Escuela de Padres

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Seguro que tu hija es inteligente, adorable, tierna y qué se yo cuantas cosas más. Casi perfecta. Pero sucede que, con ella, estás casi siempre al borde del agotamiento: con el corazón en un puño por la que estará armando cuando no estás delante, su cuarto se parece peligrosamente a uno de esos bazares en que uno puede encontrar de todo y en un desorden casi perfecto.

Y… ¿qué me dices de tu hijo?

David es responsable, noble y sensible. Pero también terco, respondón y, especialmente a la hora de las comidas, un experto campeón en inventar las más variopintas excusas para no terminar nunca.

Es decir, dos hijos completamente normales.

. Cómo dominar las situaciones diarias: recetas para las cefaleas paterno-filiales

Situaciones de discusión y desobediencia suceden en todas las casas: los hijos necesitan desafiar a sus mayores, bordear los límites disciplinarios y en definitiva oponerse.

Sin embargo, aunque lo sabemos, no resulta fácil aguantar en “esos momentos” de nervios.

¿Qué podemos hacer para no tener que pasar media vida peleando con los hijos? ¿Existen algunas reglas prácticas que nos ayuden a manejar con acierto esas situaciones?

1. Cuida el estilo general de la relación, sin esperar a los momentos críticos

  • Trata a quienes te rodean como invitados.

Nunca se te ocurriría gritar, dar órdenes o intentar hacer daño con tus comentarios a los invitados.

Si quieres que tus hijos te traten con respecto y consideración haz tú lo mismo. Sabes que los niños aprenden en una gran medida por imitación, de modo que es muy probable que recojamos lo que sembramos. Nunca están de más palabras como “por favor” y “gracias”.

  • Premia, estimula y alaba.

Instaura un estilo que esté más basado en los premios que en los castigos, en el estímulo que en la amenaza.

Estáte seguro que el mejor premio, como si de un perfume duradero se tratase, es la palabra y el gesto amable. Ambos hacen crecer a las personas en confianza.

En bastantes empresas se funciona en un estilo de relación que se conoce con el nombre de “manejo por excepción”: consiste en fijarse únicamente en los fallos del trabajo encomendado sin valorar lo que es frecuente: el trabajo bien hecho. De este modo el empleado, se encuentra desmotivado y, cuando el jefe le llama, piensa de modo espontáneo, que es para recibir una reprimenda…

También en casa corremos el riesgo de reservar toda nuestra atención y energía para las ocasiones en que nuestros hijos no responden con la conducta adecuada; olvidamos las ocasiones en que recoge sus cosas por propia iniciativa, hace los deberes sin necesidad de observaciones o se sienta bien en la mesa…

  • Valora también los esfuerzos y mejoras.

No esperes a que su conducta sea perfecta: dile que valoras su esfuerzo.

Y no esperes en tu alabanza a que cambie en todos sus defectos; siempre habría un “si, pero…” que te haría imposible estar satisfecho/a.

Con los niños pequeños suele dar buenos resultados el comentar su buen comportamiento, como de pasada, ante otras personas; parece tener algo parecido a un radar para las ocasiones en que se habla de ellos.

En un libro sobre la educación de los hijos, escribí todo un capítulo sobre los castigos. No lo voy a reproducir, pero mi filosofía sobre el tema es muy parecida a la de los premios.

Siempre que sea posible intentad no recurrir al castigo en la educación de cada día.

El diccionario define el castigo como una pena impuesta a alguien para corregirlo o para mantener la disciplina.

Los padres y los educadores deberían esforzarse en agotar todas las estrategias posibles, antes de proponer un castigo.

Si se han agotado todos los considerandos, y aquella falta que ha hecho nuestro hijo es considerada de tal envergadura que, después de haber reflexionado a conciencia, padre y madre creen que no se puede actuar más que castigando de alguna forma, antes de hacerlo deberíamos pensar lo siguiente:

a) La finalidad del castigo no es otra que la de mejorar la conducta del hijo.
b) Castigar poco. Si podemos educar sin castigos, mejor.
c) Es preciso que el hijo tenga una clara conciencia de su culpa. El niño sabe que ha hecho algo voluntariamente, sabiendo que estaba mal.
d) Los castigos deben ser proporcionados a la falta cometida. No precipitarse al poner castigos. Pensarlo.
e) El castigo debe ser ejecutado lo antes posible.
f) El castigo es la consecuencia de haber transgredido unas normas. No es una cuestión personal. Es una sanción por una mala conducta que queremos que no se repita. Evitaremos sancionar al mal estudiante, únicamente brillante en baloncesto, quitándole del baloncesto.
g) Una vez realizado, hay que olvidar la culpa que lo provocó. Hay que dar la imagen que todo el mundo puede cometer errores y que lo importante es superarlos. Hay que olvidar sinceramente.
h) El castigo debe actuar más sobre la voluntad que sobre el cuerpo o el miedo.
i) Hay que cumplirlo siempre. Y nunca hay que amenazar, con un castigo que no pensamos imponer.
j) Ante las faltas muy graves. En las faltas de respeto, el insulto a los padres o maestros y las conductas violentas con deseo de agredir y hacer daño al otro, hay que dar una solemne bofetada.

El castigo adecuado, es el más grave para la falta más grave. Es el castigo más humillante, no por doloroso (ya que no se trata de hacer daño) sino por la gravedad de la falta. El respeto y la violencia deben ser un terreno prohibido en los que el niño y el adolescente deberían contenerse siempre.

