Escuela de Padres

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Regresar a las labores, cotidianas, el colegio trastorna a la familia. Pautas claras y empeño son la clave.

Para muchos retomar la rutina y las actividades cotidianas tras las vacaciones suele no ser algo fácil, pues es una época en la que cambia mucho de lo que se hace día a día. Se dejan de lado una serie de obligaciones, e incluso los horarios y quehaceres se modifican, dando un vuelto en el estado de ánimo y en el ritmo biológico.

En algunas personas, todo esto puede causar una mayor dificultad para volver a adaptarse a su rutina diaria, denominándolo síndrome postvacacional y, para otros, estrés postvacacional.

Según Javier Tomás Morales, psicólogo mexicano, terapeuta y docente del área cognitiva conducta, en la Universas Manuela Beltrán, lo primero que hay que definir es: ¿qué es un síndrome? “Es un conjunto de síntomas y signos. Por ejemplo, si a alguien le duele la cabeza es un síntoma, que no se puede ver ni medir, pero si a esa persona está pálida o sudorosa, esos son signos de que hay malestar”, y esto sí es verificable. “Entonces, tras un período de vacaciones y regreso al trabajo, cuidar de los hijos, estudiar, y tal vez hacer alguna actividad regular, con todo lo que implica, es posible que algunos experimenten un fuero interno, y lo expresen en sus cuerpos con aletargamiento, cansancio, dolor muscular, falta o exceso de apetito, signos de un síndrome”.

Aleida Fajardo, psicóloga en salud mental, pública y social, de la Clínica Uniminuto, prefere hablar de “un incremento en los niveles de estrés al volver a laborar o estudiar, como consecuencia de un proceso de readaptación, al ambiente cotidiano, pero que no constituye ningún tipo de patología. Son más características de un estrés postvacacional que puede expresarse en mayores niveles de activación general, y en algunos, presentar malestar físico y psicológico, y dificulta para volver a la cotidianidad”.

¿Por qué sucede?

Carlota Lucena, psicóloga y terapeuta de familia comenta que, al parecer, por las múltiples tareas que desarrollan las mujeres, son ellas las que pueden caer más fácilmente en un estrés postvacacional, pues son profesionales, atienden a los hijos, el hogar, y es posible que cumplan otras labores.

En su concepto, el psicológo Morales dice qu ellas situaciones a las que la sociedad de hoy se expone son muy exigentes, más en entornos tan agitados como los de las ciudades, por ello, “para encarar el día a día necesitamos un nivel de activación, representado en un cúmulo de cargas emocionales: coger el bus, conducir, ir en moto, soportar al jefe, atender público, todo lo que pasa a diario”.

El doctor explica que el pensamiento influye en el comportamiento, ya que este se conecta a una emoción, y esta lleva a una respuesta fisiológica y a una conducta. “Por ejemplo, cuando pienso en el problema que tuve con mi jefe, o en casa con la esposa, no lo puedo hacer sin generar algún tipo de emoción: rabia, tristeza, impotencia, miedo… De esas emociones dependerá la reacción que activará al organismo, manifestándose con tensión muscular o frecuencia cardiaca elevada”.

Fajardo dice que en las vacaciones se realizan actividades agradables y motivante. También se percibe una mayor libertad en el manejo del tiempo, proporcionando bienestar en relación con los ritmos de trabajo y estudio habituales, una condición propia del período vacacional, que no debe afectar en definitiva el regreso a la cotidianidad.

Astrid López Arias

Incorporarse al mundo laboral, aunque sea temporalmente, es una forma de adquirir conocimiento y experiencias, contactar con otros compañeros, interiorizar lo que significa obedecer, asumir responsabilidades, despegarse de los padres, ganar en autonomía. Implica abrir vías en la orientación laboral y posibilidades para su integración.

Se puede trabajar a partir de los 16 años y, sin poner en riesgo el rendimiento escolar, debe poderse compatibilizar con las exigencias académicas y los ratos de ocio.

Es buena idea que el joven utilice su tiempo libre, especialmente en vacaciones para iniciar algún trabajo. Esa actividad le genera buenos hábitos.

Además facilita ganar dinero, valorarlo y administrarlo libremente. Es positivo tener dinero para su gastos: les dota de cierta independencia, hace sentir a los chicos que su vida privada y la relación con sus padres mejora (se modifica su posición), y ya no dependen completamente de ellos, aunque algunos padres los siguen tratando como si fueran niños, y son trabajadores “adultos” con su sueldo.

En los primeros trabajos los jóvenes dan clases, hacen de “canguros”, ayudan en pequeñas chapuzas o trabajan en verano como monitores; algunos incluso compatibilizan el estudio con un trabajo laboral normalizado.

Unos lo deciden muy pronto, otros no se deciden nunca por sí mismos. La diferencia está en si se tiene o no vocación.

Las primeras decisiones, entre los 15 y los 16 años, versarán en elegir las asignaturas para estudiar, o el tipo de estudios, o salir del sistema educativo. Los adolescentes pueden tomar la decisión siguiendo a sus amigos, sobre todo en relaciones muy dependientes con alguno de sus compañeros, o pueden elegir por oposición, es decir, como una reacción a una presión muy fuerte de los padres, o bien elegir teniendo en cuenta sus capacidades y gustos, muestra de su madurez.

Los padres, por su parte, pueden quedarse al margen y dejar que el hijo decida por sí solo, sin consejos, ni opiniones, indicando cierta dejadez en sus responsabilidades como padres bajo esa aparente “libertad”; en algunos casos inciden para que los hijos hagan lo que hicieron ellos o lo que no pudieron hacer con tanta presión que los hijos lo viven como una gran carga, harán estudios con los que no se sienten identificados y probablemente los abandonen o cambien. Por último, los padres pueden ayudar de verdad  a sus hijos facilitándoles información, analizando con ellos las opciones según sus deseos, su vocación, sus inquietudes, sus capacidades.

Orientar sí, informar sin duda, pero al fin la decisión de optar por trabajar o iniciar una carrera es personal. Los jóvenes son personas responsables, capaces de tomar sus decisiones.

El joven no debe ceñirse a las demandas de mercado, hay que elegir vocacionalmente lo que se desea; de ello, junto con el acierto en la pareja, depende en gran medida la felicidad de la vida.

Han de informarse bien en el instituto o por profesionales de las opciones que existen, hablar con distintas personas sobre sus pretensiones, o incluso que nuestros amigos les cuenten sus experiencias al elegir su profesión. Los psicólogos especializados en orientación profesional pueden ser recomendables en estas situaciones.

Deberán tener en cuenta que el futuro será de los versátiles.

Respecto a los estudios bueno será que elijan aquellos para los que están motivados. En la elección de la carrera universitaria se valorarán sus capacidades intrínsecas sin olvidar que no hay carreras de éxito, sino personas exitosas. Ellos mismos habrán de valorar sus aptitudes y analizar su capacidad para retener en la memoria, aportar ideas, solucionar problemas, expresarse de forma verbal o por escrito, razonar, evaluar, crear artísticamente, trabajar con números, destreza con las manos, sentido del ritmo, etc.

Cuando desean abandonar los estudios se les ha de aproximar a la realidad limitada en las ofertas que ofrece el mercado de trabajo a las personas sin cualificación. Si la situación lo precisa, bueno será mostrarles lo que conlleva establecerse por su cuenta.

Tener un título, ganar mucho dinero, seguir la profesión familiar no es lo más importante. Es fundamental que se sientan a gusto con aquello que hagan, capaces, que puedan proyectarse en el plano personal y profesional, así como desarrollarse socialmente.