Escuela de Padres

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Estrés, contaminación, sedentarismo, exceso de pantallas, falta de juego… Son inconvenientes de la vida actual que generan trastornos en los niños. ¿Sabes cómo contrarrestarlos?

Hoy, en nuestra sociedad, la vida tiene muchas comodidades, pero también ciertos inconvenientes. Y los más afectados por ellos son nuestros hijos, que pagan el precio de nuestro ritmo vertiginoso, de utilizar en exceso las pantallas o de alimentarse demasiado rápido. Sin ir más lejos, por ejemplo, entre las principales causas de la obesidad infantil se encuentran los malos hábitos dietéticos y el sedentarismo. La solución ante esta realidad es tener claros cuáles son los inconvenientes a los que se enfrentan y contrarrestar sus consecuencias.

Exceso de información = intranquilidad

Los niños reciben mucha información a través de la tele o de sus compañeros. No es extraño entonces que pregunten cosas como “quién es el pequeño Nicolás”. La cosa cambia cuando las noticias son malas: atentados, secuestros, guerras… “Los padres deben filtrar la información que llega al niño en casa. No deben ver en su presencia las noticias violentas, los telediarios no son programas infantiles. Si esta información la recibe a través de sus amigos, lo más conveniente es explicársela sin exagerar, quitando dramatismo para no transmitirle miedos”, aconseja Fuensanta Rodríguez, psicóloga de ISEP Clinic Córdoba.

Y es que se sabe que las malas noticias suelen tener efectos negativos en los niños, como sentimientos de peligro, de inseguridad…

Cómo contrarrestrarlo: “Observando al niño se sabe si está asustado: si no quiere separarse de los padres, si le da miedo quedarse solo, si tiene pesadillas muchas noches… Entonces hay que intentar que verbalice sus pensamientos”, explica la psicóloga. Además, es importante relajarlo con los ejercicios de respiración citados y transmitirle mensajes positivos que debe decirse él a sí mismo: “voy a estar tranquilo”, “va a salir todo bien”…

Sedentarismo = obesidad

Hace 20 años era normal ver jugar en la calle a los niños durante largas horas, pero los tiempos actuales los han empujado hacia el juego sedentario (videojuegos, tableta, móviles) y pasivo (ver la televisión). El sendentarismo es hoy una de las principales causas de la obesidad infantil, junto a los males hábitos dietéticos (comida rápida, fritos, dulces industriales). La última encuesta nacional de Salud dice que el 12% de lo niños entre 5 y 14 años realizan nula o escasa actividad física. “El sedentarismo está aumentando en España y, junto a hábitos dietéticos no saludables, hace que suba la obesidad y patologías asociadas a la misma, como la diabetes y el colesterol”, explica el doctor Gerardo Rodríguez, coordinador del Comité de Actividad Física de la Asociación Española de Pediatría.

Cómo contrarrestrarlo: La recomendación es que el niño realice al menos una hora al día de actividad física moderada o intensa, bien en forma de juegos en el parque o bien en forma de deporte. Hasta los 5 años, lo ideal son los juegos no dirigidos y al aire libre. De 5 a 7 años ya pueden comenzar a participar en actividades de equipo. “Es necesario que los padres se involucren para dar ejemplo, por eso un buen hábito es hacer deporte en familia los fines de semana”, recomienda el pediatra.

Otro truco simple y eficaz es incorporar el ejercicio físico a la vida diaria: ir caminando o en bicicleta al colegio, si se puede; llevar la merienda al parque para propiciar un rato de juego; subir las escaleras al volver a casa en vez de coger el ascensor; etc.

Prisas = estrés o ansiedad

Las prisas se generan por llegar a tiempo a la guardería y al trabajo, por coger el autobús, por recoger al niño en el colegio, por llevarlo de nuevo a clases extraescolares, por preparar la cena… Todo son prisas en la sociedad actual, un ritmo acelerado cuya consecuencia es el estrés. Y al parecer, este trastorno de la vida moderna se contagia a los niños, ya que, según la Sociedad Española de Estudios de Ansiedad y Estrés, casi el 8% de la población infantil lo sufre. “Está aumentando en los pequeños y cada vez se nota más ansiedad en los de menor edad”, afirma la psicóloga.