Si la bofetada se da a tiempo (es el caso de un niño) generalmente se convierte en castigo único. A un preadolescente, puede ser útil. A un adolescente, se le hablará, y castigará, pero en general, no es tiempo de bofetones. Podría complicar más aún la relación.

k) Si os dais cuenta que estáis repitiendo los castigos y el hijo no mejora, es preciso hacer un replanteamiento. Recordad que castigamos para mejorar las conductas.

Jordi Folch y Soler, psiquiatra

En nuestra opinión, los premios materiales, son regalos que hacemos a los hijos, por amor, gratuitamente, a cambio de nada. Un premio, para nosotros, es una sorpresa con la que un padre obsequia a su hijo, porque le quiere, a cambio de nada.

El premio, es un regalo imprevisto que cae del cielo, porque el padre cree que es oportuno, adecuado y le llena de ilusión dárselo. Porque quiere a su hijo. Porque está contento con su existencia. A cambio de nada.

El premio moral, la aprobación, la alegría, el beso, el abrazo, es el mejor premio que un hijo puede recibir de sus padres.

De estas premisas deducirán, que hemos subrayado dos aspectos de los premios materiales:

  • Son gratuitos.
  • Oportunos y adecuados.

Conclusión: comprar un cosa a cambio de… no vale. Si la compra no es oportuna (por la razón que sea) ni adecuada, tampoco vale.

No se educa a base de premios materiales. Esto es chantaje vil. Fracaso educativo. Error flagrante. Miedo al fracaso (el propio y el del hijo). Es poner un cebo. Es domesticación. Es feo, inadecuado, antieducativo y desaconsejable.

Sólo si se realiza como una excepción, vale.

Los únicos premios que no hay que ahorrar, son los estímulos afectivos, que en el mundo comercializado, “marquista”, opulento, fardón y pendenciero que estamos viviendo, puede hacer sonreír a más de uno. Pero uno escribe lo que cree que es bueno para los niños y los jóvenes.

Pues yo, le he prometido la moto. Pués yo un “stage a Irlanda”. Pués yo… pués yo…

Los regalos tradicionales, en fechas determinadas, no entran en este apartado. Quizás sólo apuntar, aunque nadie nos haga caso, que tendríamos que ser algo austeros en nuestras vidas. He dicho algo.

Jordi Folch y Soler, psiquiatra

Según el diccionario de Julio Casares, DISCIPLINA es la doctrina, enseñanza o educación de una persona, especialmente en lo moral.

De esta definición, lo realmente fundamental es la frase que engloba la educación de una persona. Queda como tema secundario, el aprendizaje de las normas de conducta sobre lo que está socialmente aceptado como bueno o malo.

Es evidente que no podemos separar un aspecto global de la educación de uno de parcial, referido únicamente a las normas. O si. Si damos por sentado, que la educación del niño, que es como empieza la persona, es correcta, nos podremos detener en los aspectos más normativos del comportamiento cotidiano. Y a partir de ahí podremos hablar de los premios y de los castigos.

Supongamos pues, que un niño ha tenido, y tiene, una educación correcta. No tiene problemas de tipo material (vivienda confortable, alimento, higiene, etc.) ni tampoco de tipo psicológico (familia estable, atenciones afectuosas abundantes, en un ambiente con un grado de tolerancia y aceptación deseables, una autoridad firme, relaciones sociales, escuela etc.).

En el largo camino de su maduración, es educado para hacerle independiente, recibe los estímulos adecuados, sabe tolerar las frustraciones, no es objeto de sobreprotecciones ni sobresatisfacciones, el ejemplo de sus padres se corresponde con los valores que propugnan, potencian su autoestima, etc.

En este caso, la educación de la disciplina, de entrada, irá ligada al valor que dicho concepto tenga para sus padres. En principio, de padres disciplinados, hijos disciplinados.

Si la identificación ha funcionado correctamente y el niño no tiene ningún trastorno psicopatológico, no debe haber ningún tipo de problema. Ningún tipo de problema grave.

Que un niño haga una travesura, diga una mentira o hurte cien pesetas para comprar chuches, no será ningún problema. En el paraíso educativo que hemos dibujado, será suavemente corregido con una amonestación y se habrá acabado el problema.

Los problemas, serán cuantiosos, si las carencias también lo son. Ahora y aquí no vamos a hablar de ello, porque no es el tema que nos toca desarrollar, por lo que apuntaremos, como un niño va integrando las normas en el transcurso de su maduración, y qué pensamos sobre los premios y los castigos, en los niños y los adolescentes, sin problemas psicopatológicos importantes.

Durante los dos primeros años de vida, no hay problemas, porque la autoridad y educación paterna protegen y dirigen al niño de forma automática, sin pedirle consejo ni preguntarle que es lo que el rey de la casa desea. Que dure.

Digo que dure, porque estamos observando como en este delirante final de siglo, esto empieza a cambiar, y algunas madres fofas, preguntan con insistente estupidez a sus retoños si les gusta más esto o aquello, dicha marca o dicho modelo, por lo que mi afirmación del párrafo anterior puede quedar en entredicho. Sigamos.

El enfrentamiento empieza entre los dos y los cuatro años, cuando el niño sabe, usa y abusa del NO. Es la época del delicioso período de oposición, en el que el pequeño está deseando ser obligado a hacer cualquier cosa, para oponerse con todas sus ganas.

