Escuela de Padres

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Hay que trabajar la comunicación con los hijos desde pequeños. El desarrollo del lenguaje en el niño es muy rápido. Está favorecido por estructuras que ya están dispuestas en el momento del nacimiento.

Los primeros sonidos que emite el bebé se producen a los 3 meses: son las voces guturales.

El bebé muestra una gran alegría al poder escuchar y responder a la estimulación sonora (éstos son los primeros pasos de la ulterior comunicación verbal).

Jean Piaget ha llamado «habla egocéntrica» al ma-mapa-pa-pa, con los que el pequeño no busca comunicar realmente; es el período prelingüístico que se produce entre el nacimiento y los 9 meses.

Lo normal es que hacia los 7 meses el niño comience a emitir sonidos e intente imitar las palabras que oye.

Al año el niño emite de tres a ocho palabras.
A los 18 meses, 20 palabras.
A los 24 meses, 270 palabras.
A los 30 meses, 450 palabras.

Las expresiones emocionales son un vehículo interesantísimo de comunicación, que se establece entre niños y adultos antes de que se consiga el lenguaje.

En la comunicación humana, sólo el 35% es verbal; el resto es gestual. Los bebés de 3 días ya son capaces de imitar a los adultos abriendo y cerrando la boca y sacando la lengua.

Se ha llamado «protoconversaciones» a la interacción de la madre con el hijo, que incluye sonrisas o vocalizaciones. Es manifiesto que existe la comunicación intencional antes del lenguaje, ya que podemos apreciar las protestas, peticiones, etc, que el niño realiza antes de empezar a hablar.

Al finalizar el período sensoriomotor, el niño comienza a utilizar los símbolos como forma de comunicarse, bien sea mediante gestos o mediante sus primeras palabras. El lenguaje supone una grandiosa modificación cognitiva que da razón de ser al humano, pues le permite representar la realidad.

Durante la adolescencia los amigos se vuelven más importantes que la propia familia. Se convierten en la primera fuente de felicidad, interés e intercambio de sentimientos y conocimientos. En general, se convierten en la principal compañía y entretenimiento. La relevancia que adquiere la amistad puede deberse a varios factores:

  • Buscar la relación y la aceptación de personas fuera de la familia, refuerza la exploración segura de nuevos ambientes sociales, especialmente en el inicio de relaciones de pareja y la construcción de nuevos vínculos afectivos.
  • A su vez, distanciarse de los padres provoca tristeza, miedo, inseguridad, que es aliviado con el establecimiento de nuevos afectos.
  • La adaptación a los cambios se facilita cuando se cuenta con la empatía de otros iguales que están en las mismas circunstancias.
  • La intimidad y afectividad con personas fuera de la familia permite contactar con modelos de conducta alternativos y valorarse desde otra perspectiva diferente a la de la familia. Esta posibilidad favorece el desarrollo de la identidad.

Una de las características de la amistad adolescente respecto a la amistad infantil es la intimidad, es decir, la comunicación de experiencias personales que nos hacen sentir vulnerables ante el juicio de otras personas, lo que conlleva el intercambio de sentimientos antes inconfesables, ideas sobre otra gente y el mundo, y planes futuros.

La intimidad, el intercambio de sentimientos profundos sin la presión de sentirse juzgados proporciona una gran seguridad, alivio y confianza, y será uno de los aspectos que más influirán en su autoestima.

La mayor amenaza en la adolescencia es sentir rechazo por las amistades o el grupo, constituyendo una de las bases de muchos trastornos psicológicos en la juventud y la vida adulta.

La independencia de nuestro hijo ante influencias negativas depende del refuerzo y aceptación que haya obtenido de nosotros, los padres. Si hemos sido autoritarios dominantes o excesivamente protectores, impidiendo que exponga sus puntos de vista o tome decisiones, será más dependiente de otras personas. Por otro lado, cuanto mayor es la distancia afectiva con la familia, mayor es la necesidad de amistades y su influencia.

Hoy sabemos, como confirman las investigaciones al respecto, que tanto las conductas antisociales como las de consumo de alcohol han estado moldeadas de algún modo en el hogar en la mayoría de los casos estudiados. Algunos estudios señalan el comportamiento de padres y madres como el factor más importante para inducir a la juventud a experiencias alcohólicas precoces. Asimismo, el comportamiento antisocial viene a coincidir tanto con el rechazo y alineación de la familia, como con la influencia del grupo de amigos.

