juego mismo.

            Se solicita cinco voluntarios y se les pide que esperen afuera del salón. Al grupo que permanece en el salón se les pide que tengan una actitud lo más imparcial posible. Guarde silencio y también sus emociones. Se hace entrar el primer voluntario y se le muestra (y también al grupo que permanece en el salón) una foto, diapositiva, cuadro, etc., que sea significativa. Después se le dice que él debe describir oralmente lo que ha visto al segundo voluntario.

            Una vez que el primero le transmitió lo que vio al segundo, este debe transmitir lo que oyó del primero al tercer voluntario. El último puede escribir o dibujar en el tablero lo que captó de la descripción que le dio su compañero. Se vuelve a mostrar, a todos, la foto, imagen… El quinto voluntario lo compara con el original.

Pistas para el diálogo:

  • ¿Coincide la descripción original con lo que ha descrito el último?
  • Muchas veces nos dejamos llevar por lo que unos y otros dicen y al final resulta que nos metemos en líos. Es bueno tratar de contrastar la información.
  • ¿Nos ha sucedido alguna vez esto de “nos han dicho que han oído”?
  • ¿Cómo actuamos en casa con lo que nos dicen nuestros hijos en el colegio, con los amigos, con los hermanos,…?
  • Conclusiones que podemos sacar de este ejercicio.

Esa sensación de estar continuamente desgañitándote, de valerse del decibelio para llamar la atención de tus hijos sin que sirva de nada más que para sentirse terriblemente culpable después… Muchas madres (más de las que lo reconocen abiertamente) vivimos esta situación casi a diario. Te contamos: a) por qué no pasa nada por alzar la voz de vez encubando, y b) cómo poner en marcha otras estrategias menos sonoras pero más efectivas para lograr que te hagan caso.

Buenas intenciones, frustración creciente, impaciencia, impotencia, enfado supino… EL GRITO, catarsis fugaz, y… un inmediato sentimiento de culpa. ¿Te suena la secuencia? Tranquila, no eres la única. Pocas madres (poquísimas) se libran de caer en este círculo vicioso durante el “cuerpos a cuerpo” diario que mantienen con sus hijos. De hecho, es una reacción fisiológica: cuando nos sentimos frustrados, el cerebro segrega cortisol, la hormona del estrés, que se puede considerar la antesala del grito.

El problema aparece cuando la situación se repite con frecuencia y empiezas a desarrollar las características idóneas para convertirte en una gritona crónica, algo que no reporta ningún beneficio (mentalízate desde ya: gritar no sirve de nada) y sí puede conllevar consecuencias negativas. “Con los gritos, lo único que hacemos es presionar a los niños, crear un ambiente de crispación, que ni favorece el aprendizaje ni propicia un buen clima de comunicación. Además, los niños aprenden a través del ejemplo: si no queremos tener hijos gritones, hay que evitar gritar delante de ellos”, explica la psicóloga Silvia Álava.

Una investigación publicaba en la revista Journal of Marriage and Family demostró que en los hogares con más de 25 episodios de gritos en un año, los niños tenían mayor tendencia a la depresión y a mostrarse agresivos. Relativizan un poco esta evidencia y teniendo en cuenta que no pasa nada por alzar la voz en situaciones puntuales, lo cierto es que gritar no es una buena estrategia.

La repetición como detonante

Somos humanos y, por tanto, carecemos de paciencia infinita, así que hay momentos en los que optar por el silencio es casi una heroicidad. A la cabeza del ranking de los desencadenares de gritos está el “efecto disco rayado” (o sea, tener que repetir las cosas mil veces para que nos hagan caso). “Al principio lo digo de buenas formas (a veces, incluso, cantando), después me pongo más seria. Pero, claro, la octava vez que tengo que repetir “ponte ahora mismo las zapatillas, que te vas a enfriar, Jaime”, doy un alarido”, comenta Marta, madre de un niño de 2 años.

En la jornada diaria hay situaciones de alto riesgo para el grito: el desayuno (el tiempo apremia y el niño está aún sin vestir), la hora de ordenar y la de irse a la cama y, sobre todo, las peleas entre hermanos. “Mis hijos están todo el día a la gresca, se pegan, se chillan y, al final, yo termino gritándoles como una loca que dejen de pelearse… y de gritar”, confiesa Mamen, madre de tres niños de 5, 3 y 2 años.