¿Cómo saber si el niño lo padece? Los principales síntomas que reflejan una situación de estrés o ansiedad son mareos, sudación, taquicardia, molestias abdominales (náuseas, vómitos), sequedad de boca y tensión muscular. No tienen por qué darse todos a la vez, de hecho salen aparecer dos o tres. Los más chiquitines pueden reflejar el problema con irritabilidad, llanto frecuente, chupándose el dedo, tartamudeando o tocando cosas de manera impulsiva. Las causas, según explica la psicóloga, hay que buscarlas en la mala organización de los horarios, en la existencia de algún problema en casa o en el colegio o en el hecho de pasar muchas horas fuera del hogar, al enlazar colegio y extraescolares.

Cómo contrarrestrarlo: La forma de desestresar al niño es bajar el ritmo de actividad si hay exceso de clases: “Realizar tres o cuatro extraescolares diferentes a la semana, como hacen algunos niños, es demasiado”, advierte la psicóloga. Adoptar una rutina en los horarios, con tiempo suficiente para no ir apurados, es otra condición necesaria. También ayuda enseñar al niño, aunque sea aún pequeño, a realizar ejercicios de relajación (inspirar por la nariz y expulsar el aire por la boca) y técnicas de tensión-distensión: por ejemplo, apretar con fuerza las manos unos segundos y abrirlas.

Y, por supuesto, es muy recomendable que el niño juegue libremente en el parque. Un estudio publicado en el Journal Child Psychology refleja que los pequeños que realizan juego libre a diario están menos estrellados que el resto.

Contaminación = alergias

Actualmente, el 30% de las enfermedades infantiles son alergias, asma y trastornos respiratorios asociados a la contaminación ambiental, según la Sociedad Española de Neurología y Cirugía Torácica (SEPAR). La contaminación ha conseguido que el polen de las plantas sea más alergénico, pero además, las partículas contaminantes, al depositarse en los pulmones, pueden producir inflamación e irritación, sobre todo en los niños con asma y/o alergia.

Cómo contrarrestrarlo: “Los niños con problemas respiratorios, durante los períodos de sequía y en las zonas con más contaminación, deben llevar gafas para evitar la irritación ocular y mascarilla para que filtre las partículas de contaminación”, aconseja Javier Ruiz Hornillos, miembro del Comité de Alergia Infantil de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC).

Marga Castro

Para que el primer contacto de tu hijo con la masticación sea positivo, ve despacio, deja que se adapte poco a poco a las nuevas texturas y a la presencia de trocitos en sus papillas y cuenta con la ayuda de expertos en nutrición y alimentación infantil.

¿Te acuerdas de cuando tu hijo empezó, hacia los 6 meses, con los primeros purés y papillas? A esa edad su aparato digestivo ya estaba preparado para aceptar la comida semisólida y sus riñones ya podían asimilar una dieta diferente a la leche. La norma prioritaria, ¿cuál fue? Respetar su ritmo y tomártelo con mucha paciencia.

Ahora, hacia los 11-12 meses se presenta otro reto en la evolución del niño: ¡aprender a masticar! Es un proceso complicado, así que de nuevo recurrimos al mismo principio: nada de agobios y mucha paciencia. Vamos por partes.

Lo primero es saber si el pequeño está preparado para masticar. La edad es aproximada, cada niño sigue su propia evolución, pero fíjate en si cumple estos tres requisitos:

  • Ya no tiende a sacar de la boca con la lengua cualquier alimento que no sea líquido.
  • Cuando le das su puré, mueve la lengua hacia los laterales como si masticara.
  • Mira con interés y abre la boca ante alimentos que coméis vosotros.

Si has contestado sí a dos de ellas, puedes empezar ya a darle papillas y purés menos pasados de lo habitual. A muchos niños les resulta extraño, pero no plantean problemas ante estas texturas menos homogéneas. Es un buen comienzo, ve aumentando poco a poco la densidad de su puré y seguro que en breve puedes empezar a incorporar trocitos a sus comidas.

Pero también puede suceder que lo rechace. En este caso, espera un par de días a que se le olvide e inténtalo de nuevo, un par de cucharadas bastan. Recuerda que el proceso ha de ser progresivo. Muchas de las negativas a masticar que manifiestan los niños mayores de 18 meses están motivadas por forzar la situación cuando el pequeño no estaba preparado para hacerlo.