Cuanto más seguro ha sido el apego afectivo que le hemos dado durante la infancia, más afecto y confianza es capaz de desarrollar en sus relaciones sociales. La amistad es una relación de amor, un vínculo alternativo a la familia, que como todo vínculo afectivo permite sentirse seguro para vivir. La amistad es un puente entre la niñez y la adultez.

Pero en paralelo con las relaciones de amistad, se producirá en la adolescencia otro tipo de vinculación: las relaciones sexuales y de pareja. Enamorarse conlleva aprendizajes de fuerte trascendencia a nivel psicológico:

  • Experimentar la intimidad y por tanto, intercambiar la expresión de experiencias, opiniones y sentimientos profundos. Esto, a su vez, posibilita el desarrollo de competencias básicas a nivel afectivo: la expresión de sentimientos y la empatía.
  • Establecer nuevos vínculos afectivos, no familiares, lo que posibilita a su vez la posibilidad de reforzar la confianza en otras personas, al exponerse tanto al juicio como a un posible abandono o rechazo.
  • Experimentar la sexualidad ajustándose a los deseos y conducta de otra persona. Esto conlleva el desarrollo de competencia sexual y del autocontrol del impulso sexual.
  • Exponerse a emociones intensas positivas y negativas, tolerarlas y manejarlas.
  • Aprender a resolver problemas interpersonales, experimentando posibles conflictos y actuando para solucionarlos.

Ser amado o deseado por, o correspondido en los sentimientos, aporta felicidad, pero sobre todo, seguridad en uno mismo o una misma. Se trata de una de las experiencias con más trascendencia en la construcción de la identidad y la autoestima, ya que conlleva la valoración y la estima por lo que se es, no por lo que se puede llegar a ser.

Debido a la importancia de la experiencia amorosa, las consecuencias de sentir rechazo o traición son muy determinantes y condiciona tanto las relaciones futuras como la autoestima.

A través de la imitación y del refuerzo de las consecuencias de comunicarse de un modo y otro, el niño y la niña van desarrollando habilidades sociales. Las habilidades sociales son el conjunto de estrategias de comunicación que permite a una persona conseguir su objetivo durante una interacción social, teniendo en cuenta los deseos o emociones de otras personas. Lograr lo que necesitamos sin herir a nadie es efectivamente algo muy deseable en la vida. Quienes demuestran ser más hábiles sociales obtienen los mejores beneficios de las relaciones y resuelven cualquier problema que pueda surgir con valentía y decisión.

El desarrollo de las habilidades sociales está totalmente determinado por:

  • Los modelos de comunicación más próximos en la vida, que suelen ser el padre, la madre y los hermanos mayores.
  • El desarrollo empático y por tanto, por la experiencia de recibir expresiones emocionales claras y coherentes de sus padres y la empatía ante sus respuestas.
  • Las oportunidades de socialización.

En la primera mitad del periodo que nos ocupa las amistades suelen serlo por las circunstancias que unen: ser de la misma clase, del mismo barrio o coincidir en determinada actividad. Pero a partir de los 9 años, hay un mayor intercambio de sentimientos, deseos e ideas. Ahora las relaciones no son un medio para conseguir un objetivo propio sino que lo que desea y siente la otra persona también es importante. Se desarrollan las primeras relaciones por empatía y simpatía recíproca.

La amistad no  es un resultado espontáneo de relacionarse, sino que hay que aprender a ser amigo/a. En este sentido podemos ayudar mucho facilitando los encuentros con otros niños o niñas y prestando una especial atención a:

  • Derecho a que se nos escuche y trate con dignidad.
  • Derecho a tener opiniones, deseos y sentimientos diferentes al resto.
  • Derecho a expresar lo que sentimos.
  • Derecho a decir no.
  • Derecho a defendernos si alguien nos arremete.
  • Derecho a no gustar a todo el mundo.

Si las compañías de nuestros hijos son objetivamente perjudiciales, habrá de cuestionarse y preguntar al hijo si son tan nefastas. Dialogar e intentar que desista de mantener esas relaciones.

Si es necesario, hay que prohibirlas y llenar los espacios de tiempo de otros contenidos -gimnasio, danza, obras de teatro, etc-; en ocasiones, además de buscarles actividades donde se facilite la relación con jóvenes sanos, se precisa la implicación en algunas actividades de los padres con sus hijos, como asistir a espectáculos deportivos.