Ellas vieron la luz

¿Cómo conseguir entonces dejar de ser una gritona crónica? Lo primero, reconociendo que lo eres y reflexionando sobre las consecuencias que puede tener sobre tus hijos, tu estado de ánimo y el ambiente que se respira en tu hogar. Así lo hizo la escritora norteamericana Julie Ann Barnhill, autora del libro She’s gong Blow (“Ella va a estallar”), un magnífico referente sobre la gestión del enfado materno que va por los 135.000 ejemplares. Barnbill buscó ayuda para aprender a controlar su ira y las estrategias que usó tuvieron tan buenos resultados que en la actualidad se dedica a compartirlas a través de talleres y conferencias y de su web: http://www.juliebarnhill.com. Por ejemplo, para manejar la ira aconseja retirar lo que ella llama las molestias visuales (esos montones de ropa sucia pendientes de entrar en la lavadora), que tienen un efecto nefasto en el establo de ánimo, o darse algún mimo (un masaje, un atracón de chocolate…) en momentos críticos como el síndrome premestrual, para relajar la tensión.

En ocasiones, la revelación se produce de forma más brusca, como le pasó a Ana: “Se me vino el mundo abajo cuando mi hija Laura le enseñó a mi suegra un dibujo que había hecho de la familia en el que aparecía Cruel de Vil. Cuando le preguntó por qué la había incluido, le dijo que era yo, que siempre está gritando como ella”.

Algo similar le ocurrió a la autora del blog The Orange Rhino Challenge (madre de 4 hijos menores de 6 años y gurú de las madres gritonas en Internet). Cuando la persona que trabajaba en su casa la encontró gritando a sus hijos y totalmente fuera de sí, se sintió tan mal que les prometió no chillar en 365 días. Lo logró y todo el proceso está reflejado en su blog del que se pueden extraer interesantes conclusiones resumidas en el apartado “10 cosas que aprendí cuando dejé de gritar a mis hijos” del tipo: “No siempre puedo controlar las acciones de mis hijos, pero sí mi reacción; gritar no funciona, muchas veces yo soy el problema, no mis hijos; ahora que he dejado de gritar me siento más feliz, más tranquila y más ligera”.

Siguiendo la estela de la norteamericana, una madre española ha creado un grupo de Facebook en español, que cuenta con casi 4.000 seguidoras que comparten sus ideas para educar sin gritar.

Antídotos pre-alarido

1.- Detecta las señales

En sus talleres, Julie Ann Barnhill insiste en la necesidad de que las madres reconozcan en su organismo las señales previas a la emisión del grito: opresión en el pecho y la garganta, pulso acelerado, rechinar de dientes y mandíbula, irrupción de pensamientos negativos, angustia… “El antídoto es sencillo: hacer varias respiraciones profundas, visualizar una imagen agradable y pensar “vale, estoy teniendo un día miserable, pero gritar y  enfadarme solo va a empeorar las cosas”, explica. También es importante reconocer las situaciones que propician el grito y evitarlas en la medida de lo posible.

2.- Desactívate

Cuando tus hijos te pongan al borde de un ataque de nervios, cuenta hasta 10, vete a otra habitación o empléate de lleno en alguna actividad.

3.- Ensaya

También ayuda prepararse mentalmente para las situaciones que provocan los gritos. “Llegaba a casa muy estrenada del trabajo y me encontraba a mis hijos peleándose en medio de un revoltijo de ropa y juguetes, y siempre acababa gritándoles y ellos llorando. Decidí dar un pequeño paseo antes de llegar a casa, para exorcizar mi mal humor y repetirme una y otra vez el guión de lo que iba a ocurrir después: “Ahora llegaré y estará todo hecho un desastre, pero no me voy a alterar. Les diré que recojan y, si no lo hacen, pues tampoco es el fin del mundo” y ¡funcionó!” cuenta Inés.

4.- Y comparte

A la autora del Rinoceronte Naranja le ayudo compartir su experiencia con otras madres, pero no hace falta convertirse en bloguear ni conferenciante: una merienda con otras mamás o un grupo de whatsapp que sirva de desahogo y ayude a motivarse para ser una mamá de voz modulada perenne puede ser igual de efectivo.