La importancia de masticar

Masticar, además de triturar los alimentos para favorecer su digestión y permitir un paso más hacia la alimentación de adultos, contribuye al buen desarrollo de la mandíbula y de la dentadura del niño. Para hacerlo, el bebé tiene que aprender una nueva técnica (diferente a la que está acostumbrado a usar de paladear y tragar) y ha de poner en funcionamiento una serie de estructuras como son la lengua, los labios y los músculos de la mandíbula. Todas ellas van a influir en el desarrollo armónico de su carita y van a sentar las bases para que se inicie en el lenguaje. Como ves, estamos ante un proceso importante. Si tu hijo acepta bien las nuevas texturas, el siguiente paso es ofrecerle patata cocida aplastada con el tenedor, galletas de dentición, un trozo de pan, granitos de arroz… Si le das zumo a cucharadas, no lo cueles, para que paladee la pulpa. Ponle trocitos de plátano para que se los lleve a la boca con la mano, los aplaste con las encías y trague lo que ha masticado (verás que no decimos nada de los dientes, las encías son lo suficientemente fuertes como para hacerlo). Y si muestra interés en ello, deja que meta la cuchara en su puré y pruebe a comer de ella.

Si no hace ascos, ni se atraganta, ha llegado el momento de probar con papillas de trocitos. Dale su tiempo, deja que paladee, mastique y trague a su ritmo, no agobies con la cuchara.

Por su seguridad

Cuando el niño quiera tomar algo de la comida de los mayores, puedes darle trocitos, pero hay una serie de alimentos que por seguridad no le debes ofrecer hasta que la masticación y la deglución estén perfeccionadas. Entre ellos: frutos secos enteros, palomitas, patatas fritas de bolsa, salchichas o aquellos que por su forma puedan ser tragados sin querer y sin masticar, como aceitunas, caramelos, garbanzos sin aplastar, granos de maíz o gominas (atención si hay hermanitos mayores en casa).

La autoestima es en parte heredada: hay personas que tienen más y personas que tienen menos. Pero la educación que el niño recibe en casa es fundamental en este sentido. ¿Cómo potenciarla en tu hijo?

La base de la autoestima, es decir, de la sensación que cada persona tiene de su propio valor, empieza a formarse desde que el niño llega al mundo y comienza a percibirlo con sus sentidos. Si lo que encuentra es un ambiente de bienvenida y cariño, esa base será sólida y se convertirá en un buen punto de partida.

Cuida tu influencia

Sin embargo, la autoestima propiamente dicha aparece una vez que el niño ha afianzado el sentido del “yo”, algo que ocurre en torno a los 5 años. A esta edad vuestro hijo ya empieza a tener una conciencia de sí mismo, que se forma a partir de los mensajes verbales y no verbales (palabras, gestos y actitudes) que recibe de su entorno y, sobre todo, de vosotros. Sus padres sois para él el “espejo psicológico” en el que se ver reflejado. y como no tiene capacidad para cuestionar lo que el espejo psicológico le muestra, si lo que recibe son mensajes negativos (“eres malo”, “torpe”, etc.), se autoevaluará con esas expresiones. Si le protegéis demasiado y le evitáis el esfuerzo y las frustraciones, desarrollará la actitud “no puedo”, “ayúdame”, etc. Pero si lo que oye son mensajes positivos (“tú puedes”, “confío en ti”), utilizará esas expresiones para evaluarse.

Así la favoreces

Hay una serie de actitudes que elevan la autoestima del niño: 

  • Respeta su forma de ser. Si es tímido, por ejemplo, en vez de criticarle, dile algo como: “Ya sé que te cuesta saludar a esas personas; ven, lo haremos juntos”. Acepta sus rasgos, son los que le hacen valioso por ser como es.
  • Evita sobreprotegerle. Si le pones todo en bandeja, el mensaje que recibe es que no confías en él. Déjale intentar solo (o con poca ayuda) tareas más difíciles: conseguirlas le dará confianza.
  • Corrígele de un modo positivo. Si molesta a otro niño, en vez de decirle “eres un peón”, nombra la conducta que desapruebas: “no me gusta que pegues”.
  • Celebra sus victorias, pero de modo honesto. Si hace muchos dibujos en un santiamén sin prestar atención, no le elogies. Si hace uno con esfuerzo, felicítale.
  • Deja que te ayude. Le hará sentirse autónomo e importante. Y lo más esencial, lo que engloba todo: edúcale con amor y comprensión. A veces te equivocarás con él; admítelo y discúlpate. La educación perfecta no existe.