No nos vamos a extender comentando este momento evolutivo, pero las madres de los opositores de turno deberían tener un buen asesoramiento psicopedagógico, para no hacerles el juego. Porque aquí pueden nacer muchos problemas de disciplina, que se pueden cronificar si no se interviene a tiempo.

El niño crece, y si todo marcha bien, supera esta primera fase de afirmación de su YO, para entrar en la tercera infancia en la que a la calma interna se une la curiosidad externa. Es un período de numerosos aprendizajes y grandes descubrimientos.

La relación con los padres es muy sana, y entre los cinco y los siete años, se ha terminado la fase infantil anterior. Son capaces de diferenciar las actitudes de juego con las de trabajo, (que conllevan ya la aceptación de una disciplina).

Saben que en el juego, escogen el que les gusta.
Saben que el juego es placentero, se lo pasan bien, disfrutan.
Saben que si se cansan, dejan de jugar y se acabó.

Pero también saben que:

El trabajo te lo imponen, la maestra, el profesor.
El trabajo hay que realizarlo tanto si te gusta como si no. Aguantarse tocan.
Finalmente que el trabajo no lo puedes dejar cuando quieres, sino cuando se acaba la clase, la tarea, la página o los deberes.

Estas tres diferencias, son capaces de entenderlas y de aceptarlas, si en su educación reciben los estímulos adecuados. No con premios ni con castigos.

Es el ejemplo de los que trabajan, los compañeros, los mismos maestros, los padres, lo que refuerza la tendencia a progresar, a hacer cosas, cosas con esfuerzo, lo cual potencia la autoestima. Este es el camino y no otro.

La gratificación subsiguiente es la aprobación y valoración de sus maestros y padres, que con su interés por los trabajos escolares, le esta diciendo al niño que lo que hace vale la pena, que es capaz de resolver cosas (por lo tanto él vale) y además se gana la aprobación y estima de sus familiares y maestros. El niño está tranquilo y seguro.

Es decir, a esta edad (6-12 años) no sólo hacen las cosas porque se las ordenan, sino que también se las hacen suyas, las aceptan y se las ordenan ellos mismos. Han madurado.

Es la maravillosa tercera infancia que ya tiene visos de madurez y por lo tanto empiezan a ser responsables, saben lo que está bien y lo que está mal y, si quieren, se someten a dicho código y lo cumplen. No por el castigo (a veces si) sino por entender que es su deber.

Y son capaces de cumplir con unos deberes que serán cívicos, de convivencia (no pasar el semáforo en rojo, no pisar el césped, no tirar papeles al suelo…) y otros serán escolares (llevar hechas las dos sumas) o personales (me he de lavar los dientes, porque esto es bueno para mí).

Y este proceso no hay quien lo pare. Si educamos, dirigiendo cada vez menos y responsabilizando cada vez más. Si procuramos educar acompañando hacia la madurez, potenciando su autoestima para que vayan desprendiéndose cada vez más. Si les damos autonomía, confianza y les ayudamos a superar las lógicas frustraciones. Si ensanchamos su horizonte para que se incorporen al grupo social, serán ellos que aceptaran el código disciplinario que crean útil y adecuado de acuerdo con su forma de pensar y sentir.

Es decir, lo importante es el código moral interno que les guíe en la vida, no las apariencias que finjan ante el grupo. Es un problema de valores internos. Esto deben vivirlo en el hogar y más adelante en un grupo de jóvenes adolescentes. Es a partir de la adolescencia, cuando se entra de lleno en la organización definitiva del hombre, adquiriendo responsabilidades ante si y ante el mundo.

Es un problema de raíces, que como todos sabemos sólo crecen en profundidad (con el día a día) y en silencio (sin alardeos ni palabrería barata, fruto de una reflexión interna y profunda).

Estamos hablando de una educación, poco habitual, basada en el rigor, en lo auténtico del ser y no en lo superficial del tener. Y no es precisamente esto lo que se vende por ahí, no es lo que se estila, pero es lo más enriquecedor que uno puede vivir.

Al final, uno se da cuenta, que a los hijos, cuando se van haciendo mayores, los padres no los deben ni seguir, ni controlar…sino que son los hijos, quienes se los llevaran a ellos. Es decir, si tú, como padre, por tu forma de ser, hacer, participar, hablar, ayudar…has dado unos mensajes a tu hijo que le han impactado, tu hijo se te llevará, hará suyos tus mensajes (o los del hermano mayor, la profesora de física o el vecino del segundo).

No somos los padres los que hemos de perseguir a los hijos, son ellos que se nos han de llevar. Y sólo lo harán, si nuestros mensajes son sinceros, honrados, coherentes y de calidad.

Jordi Folch y Soler, psiquiatra

Por Marisol Muñoz-Kiehne, Ph.D y Rona Renner, RN

Cuando los padres de familia hablan sobre disciplinar a sus niños, a menudo se refieren a castigarlos. A lo que nos referimos aquí al hablar de disciplina es a enseñar a los niños lo correcto de lo incorrecto, de una manera respetuosa y efectiva. El método a utilizar dependerá de su propia experiencia y de la edad y conducta de sus niños. Los niños aprenderán a manejar sus emociones y resolver sus conflictos observándole a usted, así que mantenga la calma, y piense en lo que necesitan sus niños.