Ser padres puede sacar a la luz las carencias que ya existían en nuestra relación. Esta es una oportunidad para revisar nuestras necesidades, hacer los cambios precisos y comunicarse con el otro desde el corazón.

Nos enamoramos y sentimos que, por primera vez, la vida nos sonríe. Al final, tenemos lo que la vida nos ha negado durante nuestros años de infancia y parte de la juventud. Sentimos que es posible ser aceptado por otro ser humano y nos derretimos ante la promesa de que este amor, que tantas carencias viene a cubrir, nos durará eternamente. La mayoría de las relaciones se establecen desde una cierta fascinación por los aspectos de la otra persona que menos desarrollados teníamos nosotros mismos. Con el tiempo, la pareja se sostiene porque, de una manera u otra, los dos miembros obtienen algo que necesitan.

Cuando somos tres…

Entonces, en algún momento, dejamos de ser dos y nos convertimos en tres. Este cambio implica un desandar lo transmitido y reelaborar la relación, de forma que tenga cabida un nuevo sistema de intercambio. Ser madre o padre implica una revolución interior de la que salir fortalecido o lleno de rencor y agotamiento. Cuando comenzamos a ser invadidos por esas oleadas de hormonas que la maternidad nos trae y nos volvemos aún más emocionales, la comunicación con la pareja no es que sea difícil, es que se convierte en un milagro. Nos resulta muy complicado averiguar qué está sucediendo en nuestra relación, porque lo único que se nos ocurre es señalar con el dedo al otro y dar por sentado que las cosas no están funcionando porque el otro tiene la culpa.

En el conflicto que surge tras el nacimiento del niño están implicadas todas las capas de la existencia humana, y aparece un elemento nuevo que todavía nos descolora más: las emociones. Un buen ejemplo del cambio que la maternidad implica es que no podemos traducir esa sensación de malestar en palabras. Las emociones nos arrastran como una ola, nos llevan y nos traen, y quedamos a su merced completamente desprovistas de palabras que nos puedan ayudar a compartir todo ese caudal interior que pugna por salir. No es fácil para nuestra pareja ponerse en nuestro pellejo. Al fin y al cabo, él solo sabe que hay una persona gritando porque la sartén quedó sin fregar; no tiene ni idea de que, en realidad, lo que esos gritos están señalando es que la mujer está a punto de perder el control que con tanto esmero ha intentando mantener a lo largo de su vida. Lo que esa mujer está gritando es que desea volver a ser dueña de su vida y que las cosas sean como eran antes. El grito tiene que ver, no con la sartén sucia, sino con su infancia o con sus expectativas sobre la maternidad no cumplidas, o sobre el cansancio después de cuatro noches de niño que no se calma ni al pecho. El tema no es la sartén, y discutir sobre la sartén no traerá más luz a la relación. El tema es que ambos, mujer y hombre, se permitan explorar qué está sucediendo dentro de sí para, despejando lo aparente, llegar al meollo del asunto.