Si notas que el niño se quiere poco…

Síntomas de baja autoestima

Hay señales que te ayudarán a saberlo: muestra conductas problemáticas para atraer tu atención (agresividad, llantos, rabietas, etc.), tiene una gran necesidad de protagonismo y de aprobación exterior o, al contrario, una excesiva timidez y tendencia a encerrarse en sí mismo. A menudo emite mensajes negativos sobre sí mismo o sobre lo que hace. Además, tiene mucho miedo al fracaso y actitud dependiente.

Cómo puedes ayudarle

Elogia sus intentos por superar obstáculos, dale mucho cariño y grábale en vídeo cuando esté aprendiendo algo si se lo muestras pasado un tiempo verá sus progresos.

Coks Feenstra, psicóloga

La edad en la que los niños comienzan el aprendizaje de la lectura se ha adelantado en las últimas décadas. ¿Es algo positivo o tiene aspectos negativos para el pequeño? Analicemos bien esta cuestión.

Hoy día, los niños empiezan a leer antes de lo que lo hicimos nosotros. Como explica Vicent Campos, profesor de Primaria en un colegio rural de Valencia con 28 años de experiencia, “antes, cuando los niños entraban en el primer curso a los 6 años, no se sabían las letras. Ahora sí. Esto supone un gran cambio”. Y este cambio no está exento de polémica, porque no todos los expertos lo aprueban.

Distinta madurez

Ante esta realidad, surgen varias preguntas: ¿un niño de 4 años es suficientemente maduro como para procesar la información escrita y entender su significado? ¿Este aprendizaje precoz trae ventajas a largo plazo, hace más inteligentes  los niños?

Respecto a la cuestión de la madurez, es algo variable en cada niño. Algunos sí están preparados para aprender a leer: son los que por sí solos empiezan a preguntar por las letras que ven en los carteles, los que las copian y forman sus propias “palabras”. Sin embargo, hay otros niños a los que no les interesa la lectura y, aunque se la enseñen en clase, no asimilan la información. Para ellos la palabra escrita queda en algo abstracto, necesitan moverse más y prefieren jugar antes que estar sentados y hacer fichas.

No hay opinión unánime

¿Qué ocurre en otros sitios? En Finlandia, el país que mejores resultados académicos ha mostrado en los últimos años en el informe Pisa, no se empieza con la lectura hasta los 7 años. Opinan que los niños no están preparados para leer antes de esta edad y no quieren que una presión temprana los lleve a terminar detestando el mágico mundo de la lectura. Estos datos son ya una respuesta a la segunda pregunta: la edad en la que un niño empieza a leer no determina su posterior desarrollo intelectual. En otros países, como Países Bajos, empiezan a los 6 años, pero imparten clases de prefectura en los cursos anteriores para familiarizar al niño con las letras.

Una enseñanza lúdica

Volviendo a nuestro país y a nuestra realidad, en mi opinión no es negativo enseñar las letras a niños de 4 años, siempre y cuando se haga de modo lúdico y sin ningún tipo de presión. Hay que tener en cuenta que a esta edad el pequeño aprende principalmente a través del juego, explorando y fantaseando. Si hacemos que vaya conociendo las letras mediante canciones y actividades divertidas, manipulándolas con plastifica y con otros materiales, lograremos combinar el juego con la enseñanza, una unión perfecta.

¿Qué puedes hacer para aficionarle?

El hábito de leer y el interés por la lectura también se aprenden en casa. Unas cuantas ideas:

  • Lee con él todos los días un cuento antes de dormir.
  • Procura que siempre tenga libros en su entorno (y que pueda cogerlos sin tu ayuda).
  • Dale un buen ejemplo leyendo en su presencia a diario.
  • Visita con él una biblioteca y librerías infantiles.
  • Cómprale cuentos a menudo, no solo en su cumpleaños. Elígelos teniendo en cuenta sus aficiones y acertarás seguro.

