Escuela de Padres

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¿Hermanos mayores, más inteligentes?

Una investigación realizada en la Universidad de Oslo y la Tor Bjerkedal de Noruega ha concluido que existe relación entre el cociente intelectual y el orden en el nacimiento de los hermanos de un mismo núcleo familiar, y se ha observado que los hermanos mayores son más inteligentes que los hermanos menores.

El estudio, que fue publicado en la revista Science, sostiene que el cociente intelectual promedio de los hermanos mayores estudiados fue ligeramente superior al de los menores. Los resultados revelaron que los mayores promediaban un CI de 103’2, el segundo hermano obtuvo una puntuación promedio de 100’4, y que el tercero caía hasta la cifra de 99.

¿La inteligencia viene en los genes o se aprende?

Previamente al estudio noruego, una investigación llevada a cabo por Bernard Devlin en la Escuela de Medicina y Psiquiatría de la Universidad de Pittsburg detectó que los genes solamente son los responsables del 48% del cociente intelectual de una persona, mientras que hasta un 52% del mismo es consecuencia del cuidado prenatal, el contexto ambiental y la educación recibida.

La investigación, que estudió a miembros de las fuerzas armadas de Noruega, reveló que el orden en el nacimiento no es el factor primordial para explicar los resultados, puesto que basta con que el hermano con mayor inteligencia haya ejercido el papel de hermano mayor, a pesar de que pueda haber nacido en segundo (o tercer) lugar.

Como se ha comentado, cabe señalar que esta tendencia es solo una generalidad basada en promedios estadísticos, y puede haber cuantiosas excepciones de hermanos menores con un cociente intelectual más elevado que sus hermanos mayores.

Otros estudios sugieren que existe un factor decisivo a la hora de explicar esta mayor inteligencia de los hermanos mayores, y es que la responsabilidad de hacer de tutores de sus hermanos pequeños puede acarrear recompensas en la calidad de su cognición, mejorando así su cociente intelectual.

¿Vuestro hijo impone su ley en casa? ¿Imposible decirle que no sin que estalle en un ataque de ira? ¿Sus llantos y rabietas agotan vuestra paciencia? Puede que esté sufriendo el Síndrome del Emperador, un fenómeno cada vez más frecuente en el que se invierten los papeles: los hijos dominan a los padres y, en los casos más extremos, les maltratan.

Desde hace no mucho más de una década comenzaron a surgir en diferentes ciudades del mundo, niños que se erigieron como los jefes indiscutidos de la familia. Son quienes eligen qué se come, dónde se vacaciona, qué canal de televisión se ve, horarios para dormir y demás actividades de la familia. Amenazan, pegan, agreden psicológicamente a sus padres y parecen no haber desarrollado la empatía –habilidad para saber qué siente el otro- ni suelen experimentar las emociones morales como la compasión, amor o culpa.

Se trata de un fenómeno llamado “Síndrome del Emperador” donde los niños hacen de sus caprichos ley, y quien no obedezca, paga las consecuencias de sus agresiones y  tortuosos berrinches. Es un tipo de violencia ejercida de los hijos hacia los padres, donde los niños aprenden a controlar a los adultos, logrando que obedezcan y cumplan sus exigencias. Estos niños tiranos son también llamados “pequeños dictadores” dado el poder que adquieren en el seno familiar. Estos niños son fáciles de reconocer pues se caracterizan por ser egocéntricos y poseer muy baja tolerancia a la frustración que no pasa inadvertida. No parecen haber aprendido a auto-controlarse –o auto-regular sus emociones- y saben a cabalidad los tiempos de los padres, a quienes fácilmente manipulan amenazándolos o esgrimiendo argumentos cambiantes.

Algunos investigadores destacan causas genéticas para este síndrome, sin embargo una postura menos reduccionista y más comprensiva de los cambios sociales recientes, señala que esto se debe a cambios a nivel familiar y de las sociedades. Por ejemplo, hoy todos somos testigos de que muchos padres no tienen el tiempo ni la firmeza necesaria para educar y poner límites a sus hijos. Las exigencias económicas obligan a ausentarlos de sus hogares, y estas ausencias arrojan padres culpógenos propensos a ceder y sobreproteger consintiendo a sus hijos. Además, se puede observar una carencia de hábitos familiares afectivos, perdiéndose el contacto corporal como el jugar y cachorear con los hijos, donde demasiadas pantallas disminuyen el contacto afectuoso entre seres queridos. A nivel social, en general, se abriga una actitud permisiva que fomenta el egocentrismo infantil. Quizá por miedo al autoritarismo padecido por muchos adultos, no nos permitimos ejercer la autoridad, autoridad que –distinta al autoritarismo- es sana y necesaria para el adecuado crecimiento de los niños. Por otro lado, la televisión institucionaliza una sociedad de consumo que  legitima valores hedonistas y exigencias de pasarla bien y hacer lo que deseen en todo momento sin que nada ni nadie y mucho menos obligaciones se interpongan.  Habilita las exigencias de tener el último modelo de lo que sea y privilegios excesivos, sin considerar responsabilidades ni tomar por valioso el comprometerse con metas que requieren un esfuerzo.