Se pueden «prohibir» desde la función tutelar aquellas relaciones que objetivamente se consideran de manifiesto riesgo. Interprétese desde la convicción, desde la autoridad moral, y si no es así, confirmado por la autoridad judicial, tras haber sido solicitado por los padres.

Los progenitores no son jueces, no pueden etimológicamente prohibir, pero han de velar y hacer valer su autoridad, su condición y sus posibilidades normativas para cumplir su función tutelar y protectora. La patria potestas nos obliga y el Código Civil nos apoya.

En el grupo el adolescente aprende a saber quién es en realidad fuera del ámbito familiar, va formando una personalidad e identidad social lejos de las reglas familiares y escolares.

El grupo es el que educa a través de la necesidad de «formar parte», que arrastra con una fuerza irresistible a la imitación y a la comparación.

La actividad que más les gusta a los adolescentes es reunirse con los amigos. Algunos comparten el tiempo hablando, practicando deporte, jugando con videojuegos, tomando algo (con o sin alcohol) o yendo al cine. Por ello necesitan tiempo y zonas para comunicarse.

Los amigos pueden servir para socializar o para todo lo contrario, por eso es tan importante conocerlos, saber cuáles son sus características -edades, utilización del tiempo libre- y si sus intereses son los propios de la edad que tienen.

A veces hay hijos que no dejan que sus padres conozcan a sus amigos, así que éstos han de favorecer que se den situaciones para ello, que vengan a casa, preguntarles por ellos sin agobiar, aprovechando los momentos en que los hijos quieran hablar. Del mismo modo y para corresponderlos, les presentaremos a nuestros amigos (la relación con la diversidad es muy enriquecedora).

Igualmente es muy positivo que los padres conozcan a los de los amigos de sus hijos.

Es esencial que los chicos sepan elegir amigos sanos y duraderos. Lo normal es que tengan motivaciones o formas de posicionarse similares a las de él/ella; por ello, de sus expectativas y necesidades dependerán en gran medida las características de quienes componen su grupo.

Es positivo ampliar perspectivas y contactos, tener amigos distintos a los del instituto para que pueda cambiar de papeles.

Han de aprender a mantener las amistades, dedicarles tiempo y ser leales con ellas.

Los jóvenes necesitan sentirse aceptados e integrados, así se identifican en su forma de vestir, argot, música… con su grupo de referencia, si bien éste no debe constituirse en sustituto de fallas relacionales, principalmente de la figura paterna, lo que dará lugar a la búsqueda del padre-grupo en sus iguales.

Hay que enseñar al hijo a ser independiente frente a la presión del grupo. Tiene que saber reflexionar individualmente para exponer los propios criterios sin miedo a la valoración de los otros, a decir «no» cuando no se comparte lo que proponen los amigos, sin dejarse manipular y hacerlo con libertad. No perder las posiciones ante los retos, los desafíos. Aprender a visualizar como paso previo las consecuencias. Ser asertivo.

Hay que enseñar a los hijos a conocerse a sí mismos y a los demás, a relacionarse, a solucionar los conflictos de forma constructiva. Hay que ayudar a los hijos a que encuentren soluciones.

Esa amiga o amigo lo es todo, es insustituible, lo es del alma. Se vive como único, perfecto, se comparte todo. Es simplemente imprescindible. Nadie puede osar interponerse.

En él se apoya el adolescente, se comprenden mutuamente, viven las mismas situaciones y dan respuesta a las múltiples preguntas.

No tener un verdadero amigo debe ser motivo de preocupación, pues la personalidad se forma también a través de las relaciones amistosas que mantenga nuestro hijo.

En la adolescencia la amistad se encumbra al máximo nivel y llena la vida de contenido; existe mucha entrega en esta bella relación. Son leales y no creen que sus amigos les puedan fallar.

Tanto es así que pareciera que sólo escuchan a sus amigos en esta etapa, y por eso los padres los utilizan para algunos casos como mediadores.

Las amistades se eligen y en ellas aprenden a reconocerse a través de los otros, si bien los amigos son referencias cambiantes y los padres son puntos de referencia constantes.

Los jóvenes aprecian mucho en la amistad el valor de «ser legal», de no engañar, comprometerse, poder confiar en alguien. Buscan -y en muchas ocasiones ofrecen- fidelidad en sus relaciones.