He aquí unas guías disciplinarias:

Establezca normas y expectativas claras. Comunique claramente lo que quiere decir, y no diga lo que no esté dispuesto a cumplir. Si es hora de irse del parque, no amenace a los niños a dejarlos allí. Anuncie la hora de partida con 5 minutos por anticipado, y llévese a los niños a la hora indicada, aún si se quejan.

Demuestre que acepta las emociones y los deseos de sus niños. “Veo que estás triste por no poder ir a la escuela con tu hermano. Pensemos en lo que haremos cuando regrese a casa.”

Implemente consecuencias razonables por el mal comportamiento, y reconocimiento por el buen comportamiento de sus niños. Cuando su hijo moleste a su hermanita, retírelo a otra habitación por un tiempo determinado. Cuando la trate bien, déjele saber lo mucho que aprecia esta conducta.

No espere más de sus niños de lo que ellos son capaces de hacer. En lugar de enojarse con sus pequeños por estar inquietos en la tienda, pídales que le ayuden a seleccionar las frutas y las verduras, y a contarlas. Las salidas a hacer mandados deben ser breves.

Presente un frente unido con su pareja y otros encargados de sus niños. Si le permite a sus niños una hora de ver TV diaria, asegúrese de que los demás adultos implementen esta norma. Si sus niños tienen berrinches a la hora de apagar la TV, considere eliminar el privilegio de ver TV el día siguiente.

No implemente consecuencias negativas cuando esté enojado. Si sus adolescentes le hablan groseramente y usted empieza a enojarse, cálmese antes de decidir qué consecuencia impartirá. Enojado puede reaccionar exageradamente.

Si el mal comportamiento de sus niños aumenta, escuche, observe, y reflexione sobre lo que puede estar sucediendo. A veces la conducta de los niños es una manifestación de estrés, temor, u otras emociones. Comparta tiempos divertidos con sus niños, y provéales de un entorno seguro con rutinas, amor, y límites.

El límite en el niño 

Nuestros abuelos utilizaron la “pedagogía negra”, basada en la obediencia por miedo. Aunque no podamos creerlo se escribían libros recomendando a los padres de cómo someter a sus hijos y quitarles la voluntad.  

La generación de padres de los 50´ parece haberlo hecho bien. Sólo cuando miramos las “dificultades” de la generación de padres de los 70´ es que nos damos cuenta de que los daños también los alcanzaron: alto índice de divorcios y una vida  desorientada. 

Los padres jóvenes de los 90´ en adelante, al tener que salir de casa para trabajar, enfrentan dos nuevos desafíos: su propia sustitución en el hogar  y los avances de la tecnología, obligándolos a reformar su manera de ejercer la autoridad. 

¿Cómo lograr cambios positivos en la autoridad? 

Es crucial enterarnos de cómo las historias de nuestros padres han influenciado en nuestras vidas, para reconocer los errores y poder enmendarlos antes de traspasarlos “sin querer” a nuestros hijos.

Cambiemos nuestra estrategia de autoridad, volvámonos más negociadores, más sutiles, más persuasivos y convincentes que antes.  Eduquemos su libertad. 

¿Qué implica tener autoridad? 

Es una responsabilidad porque cuando el niño nace no se puede cuidar por sí solo. Alguien responde por él.

Es un derecho porque al procrearlos, salvo casos de protección al menor, estamos obteniendo el beneficio de tenerlos con nosotros y a educarlos según nuestro criterio (patria potestad).

Es un poder porque al ser indefensos nos necesitan y podemos ejercer influencia sobre sus actos y pensamientos.

La autoridad es el fundamento de la vocación de servicio que un padre está obligado a prestarle a su hijo desde que nace hasta que lo ha formado responsable, feliz y autónomo.

Si  hay responsabilidad primero, habrá  derecho después, no hablamos legalmente, si no, moralmente.

Consejos prácticos sobre la obediencia y los niños

  • Los niños no conocen de tiempos, se les hace imposible entender que mañana tendrán el dulce que piden, porque para ellos sólo existe el presente. Distráigalo con otros temas.
  • Cuando usted le dice a su hijo que ya no lo quiere él piensa que es para siempre y sufre mucho, por la misma razón que no conoce de tiempos. Cuide sus palabras.
  • Háblele en positivo, el subconsciente del niño  ignora la palabra “no”. Si dice no corras, no grites pues lograrás pocos resultados, si decimos: habla en voz baja, ven caminando, lo entenderá mucho mejor. Acostúmbrese a un nuevo lenguaje y disfrute de los resultados.

Existen distintos tipos de crianza, o bien, distintos modelos a la hora de ejercer como padres/madres.

Sin duda, las relaciones entre padres e hijos son bidireccionales, porque el comportamiento de uno influye sobre el del otro y viceversa.

Podemos distinguir entonces diferentes estilos de crianza: autoritario, indulgente (permisivo), negligente, asertivo (o democrático).

El autoritario es exigente pero no receptivo, espera el cumplimiento de las normas pero no considera la necesidad de explicar las razones de las reglas o los límites.

El indulgente supone ser responsable pero no exigente, en realidad, es permisivo, son pocas las exigencias o los controles.

El negligente destaca por ser controlador, pero no implicado. No existen ni exigencias, ni responsabilidades, no se establecen límites. Aunque sí se da respuesta a las necesidades básicas (alimentación, dinero).