El motor del cambio

Muchas veces, en plena crisis, las mujeres se preguntan cómo es posible que hubieran elegido a esa persona para que fuera el padre de sus hijos. Y estoy segura de que muchos hombres se preguntan también cómo no vieron en ella a la mujer controlador, crítica y despectiva en la que se ha convertido. La única respuesta posible es que nos toca pasar por el enamoramiento al amor consciente. Aquel que emerge como una respuesta natural al proceso de aceptar al otro, pero ¿he de aceptarlo? No, todo no. No creo que sea necesario ni conveniente, ni beneficioso aceptar las faltas de respeto, las agresiones o las violencias emocionales, vengan de donde vengan. Ni siquiera las nuestras. ¿Tantas palabras para decirme que la vida cambia y que ahora tengo que adaptarme y aceptar al otro? No esta tan fácil. Y no es tan fácil salir de una crisis de relación de pareja, porque el viaje que se precisa realiza para hacerlo es un viaje interior. En general, mucha gente está más dispuesta a mudarse de casa (algunos ni eso), cambiar de trabajo o de credo, o de pareja, que a cambiar de ideas. Nos da miedo. Tememos que modificar ciertos aspectos de uno mismo implique dejar de ser nosotros mismos. Y tiene gracia, si no fuera por el enorme sufrimiento que conlleva esta forma de pensar. Si quieres que tu relación de pareja cambie, has de cambiar tú. Es así de simple, y así de complicado. Cuando tu ego o tu personaje dejen de encontrar satisfacción al pedir a tu pareja que rellene todos esos agujeros internos que llevamos en la mochila desde nuestra más tierna infancia, o pretenda rellenar los de los demás, tu relación de pareja habrá girado ciento ochenta grados. El único camino es ese compromiso interior, esa boda con tu propia alma que decía el poeta musulmán Rumi. No podemos apelar a la generosidad si no somos generosos con nosotros mismos. Ni podemos pretender entender al otro si no nos entendemos (o al menos lo intentamos) a nosotros mismos. Conforme avanzamos en la vida, podemos ir considerando que nuestras relaciones con los demás nos on sino un reflejo claro y diáfano de las que tenemos con nosotros mismos. ¿Crees que el padre hiperexigente no se exige a sí mismo? ¿Crees que eres capaz de escuchar si no puedes oír tus propias necesidades? ¿Crees que ese enfado que experimentas a diario no es contigo, aunque lo dirijas al otro? Esas habilidades que hacen falta para que la vida en pareja sea fácil y se propicie el crecimiento de todos los miembros de la familia solo pueden estar presentes si comienza a desarrollarse en el interior de cada uno de nosotros. Es un reto, sin duda. Tomar las riendas de mi interior, mirar hacia dentro y comenzar a desenrollar la madeja que no me deja crecer es una de las aventuras más fascinantes que puedas iniciar. Toda acción en la vida conlleva un riesgo, un salto al vacío. En tu mano está desplegar esas capacidades y habilidades que pulsan por salir de tu interior o permanecer amodorrado en un cómodo pero aburrido sueño.

Oportunidad de crecimiento

¿Estáis en crisis? Enhorabuena. Tenéis la oportunidad de cambiar, modificar y transformar una relación que se ha quedado obsoleta por la relación con la que siempre habíais soñado. Enhorabuena, porque la incomodidad os espoleará para que viajéis hasta el interior, descubráis exactamente lo que necesitáis, hagáis los cambios pertinentes y os comuniquéis de corazón con la otra persona. Ahora es cuando los cambios va a ser posibles. Ha llegado el momento de la madurez, de desmontar las caretas y los escudos con los que os cubríais. La crisis es la oportunidad de ser más tú, cada día, cada vez.

Mónica Felipe-Larralde

La comunicación es el primer pilar de la educación. Como padres, debemos procurar tener un buen trato con nuestros hijos para, de esta manera, generar un vínculo afectivo con ellos.

Las familias que se relacionan de una forma positiva tienen menos conflictos. Y es que una buena comunicación nos permite establecer normas y límites de forma sana, entender a nuestros hijos y hacer que ellos nos entiendan a nosotros, además de ayudarles a madurar con mayor seguridad. Hay que tener en cuenta que comunicar no es informar ni interrogar. Es un proceso de interacción entre dos o más personas en el que se comparte información tanto en una dirección como en la otra. Por ello, deberíamos revisar nuestra forma de relacionarnos con nuestros hijos. Seguro que tenemos muchas cosas que mejorar, pero para ello hemos de reflexionar y pensar qué es lo que no hacemos bien e intentar cambiarlo.

Buscar el lugar y el momento adecuados

Para disfrutar de un buen ambiente familiar, es necesario que busquemos espacios y situaciones que nos permitan hablar con calma (como, por ejemplo, en las horas de las comidas, durante los viajes en coche, al acompañarlos al colegio…) para, de esta forma, escucharlos, entenderlos y, sobre todo, compartir cosas.

Es preciso, además, que entendamos que ellos no tienen las mismas preferencias que nosotros. Aunque a los padres nos gustaría que nos contasen cómo ha ido el colegio o el instituto, qué han hecho con sus amigos, dónde han estado, etc., es muy probable que ellos prefieran hablar de otros temas, como su juego preferido o una serie de la televisión. Siempre hemos de estar dispuestos a hablar con nuestros hijos y prestar atención a cualquier cuestión que sea importante para ellos, no únicamente a lo que coincida con nuestros gustos e intereses.

Las claves para potenciar el diálogo

Para comunicarnos correctamente es importante tener muy claro lo que tenemos que decirle a nuestro hijo/a, pero también hemos de considerar otros factores.