Los jóvenes anteponen la amistad, la fidelidad, el pasarlo bien en grupo al sexo. Es más, el aspecto afectivo sentimental de sus relaciones es prioritario. Pero es que, además, las exigencias del estudio, los interrogantes respecto a las pautas a seguir para alcanzar una independencia futura están muy por delante en el interés, motivación y preocupación de los jóvenes.

Los diálogos deben basarse en la reflexión, en la razón, no en la confrontación emocional, y atendiendo a los mensajes ocultos para tener una relación más empática con los hijos adolescentes. Los propiciaremos si eludimos los monólogos.

Debemos evitar imponer nuestro propio criterio sin atender a lo que piensan los hijos, dirigirnos a ellos con amenazas, ofensas, sermones, compararlos con sus hermanos o amigos, culpabilizarlos o mostrarnos como víctimas. La crítica debe ser higiénica. Recordemos que «una respuesta apacible puede apagar el más encendido furor» (La Bruyère).

El diálogo implica una escucha y una comunicación activas. Resulta más cómodo (pero improductivo) que le digan a uno lo que tiene que pensar, en lugar de pensar por uno mismo.

Hay que diferenciar el saber de la opinión. Los chicos han de aprender a argumentar.

Debe existir una comunicación fluida e informal y han de marcarse algunos momentos para reunirse y tratar temas formales, como los estudios, las interrelaciones, alegrías y problemas, relaciones… Dejar esos espacios temporales, que han de ser breves, relajados y efectivos, resulta necesario para poder hablar con claridad y profundidad de temas que a todos interesa.

En el hogar hablaremos de lo que nos preocupa a los hijos y a los padres, apoyo mutuo, problemas familiares, ocupaciones, como el trabajo, estudios, tareas domésticas…, del dinero de bolsillo, del horario para regresar a casa y también de educación, de lo que nos gustaría cambiar, del peso de la vida familiar, de la responsabilidad de la buena marcha de la familia.

Los padres han de ganarse la confianza de sus hijos para que pase lo que pase lo cuenten en casa, ya sean agredidos, víctimas de abusos…, para que cuando el grupo influya mucho, los padres desde un segundo plano estén receptivos a cualquier consulta o demanda.

Hay temas que normal y sanamente los hijos no cuentan ni contaron, ni contarán a los padres: primero amor, miedos «inespecíficos», su aspecto físico, lo que les dicen los amigos cuando se ríen de ellos o les pegan, el terrorismo, el «maligno», esto es, espíritus, fantasmas…, ideas de suicidio, pensamientos de fuga, el «fin» del mundo, el quedarse solo/a por un accidente de sus padres, lo que piensen sus padres de algunas cosas de ellos…, la valoración que dan a la relación de sus progenitores, o de éstos con sus abuelos.

  • Hay que hablar con el hijo, escucharle y enseñarle a escuchar, interactuar con él, crear una atmósfera a favor de la relación.
  • Es positivo decirles que los queremos, darles besos (aunque no les guste), abrazarlos… (no podemos dejar que se rompan los lazos de afectividad, el vínculo) y mostrarles cómo se expresan los sentimientos. Dejarnos querer también.
  • Entender cómo se sienten y aceptar sus emociones, aunque no las compartamos. Ver lo que quieren comunicar realmente, no la forma o el dato puntual, atendiendo a sus gestos, a su tono de voz.
  • Enseñarles a asumir compromisos, a aceptar las consecuencias de sus decisiones y de sus actos.
  • Corregirles y ser críticos, igual que valorarlos y elogiarlos.
  • Predicar con el ejemplo, mantener las decisiones que tomemos, saber rectificar y pedir perdón si nos equivocamos, diferenciar lo importante, expresarnos sin agresividad ante los disgustos, los enfados, mostrar nuestra paciencia.
  • El hogar debe considerarlo como positivo, un lugar donde se vive y al que se regresa a gusto por el buen tono reinante, donde se es parte de una familia que los acepta y los valora.
  • Las normas de la convivencia han de estar claramente establecidas, y se irán adaptando a la edad de los hijos y a la asunción de responsabilidades por parte de éstos.
  • Hacia los 14 años y de manera progresiva hay que otorgar una mayor libertad a los adolescentes sin olvidarse por ello de la supervisión (distancia óptima).
  • Han de establecerse algunas actividades comunes entre padres e hijos, que vayan desde la práctica deportiva hasta la compra en el mercado. Estos tiempos y actividades comunes conformarán un hogar pleno, un verdadero respeto mutuo.

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