El asertivo supone ser exigente pero receptivo, en el que se marcan los límites y las normas, se ejerce control sobre las acciones, pero anima a los menores a ser independientes, permite que exploren con libertad y puedan desarrollar sus propios razonamientos y sus propias decisiones. Se establecen los límites pero se demanda madurez y si hay que castigar, se explican los motivos. Por lo tanto, las normas son claras y como resultado los menores desarrollan la independencia, madurez y la autoestima. Quizá sea el estilo más recomendado.

CONSEJOS PRÁCTICOS

  • Mostrar afecto, sensibilidad y responsabilidad ante las necesidades de los hijos e hijas.
  • Fomentar el DIÁLOGO, la ESCUCHA, la PARTICIPACIÓN en el seno del hogar.
  • Entender la importancia de las explicaciones, de marcar los límites y las normas para que los menores tenga claro cuál es su papel y lo que se espera de ellos/as.
  • Esforzarse por llevar a cabo una disciplina inductiva, positiva, basada en el RAZONAMIENTO, en la comunicación de todas las partes.
  • ESFORZARSE POR ENTENDER a los menores, sus preocupaciones, sus intereses, sus necesidades, mostrándoles cariño y cercanía. Hablamos de la importancia de lograr un clima dialogante, respetuoso y cordial en el seno de la familia.

Podemos definir el valor como “aquello que sirve de pauta de acción o guía de conducta, común a la mayoría de un grupo e interiorizada por el individuo, que le da sentido y que entraña un orden de preferencia” es decir, valores son los que guían a la persona en su forma de pensar, de sentir y de actuar. Por eso es tan importante educar en ellos ya que son las pautas que rigen la vida de una persona.

Sin embargo, cada uno tenemos una jerarquía diferente, es decir, un orden diferente en las prioridades. Porque hay muchas clases de valores, desde los físicos hasta los morales.

El valor moral se relaciona con los demás y condiciona a la persona en su realización. Por ser un valor inherente a los comportamientos en que la persona expresa su libertad, el valor moral aparece como la razón de ser del hombre. La educación cívico-moral supone la compresión de las normas que rigen la vida democrática. Sitúa a las personas, en condiciones de responder a su propia exigencia de libertad y justicia y de hacer frente de manera responsable a los problemas morales y sociales de nuestro tiempo. Pero la educación moral no se reduce al conocimiento de los valores, ni a la mejora del razonamiento moral, sino que también es la formación del carácter. Aristóteles dice: “Lo importante no es saber lo que es bueno, sino ser bueno”.

Para ayudar a los hijos/as en la formación del carácter debemos tener claros determinados aspectos. Primero, lo importante que es demostrar autoridad. Una AUTORIDAD no impuesta sino ganada por prestigio. A través de la serenidad y la paciencia, manteniendo una línea de actuación, mostrando interés por sus estudios o sus problemas. Esta autoridad se refuerza si hay acuerdo en cómo educarlos, se apela al diálogo, se llegan a acuerdos puntuales, se evita el sermoneo continuo, se es firme cuando es necesario, se presta atención al buen comportamiento, se explican las correcciones, se les da suficiente autonomía y libertad. Sin duda, es necesario encontrar tiempo para vivir los pequeños momentos con los hijos/as.

Y no olvidar la necesidad de poner NORMAS. Los padres deben poner las normas que consideren justas, exigir que se cumplan, actuar con seguridad y recordar que SOMOS MODELOS DE COMPORTAMIENTO.

 

 

 

 

 

CONSEJOS PRÁCTICOS

Para educar en la responsabilidad

Indicadores Consejos
Para que realicen sus tareas sin necesidad de estar recordándoselo continuamente, razonen lo que hacen, no echen la culpa a los demás, sean capaces de escoger entre varias alternativas, puedan trabajar y estar a solas sin angustia, tomar decisiones distintas al grupo, teniendo diferentes objetivos e intereses y concentrando su atención en tareas complicadas Desarrollar su sensación de poder y ayudarles a tomar decisiones.

Establecer NORMAS Y LÍMITES

Proponer tareas y OBLIGACIONES

Ser coherentes

No ser arbitrarios

Ayudar cuando demandan ayuda

Enseñarles a respetar y reconocer los LÍMITES impuestos.

Concienciarles para que reconozcan sus errores

 

Para que se integren en la sociedad y desarrollen valores cívicos

Indicadores Consejos
Para que puedan integrarse es necesario que conozcan la realidad que les envuelve, a través de esquemas de conocimiento de ser persona, de los roles, de las pautas, de las relaciones interpersonales.

Para poder llegar a la plena integración es necesario conocer las reglas, normas y valores, igual que saber ponerse en el lugar del otro.

Actuar como deseemos que actúen nuestros hijos/as

Es necesario que se sientan queridos, valorados y respetados y ayudadlo a aceptar sus limitaciones

No emplear la violencia

Hay que ser coherentes con los valores que se quieren transmitir.

Explicarle los motivos de las órdenes que se les impongan.

Las decisiones deben ser compartidas por la pareja

Reconocer la labor bien hecha

Poner tareas con una dificultad gradual

Cuidar los pequeños detalles

 

 

 

 

 

Para educar en el esfuerzo

Indicadores Consejos
Es indudable que sin esfuerzo no hay aprendizaje pero sin el desarrollo personal y emocional no hay esfuerzo.

Es necesario tener una fuerza de voluntad fuerte.

El esfuerzo y la disciplina son claves para el desarrollo de la inteligencia. El juego y el deporte son fundamentales para adquirir disciplina, obediencia, el dominio de sí mismo y el gusto por el trabajo bien hecho.