Coks Feenstra, psicóloga

Un niño obediente y tranquilo resulta más sencillo de educar que uno inquieto y rebelde. Es evidente. Pero en ciertos aspectos requiere un “plus” de atención, para no pasar por alto sus necesidades.

Si tu hijo duerme bien, come sin problemas, tiene reacciones moderadas, se calma con facilidad tras una rabieta y acepta tranquilamente los cambios (personas nuevas en su entorno, sabores diferentes en su alimentación…), ¡estás de enhorabuena! Su buen temperamento le lleva a hacerse querer, facilita su adaptación a situaciones como el inicio del cole y evita que tenga problemas con sus compañeros y maestros.

Casi nunca protesta

Es fácil presumir de un niño especialmente bueno y resaltar la forma tan ejemplar que tiene de comportarse. Y esto, lógicamente, acentúa sus buenas conductas y su afán de complacer a los que le rodean. Pero has de estar atenta a sus señales para no pasar por alto sus necesidades:

  • Atiéndele siempre que te reclame. Como no suele protestar ni reclamar, acudiendo a su lado le animas a comunicarse y le enseñas a expresar sus deseos.
  • Si ves que siente rabia, tristeza, miedo, etc. y no lo manifiesta, consuélale y anímale a verbalizar estos sentimientos.

Tiene mucha empatía

Por otro lado, ten en cuenta que si en general todos los pequeños son sensibles al estado emocional de sus padres y suelen percibir la tensión, las riñas y el mal ambiente, el niño “bueno” lo es en grado sumo. Por eso está pendiente y se preocupa si te nota enfadada o triste. Estas recomendaciones son importantes:

  • No comentes tus problemas en su presencia. Si tu pareja y tú discutís y él lo nota, explícale pronto que lo vais a solucionar.
  • Si te pregunta si te pasa algo y es así, díselo. Puedes responderle: “Sí, estoy triste (o cualquier otro sentimiento), pero no te preocupes, no tiene nada que ver contigo y se me pasará”.
  • Si reñís, haced siempre las paces. Si no, se quedará angustiado.

Siempre obedece

Es otra característica del niño bueno. Obedece para asegurarse tu afecto, pero también porque percibe claramente vuestras expectativas y las de sus adultos de referencia (abuelos, tíos, maestros…). Ante esto, un consejo: no le riñas en las pocas ocasiones en las que se decida a llevarte la contraria; que se decida a llevarte la contraria; que se atreva a expresar lo que piensa y quiere es positivo, ya que le ayuda a descubrir quién es y cuál son sus deseos.

Busca ser perfecto…

Es posible que tu hijo quiera hacerlo todo bien y cualquier error le parezca inaceptable. y puede que deje de hacer algo por miedo a fracasar. Si le ocurre:

  • Intenta rebajar tu nivel de exigencia, tanto contigo como con él.
  • Reconoce tus propios errores delante de él. Le animará a imitar tu actitud.
  • Elogia sus actividades por el esfuerzo y su entusiasmo al hacerlas, más que por el resultado final que consiga.
  • Ayúdale a buscar la mejora en sus tareas, no la perfección. Y si se equivoque, anímale a intentarlo de nuevo.

Isabel Álvarez Wagener (Psicóloga)

El cuidado de los primeros dientes en la infancia es un hábito esencial: de él dependerá la salud de su dentadura definitiva.

La higiene de los dientes de leche debe hacerse tan pronto como éstos broten. Al principio tendrás que lavárselos tú al niño con una casita húmedecida en agua. Y a partir de los 2 años puedes empezar a cepillárselos y explicarle cómo debe hacer él.

Lecciones de cepillado

Para que se familiarice con el cepillo y adquiera una rutina, déjale que se lo meta en la boca y juegue con él y luego cepíllale tú explicándole lo que haces. Cepilla en vertical la cara exterior e interior de los dientes y encías. Para eliminar las bacterias que causan el mal aliento se limpia también el paladar, la cara interna de las mejillas y la lengua, pero si le dan arcadas, aún no es necesario que lo hagas.

En cuanto le veas preparado, deja que se cepille él solito y dale tú el “último repaso”. Debe lavarse los dientes después de cada comida durante unos tres minutos (empieza con un minuto y ve aumentado el tiempo). Y siempre será mejor si te pones a su lado y practicáis juntos este “juego”.