  • Utiliza un tono de voz serio, bajo y tranquilo. Por muy enfadado/a que estés, trata de no gritar ni utilizar palabras malsonantes.
  • Mantén el contacto visual con tu hijo. Intenta no hacer otras cosas cuando le estás comunicando algo.
  • Habla con calma. Si lo haces muy rápido, puede que no te atiendan ni te entienda.
  • Muchas con tu postura corporal que estás relajado y predispuesto a atenderle. Evita las actitudes excesivamente “pasotas” o, todo lo contrario, demasiado tensas o agresivas.
  • Escúchalo de forma activa. Cuando tu hijo/a te responda, presta atención a sus razones.
  • Asiente con la cabeza o verbalmente cuando te hable. Así, le estarás demostrando tu interés.
  • No descargues tu enfado con él. Si te notas muy alterado/a, es mejor esperar, ya que es posible que hagas y digas cosas de las que te arrepientas después.
  • Explícate con claridad. Cuando quieras comentarle algo, trata de hacerlo de forma clara y concisa. Sobre todo, no le hables de varios temas a la vez, cada cosa a su tiempo. Tampoco debes generalizar. Es mejor decirle, por ejemplo, “hoy has estado demasiado tiempo conectado” que “te pasas el día enganchado al ordenador”.
  • Dile como te hace sentir el problema. Si estás enfadado/a, triste, etc.
  • Pide a tu hijo que también exprese su punto de vista y respeta su opinión. Aunque no estés de acuerdo con sus ideas, deja que se explique. No debes adelantarte con frases como, “ya sé que me vas a decir que…”
  • Anímale a que exteriorice sus emociones. Para crear empatía, trata de ponerte en su lugar con expresiones como “yo también estaría enfadado/a en tu lugar”, “comprendo que estés triste con esta situación”, etc.
  • Recuerda siempre la edad de tu hijo y su capacidad para entender las cosas. Ha de comprender todo lo que queramos transmitir.
  • No lo etiquetes. El problema es el suceso, no él/ella. Si, por ejemplo, le dices que es un vago/a, lo más probable es que no sea capaz de analizar las razones por las que tú le has dicho eso. En lugar de ello, déjale claro que su problema no es que sea un vago/a, sino que no hace los deberes.
  • Prepárate ante la posibilidad de escuchar cosas que no te gusten. En estos casos, no has de cortar la conversación ni recriminarle nada. Si lo haces, con el tiempo, perderá la confianza y dejará de contarte cosas.

La mejor actitud ante las discusiones

Si se presenta una discusión, es importante no actuar de forma impulsiva. Hay que mantener al calma y saber muy bien qué hacer.

  • Antes de comunicarle algo a tu hijo, piensa durante unos segundos lo que le vas a decir, así conseguirás transmitir el mensaje de una forma más precisa y lo entenderá mejor.
  • Puedes no compartir su opinión, pero eso no te autoriza a no escucharla ni entenderla. El respeto mutuo os ayudará a mejorar vuestra relación y aumentará la confianza.
  • El ejemplo es la mejor enseñanza. Si quieres que tu hijo sea educado durante la conversación, tú debes dar el primer paso. Bajo ningún concepto debes insultarlo, culparlo, ridiculizarlo o lanzarle amenazas.

Francisco Castaño Mena y Pedro García Aguado

1.- ¿Qué es el mutismo selectivo?

Es un trastorno de ansiedad infantil, caracterizado por la incapacidad de un niño o niña a hablar en ciertos ámbitos sociales, como la escuela. Estos niños comprenden el lenguaje y son capaces de hablar con toda normalidad en otros contextos donde se sienten cómodos, seguros y confortables. La edad media para el diagnóstico es entre los tres y ocho años, pero es cuando empieza el colegio, cuando el mutismo selectivo se hace evidente.

2.- Criterios para la identificación del mutismo selectivo

  • El niño no habla en determinados lugares como la escuela, u otros entornos sociales.
  • Es capaz de hablar al menos en un entorno, generalmente en casa. La incapacidad para hablar le dificulta tener un funcionamiento adecuado en el contexto educativo y o social.
  • El mutismo ha persistido durante al menos un mes.
  • No está asociado a un transtorno de comunicación.

3.- ¿Por qué se desarrolla el mutismo electivo?