Se puede potenciar el ESFUERZO con el ejemplo, presentarlo como algo positivo, ser exigentes hasta alcanzar la autoexigencia, plantear tareas a corto plazo, deben adaptarse a la edad de los niños y hacerlas progresivas, y no olvidar que EL FRACASO AYUDA A MEJORAR. Para conseguir esfuerzo es necesario voluntad y motivación, en los primeros momentos extrínseca y posteriormente intrínseca.

 

Para educar en la tolerancia

Indicadores Consejos
Se entiende como tolerancia el respeto y consideración hacia la diferencia, la disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia. Para ello debemos educar con un objetivo moral de ser ciudadanos libres, democráticos, críticos y tolerantes. ELOGIAR y no ridiculizar.

Enseñarles a identificar bien las emociones y sentimientos.

Fomentar que se relacionen con grupos de iguales.

Fomentar la igualdad.

RESPETAR las opiniones de los demás.

 

 

Para educar la voluntad

Indicadores Consejos
Es una facultad superior en la persona que nos dirige hacia algo. Enrique Rojas da las siguientes reglas para educar la voluntad:

La VOLUNTAD necesita un APRENDIZAJE GRADUAL

Es crear HÁBITOS por la repetición de actos.

Hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos. Tener objetivos claros, precisos bien delimitados y estables.

Esa sensación de estar continuamente desgañitándote, de valerse del decibelio para llamar la atención de tus hijos sin que sirva de nada más que para sentirse terriblemente culpable después… Muchas madres (más de las que lo reconocen abiertamente) vivimos esta situación casi a diario. Te contamos: a) por qué no pasa nada por alzar la voz de vez encubando, y b) cómo poner en marcha otras estrategias menos sonoras pero más efectivas para lograr que te hagan caso.

Buenas intenciones, frustración creciente, impaciencia, impotencia, enfado supino… EL GRITO, catarsis fugaz, y… un inmediato sentimiento de culpa. ¿Te suena la secuencia? Tranquila, no eres la única. Pocas madres (poquísimas) se libran de caer en este círculo vicioso durante el “cuerpos a cuerpo” diario que mantienen con sus hijos. De hecho, es una reacción fisiológica: cuando nos sentimos frustrados, el cerebro segrega cortisol, la hormona del estrés, que se puede considerar la antesala del grito.

El problema aparece cuando la situación se repite con frecuencia y empiezas a desarrollar las características idóneas para convertirte en una gritona crónica, algo que no reporta ningún beneficio (mentalízate desde ya: gritar no sirve de nada) y sí puede conllevar consecuencias negativas. “Con los gritos, lo único que hacemos es presionar a los niños, crear un ambiente de crispación, que ni favorece el aprendizaje ni propicia un buen clima de comunicación. Además, los niños aprenden a través del ejemplo: si no queremos tener hijos gritones, hay que evitar gritar delante de ellos”, explica la psicóloga Silvia Álava.

Una investigación publicaba en la revista Journal of Marriage and Family demostró que en los hogares con más de 25 episodios de gritos en un año, los niños tenían mayor tendencia a la depresión y a mostrarse agresivos. Relativizan un poco esta evidencia y teniendo en cuenta que no pasa nada por alzar la voz en situaciones puntuales, lo cierto es que gritar no es una buena estrategia.

La repetición como detonante

Somos humanos y, por tanto, carecemos de paciencia infinita, así que hay momentos en los que optar por el silencio es casi una heroicidad. A la cabeza del ranking de los desencadenares de gritos está el “efecto disco rayado” (o sea, tener que repetir las cosas mil veces para que nos hagan caso). “Al principio lo digo de buenas formas (a veces, incluso, cantando), después me pongo más seria. Pero, claro, la octava vez que tengo que repetir “ponte ahora mismo las zapatillas, que te vas a enfriar, Jaime”, doy un alarido”, comenta Marta, madre de un niño de 2 años.

En la jornada diaria hay situaciones de alto riesgo para el grito: el desayuno (el tiempo apremia y el niño está aún sin vestir), la hora de ordenar y la de irse a la cama y, sobre todo, las peleas entre hermanos. “Mis hijos están todo el día a la gresca, se pegan, se chillan y, al final, yo termino gritándoles como una loca que dejen de pelearse… y de gritar”, confiesa Mamen, madre de tres niños de 5, 3 y 2 años.

Ellas vieron la luz

¿Cómo conseguir entonces dejar de ser una gritona crónica? Lo primero, reconociendo que lo eres y reflexionando sobre las consecuencias que puede tener sobre tus hijos, tu estado de ánimo y el ambiente que se respira en tu hogar. Así lo hizo la escritora norteamericana Julie Ann Barnhill, autora del libro She’s gong Blow (“Ella va a estallar”), un magnífico referente sobre la gestión del enfado materno que va por los 135.000 ejemplares. Barnbill buscó ayuda para aprender a controlar su ira y las estrategias que usó tuvieron tan buenos resultados que en la actualidad se dedica a compartirlas a través de talleres y conferencias y de su web: http://www.juliebarnhill.com. Por ejemplo, para manejar la ira aconseja retirar lo que ella llama las molestias visuales (esos montones de ropa sucia pendientes de entrar en la lavadora), que tienen un efecto nefasto en el establo de ánimo, o darse algún mimo (un masaje, un atracón de chocolate…) en momentos críticos como el síndrome premestrual, para relajar la tensión.