Su pasta y su cepillo

Su cepillo debe tener el cabezal y el mango pequeños, para que lo pueda sujetar con firmeza y se adapte a la forma de su boca. Además, sus cerdas deben ser suaves y con los bordes redondeados, para que no le hagan daño en las encías ni desgasten el esmalte de los dientes. Y mucho mejor si es de sus personajes animados favoritos, para que disfrute más del lavado. Cámbiaselo cuando veas que las cerdas están gastadas, abiertas o aplastadas. Cómprale una pasta para niños con un sabor más agradable (porque las de adulto son más fuertes y abrasivas) y con un adecuado contenido en flúor: el exceso colorea el esmalte y el déficit favorece las caries. Ponle el equivalente a un guisante, sin humedecer el cepillo. Y enséñale que no debe tragársela. Deja el hilo dental y los enjuagues bucales hasta que tenga 4 ó 5 años.

Cuándo empezar a llevarle al dentista

Cuanto antes se realice la primera visita, más rápido se acostumbrará, lo que le llevará a confiar en el especialista y a no tenerle miedo. Los odontopediatras sostienen que la mejor manera de prevenir problemas bucodentales es efectuando visitas desde el primer año y de control cada seis meses si el niño se chupa el dedo, usa chupete más allá de los 18 meses o sufre algún traumatismo en los dientes de leche, así como en la época del cambio a la dentadura definitiva.

Patricia Morcillo

Ahora que tu bebé se mueve bien de un lado a otro, llega un nuevo reto: aprender a subir y bajar escaleras. Deja que lo intente, pero ayúdale; así mejoras su coordinación motora y previenes accidentes.

Tu peque es un bateador experimentado y quizá empiece a dominar ya el arte de caminar. Su mayor movilidad le permite explorar la casa y no quiere perderse ni un solo rincón, así que lo más lógico es que si se encuentra con unas escaleras, se anime a intentar subirlas. Adelántate a ese momento ayudándole a superar este reto y, al mismo tiempo, tomando las medidas de seguridad necesarias para evitar accidentes.

Pasito a pasito

El dominio de las escaleras es un aprendizaje lento que pasa por distintas etapas. Lo primero que hará tu hijo será subir gateando; con 13 ó 14 meses probablemente lo logre con bastante soltura. Bajar a gatas o sentado es algo que llegará algo más tarde debido a que en la bajada la percepción de caída aumenta y con ello el miedo y la inseguridad, lo que provoca también mayor torpeza. Por el momento, estos serán sus dos grandes logros en las escaleras. Habrá que esperar hasta los 2 años para que haga sus primeros intentos de subir y bajar de pie, agarrándose a la barandilla y colocando ambos pies en cada escalón. Y un poco más, hasta los 30 meses aproximadamente, para que deje de agarrarse y empiece a alternar los pies.

Juegos perfectos

Para afrontar los escalones tu hijo necesita dominar el movimiento de flexión de las piernas, algo que a esta edad aún le cuesta. Por eso, todas las actividades en las que tenga que flexional las rodillas y subir, bajar y rotar las piernas le ayudarán en este reto:

  • Pon en el sofá juguetes que le motiven a subir y bajar de él.
  • Pídele que se agache a recoger los juguetes del suelo.
  • Permítele practicar uno de sus juegos favoritos: subir y bajar un bordillo de la calle.
  • Déjale sentarse solo en la silla, subiendo de rodillas y girándose. Y recuerda que cualquier actividad de movimiento le servirá para mejorar el equilibrio y ganar confianza en sus habilidades y fortalecer los músculos.

Entrenar seguro

Para prevenir posibles accidentes mientras tu hijo practica este nuevo avance, ten presentes estos consejos:

  • Si la barandilla de la escalera es de barrotes y el cuerpo de tu pueblo cabe a través de ellos, coloca una malla protectora.
  • Cuando el niño ya comience a subir sin agarrarse, colócate siempre un escalón por detrás (y si está bajando, uno por delante). Así, si sufre un traspié y pierde el equilibrio, podrás detener la caída.
  • Mientras no domine muy bien esta habilidad, pon una barrera que implica que pueda acceder a las escaleras cuando nadie lo ve.

 

Esther García Schmah

Psicóloga y pedagoga