  • En la mayoría de las ocasiones existe una predisposición genética a la ansiedad.
  • Muestran comportamientos dependientes, inflexibles, malhumorados, con rabietas y extrema timidez.
  • La amígdala cerebral, es la zona del cerebro encargada de poner en marcha una serie de reacciones que ayudan a los individuos a protegerse. En los niños con mutismo, la amígdala parecer reaccionar demasiado y pone en marcha estas respuestas, aunque el individuo no esté realmente en peligro.

Se citan igualmente casos de mutismo en niños que viven en entornos bilingües.

4.- Características conductuales

  • Los comportamientos pueden ser muy variados, pero la mayoría de los niños se comportan de forma adecuada.
  • Aprenden a relacionarse y a participar en ciertos ámbitos sociales, comunicándose de forma no verbal o hablando en voz baja con unas pocas personas escogidas.
  • En contextos que le provocan ansiedad, pueden permanecer sin moverse.
  • Pueden evitar el contacto visual, tocarse el pelo, refugiarse en una esquina.
  • Tienen dificultades en tomar la iniciativa y pueden tardar en responder.
  • A veces los compañeros de clase adoptan un papel protector.
  • En ocasiones tieen mayor sensibilidad al ruido y tendencia a presentar miedos injustificados.

5.- Orientaciones para la familia

  • Adoptar una actitud serena y relajada.
  • Eliminar todas las presiones y expectativas para que el niño hable.
  • No hacer comentarios directos ni indirectos acerca de su comportamiento verbal.
  • Darle seguridad y ser comprensivos con sus dificultades.
  • Tratarle normalmente responsabilizándole de sus acciones, es decir no protegerlo.
  • Tener información acerca del mutismo electivo con el objetivo de actuar con conocimiento del tema.
  • Fomentar situaciones de comunicación relajada, donde el objetivo sea el placer de estar juntos compartiendo una determinada actividad.

6.- Pautas de actuación para el tratamiento del mutismo selectivo

  • La desensibilización: Se expone al niño a algo que teme, y se le ayuda a superar el miedo de forma gradual.
  • La extinción: Se parte de crear una situación cómoda para el niño, a la que progresivamente se le introducen variables más difíciles.
  • El refuerzo positivo: Se utilizará la recompensa, cuando la ansiedad del niño haya disminuido y esté preparado para trabajar con metas. Debe premiarse cualquier intento de comunicación por mínimo que sea, desde un susurro a una mirada.

La Comunicación efectiva con los niños, contribuye a crear un clima de confianza y seguridad, fundamental para su sano desarrollo y crecimiento. Si la comunicación es efectiva los niños  y niñas se sienten comprendidos, su     autoestima mejora y sushabilidades sociales también.

1.  Saber  Escuchar.  La  escucha  no  es  un  proceso pasivo,  para  la comunicación efectiva es fundamental la escucha activa.   Si el niño percibe que esta siendo escuchado, se sentirá atendido.

  •  Mírale a los ojos
  •  Asiente mientras te habla
  • Abandona lo que estés haciendo y presta toda la atención a lo que te dice.
  •  No interrumpas cuando  hablen, espera a que termine para hablar.
  • Sonríe cuando sea oportuno

2.. Comunicación no verbal. Implica  una comunicación mas reflexiva, que va más allá del contenido literal y alcanza el contenido emocional.

  • Observa los gestos, miradas  y movimientos.
  • Cuida  tus  gestos,  trata  de  mostrar actitud positiva (abre los brazos, mira a los ojos)

3. Hablar

  •  Antes de hablar reflexiona. Recuerda cuando tenias su edad y ponte en su lugar. Reflexiona tus palabras.
  •  Habla con ellos y no a ellos, es decir no centres en ti la comunicación.
  •  Haz preguntas abiertas (las que no se responden con un si o un no), como  cuéntame…. ¿qué piensas de…?
  •  Responde clara y directamente a sus preguntas.
  •  Utiliza los mensajes YO en lugar de los mensajes TÚ. En lugar de decir tú te portas mal…prueba a decir
  •  Yo me siento preocupado por….
  •  Da importancia a lo positivo, intenta usar palabras positivas como bien, genial, adelante.
  • Evita ordenar, rechazar, mandar, criticar o juzgar.

Celia Rodríguez Ruiz