En ocasiones, la revelación se produce de forma más brusca, como le pasó a Ana: “Se me vino el mundo abajo cuando mi hija Laura le enseñó a mi suegra un dibujo que había hecho de la familia en el que aparecía Cruel de Vil. Cuando le preguntó por qué la había incluido, le dijo que era yo, que siempre está gritando como ella”.

Algo similar le ocurrió a la autora del blog The Orange Rhino Challenge (madre de 4 hijos menores de 6 años y gurú de las madres gritonas en Internet). Cuando la persona que trabajaba en su casa la encontró gritando a sus hijos y totalmente fuera de sí, se sintió tan mal que les prometió no chillar en 365 días. Lo logró y todo el proceso está reflejado en su blog del que se pueden extraer interesantes conclusiones resumidas en el apartado “10 cosas que aprendí cuando dejé de gritar a mis hijos” del tipo: “No siempre puedo controlar las acciones de mis hijos, pero sí mi reacción; gritar no funciona, muchas veces yo soy el problema, no mis hijos; ahora que he dejado de gritar me siento más feliz, más tranquila y más ligera”.

Siguiendo la estela de la norteamericana, una madre española ha creado un grupo de Facebook en español, que cuenta con casi 4.000 seguidoras que comparten sus ideas para educar sin gritar.

Antídotos pre-alarido

1.- Detecta las señales

En sus talleres, Julie Ann Barnhill insiste en la necesidad de que las madres reconozcan en su organismo las señales previas a la emisión del grito: opresión en el pecho y la garganta, pulso acelerado, rechinar de dientes y mandíbula, irrupción de pensamientos negativos, angustia… “El antídoto es sencillo: hacer varias respiraciones profundas, visualizar una imagen agradable y pensar “vale, estoy teniendo un día miserable, pero gritar y  enfadarme solo va a empeorar las cosas”, explica. También es importante reconocer las situaciones que propician el grito y evitarlas en la medida de lo posible.

2.- Desactívate

Cuando tus hijos te pongan al borde de un ataque de nervios, cuenta hasta 10, vete a otra habitación o empléate de lleno en alguna actividad.

3.- Ensaya

También ayuda prepararse mentalmente para las situaciones que provocan los gritos. “Llegaba a casa muy estrenada del trabajo y me encontraba a mis hijos peleándose en medio de un revoltijo de ropa y juguetes, y siempre acababa gritándoles y ellos llorando. Decidí dar un pequeño paseo antes de llegar a casa, para exorcizar mi mal humor y repetirme una y otra vez el guión de lo que iba a ocurrir después: “Ahora llegaré y estará todo hecho un desastre, pero no me voy a alterar. Les diré que recojan y, si no lo hacen, pues tampoco es el fin del mundo” y ¡funcionó!” cuenta Inés.

4.- Y comparte

A la autora del Rinoceronte Naranja le ayudo compartir su experiencia con otras madres, pero no hace falta convertirse en bloguear ni conferenciante: una merienda con otras mamás o un grupo de whatsapp que sirva de desahogo y ayude a motivarse para ser una mamá de voz modulada perenne puede ser igual de efectivo.

¿Por qué es tan difícil para los adultos poner límites? Para evitar el conflicto, los adultos terminamos cediendo a todo tipo de caprichos o recurriendo al viejo modelo autoritario que hace ya tiempo se busca erradicar. ¿Cómo podemos ayudar a nuestros hijos a alcanzar una autonomía esperaba de acuerdo a su edad y; sobre todo, a tolerar la frustración?

Intolerancia a la frustración

En la actualidad los padres no son los malos de la película: se incluyen y participan en la crianza de sus hijos ¿Por qué a pesar de la cercanía, el buen trato y la calidez de los vínculos es tan difícil lograr que los niños incorporen ciertas pautas? Niños y jóvenes sienten la necesidad de hacer siempre lo que quieren y muchas veces, para evitar el conflicto, los adultos terminamos cediendo a todo tipo de caprichos o recurriendo al viejo modelo autoritario que hace ya tiempo se busca erradicar.

En paridad con el adulto

La respuesta a estos interrogantes la encontraremos si comprendemos, en primera instancia, que estamos ante un niño distinto al de generaciones anteriores. Los niños de hoy están ubicados inconscientemente en paridad con el adulto.

Esto quiere decir que desde que nacen los chicos copian a sus padres como si estuvieran frente a un espejo, y quedan ubicados en esta posición de autosuficiencia imaginaria denominada “simetría inconsciente”; desde la cual creen que pueden solos y que su criterio es tan válido como el del adulto, por lo cual pretenden que las cosas funcionen como ellos quieren.

Los niños no se terminan de individuar o separar de sus padres. Sin embargo, copian a sus padres como si estuvieran frente a un espejo pero no se terminan de individuar, permanecen funcionando como si formaran parte de un bloque único con sus padres -particularmente con la madre- pretendiendo que ella haga todo por ellos, funcione como la otra parte del espejo.

En el diccionario la palabra simetría significa: “la correspondencia exacta en forma, tamaño y posición de las partes de un todo”. De modo que los niños -y también los jóvenes- se comportan como si sus padres formaran parte de un todo con ellos, como si fueran su mano o pierna ejecutora.

Los niños copian a sus padres pero no logran internalizarlos como figuras protectoras, entonces muchas veces aparece un gran desconcierto en los adultos al ver que a sus hijos les cuesta mucho despegarse, adaptarse a lugares nuevos, al jardín de infantes, a cumpleaños de amiguitos o incluso a reuniones familiares, es como si necesitaran todo el tiempo la presencia física de sus padres.

Esta copia inconsciente tiene que ver con los grandes cambios que se produjeron en los vínculos familiares, en la cultura y en la sociedad con la caída del autoritarismo, con haber dejado el miedo y la distancia de épocas anteriores, y también con las llamadas “neuronas espejo” descubiertas en 1996 por Giacomo Rizollatti. Este autor nos explicó que estas neuronas nos permiten saber y sentir lo que el otro siente sin necesidad de hablar. Son las responsables de la empatía entre las personas, las que nos permiten conectarnos con os bebés y los niños sin hablar y saber igualmente lo que necesitan y quieren.

Necesidad de nuevos modelos de autoridad

¿Cómo poner entonces los límites a un niño simétrico que está ubicado a la par -y en algunos casos por encima del adulto- que nos capta por dentro y sabe perfectamente lo que sentimos?

Debemos cambiar nuestro modelo de autoridad abandonando totalmente el modelo autoritario. Debemos acceder a nuestros hijos, explicarles con autenticidad nuestras intenciones de acuerdo a su edad y posibilidad comprensiva. Pero por sobre todas las cosas -y aquí está la gran diferencia de este nuevo modelo- aceptar nuestras propias limitaciones.

Autoexigencia y reconocimiento de las limitaciones

La gran dificultad de los adultos para poner límites a sus hijos tiene que ver con la autoexigencia de poderlo todo. La mayoría de los padres jóvenes que también han recibido algo de esta “simetría inconsciente” con sus propios padres, se exigen poderlo todo, también les cuesta soportar la frustración.

Quieren simultáneamente: trabajar, seguir formándose, cuidar su casa, ayudar a sus hijos en el colegio, sacarlos a pasear, comprarles todo lo que pidan porque perciben su fragilidad.

Perciben que al niño le cuesta mucho tolerar la frustración y se contagian a través de las neuronas espejo de su propia vulnerabilidad. Entonces los padres deben aceptar sus propias limitaciones de tiempo, energía, dinero y una vez que las han aceptado, transmitir con la mayor autenticidad aquello que no es posible, aunque muchas veces les gustaría. Por ejemplo: “Me encantaría que nos pudiéramos quedar en la plaza a jugar mucho más, pero me es imposible porque tengo que llegar a casa y preparar tu comida y la de papi”. Es necesario ordenar el tiempo para jugar, para ver televisión, para las salidas, teniendo en cuenta un orden de prioridades que sólo el adulto puede conocer.

Invitar al niño en la resolución del problema

Los niños simétricos actuales valoran y se tranquilizan cuando se sienten incluidos en la resolución del problema.

La Sociedad Argentina de Pediatría asegura que desde los cuatro años, y aún antes, los niños pueden ser incluidos y participar en el problema a resolver.

Por ejemplo: Los padres no consiguen que el chico deje el ordenador o la TV para ir a comer. Entonces, en vez de retarlo o gritarle es mucho más efectivo incluirlo: “Todos los días cuanto te llamamos a comer papi y yo terminamos gritando y peleando y eso no nos gusta, nos cansa. El problema que nosotros tenemos es que la comida se enfría y en vez de disfrutarla terminamos tristes, enojados. ¿Cómo podemos hacer para cambiar esto, como se podría solucionar, tú qué propones?”

Otra situación problemática: “Todos los días cuando tenemos que ir al colegio es una batalla campal para despertarte, ponerte la ropa, etc. Yo termino gritando y no me gusta, me agota. ¿A ti te gusta que te grite y me enoje? ¿Cómo podemos cambiar esto?” Si al niño no se le ocurre nada, debemos proponerle algo y llegar a un acuerdo con él.

Contagio emocional y escalada de violencia

Otro de los temas importantes que se relaciona con la simetría y las neuronas espejo es el “contagio emocional”. Los padres se contagian fácilmente el enojo y la frustración de sus hijos ante un límite y empieza fácilmente una escalada simétrica que termina en los gritos de la madre o el adulto a cargo.

Es necesario registrar el contagio con el otro a partir de la elevación de nuestra voz. Ahí tenemos que detenernos, explicitar el enojo que percibimos y volver a nuestro lugar de adultos. Podemos incluso detener la conversación y retomarla más adelante.

El límite a la distancia no sirve

Los límites en el niño pequeño deben ser acompañados corporalmente. Si se trata de un niño pequeño, el límite siempre debe estar acompañado del cuerpo. No se puede poner límites a la distancia. Es necesario levantarse o desplazarse de donde estamos, acercarse y sacar el objeto peligroso o detener físicamente al niño sobreexcitado o nervioso. En el inconsciente no existe el “no”, debemos instalarlo a través de nuestros abrazos y nuestros movimientos para que logre ser internalizado. El “no” a la distancia es una invitación a la transgresión y satisface la expectativa de autocontención de los adultos.

Del mismo modo, es muy importante la contención física ante los berrinches y caprichos. Es necesario abrazar al niño con firmeza y con afecto, preferentemente por parte del papá mientras le explica amorosamente el peligro de la situación y la mamá evita su mirada. Si esto no funciona se debe elaborar qué le sucedió al adulto en su propia infancia con los límites. Los niños va a aceptar aquello que nosotros somos capaces de aceptar.


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