Padres dudosos les enseñan a sus hijos –erróneamente- que todos los límites son negociables, permitiéndoles “pulsear” en todo, mediante berrinches, agresiones físicas o la infalible artillería pesada de estos pequeños tiranos: declarar a viva voz que sus padres NO son buenos padres o amenazarlos con dejar de amarlos. Como si fuese poco, colapsa el sistema educativo, pues estos padres que cedieron toda autoridad, no pueden ser el aval de la autoridad del maestro –como siempre lo fueron- dejándolos desamparados en la tarea de enseñar y educar –lo que implica poner límites-. Más aun, recriminándoles cuando les enseñan a los pequeños alumnos lo que no deben hacer.

Con todo, cuando estos niños alcanzan la adolescencia, consideran descabellado obedecer a sus padres, maestros o respetar adultos mayores y lógico que les obedezcan a ellos. Así  llegan hasta a agredir físicamente a sus padres. En efecto son numerosas las denuncias en comisarías por agresiones de hijos a padres. Las estadísticas demuestran que son las madres las principales víctimas de este síndrome y que el mismo pulula mayoritariamente en familias uniparentales.

Tanto desde la ingeniería como desde la psicología sabemos bien que el secreto está en invertir en buenos cimientos. Para tener niños, adolescentes y adultos sanos, debemos comenzar justo ahí, cuando todo comienza, en la primera infancia. Aunque pueda parecer difícil, es más simple y “económico” comenzar poniendo límites firmes, darles amor, permitirles que tengan frustraciones para que aprendan a tolerarlas, enseñarles a comprometerse y esforzarse en pos de sus metas. Los beneficios de los esfuerzos invertidos en esta etapa se cosecharán más tarde en la vida.

Los padres de hoy tienen mucho miedo a que los sus hijos les digan que son malos padres. Porque ellos mismos recriminaron a sus padres que no fueron buenos padres o que fueron muy malos con ellos. De ese modo, esclavos de sus palabras, hay algo que no se pueden permitir, y es justamente ser tildados de malos padres, pues estará la voz de la conciencia o de sus propios padres diciéndoles: “ vos tampoco sos un buen padre”. Es como una especie de pacto inconsciente hecho con ellos mismos.

A lo largo de la vida, una mujer interpreta una larga lista de papeles. Uno de los más importantes es ser madre. Si a esto le unimos que una madre no deja de ser mujer, hija, hermana, esposa, novia o amiga, nos encontramos con un montón de prioridades anudadas.

Desenredar estos roles es bastante complicado si tenemos en cuenta que vivimos en una sociedad que impone ciertas obligaciones a la mujer simplemente por el hecho de serlo.

De este modo, es nuestra responsabilidad sanar la relación de las mujeres consigo mismas, tanto a las presentes como a las futuras. Es indispensable hacerlo ya, pues de esta manera educaremos a nuestras hijas en el gran valor del auto-respeto, así como a nuestros hijos a respetar al mundo femenino.

El objetivo es que ni ellos impongan expectativas ni ellas se autoimpongan obligaciones o sacrificios por haber nacido mujeres. Consecuentemente, lo lógico es que ahora nos preguntemos cómo podemos saber si hemos sanado a la mujer que llevamos dentro…

 

¿Cómo se sabe si se ha sanado a la mujer?

Una mujer sana hace caso omiso al rol de sufridora que la sociedad le impone, ser mujer no significa tener que aguantar que se sobrepasen nuestros límites emocionales. Además, una mujer sana reconoce su valor y el del resto de las féminas en el mundo,sin medias tintas ni inferioridades.

Otra asignatura pendiente es la sexualidad. Disfrutar de ella plenamente, amarnos, respetarnos y no ocultarnos es harto difícil en nuestro mundo. Sin embargo, una persona completa respeta sus deseos y sus necesidades, permitiéndose explorar y potenciar todo tipo de inquietudes.

Otra de las grandes lecciones que una mujer puede darle a sus hijos es haberse permitido sanar sus heridas emocionales, al mismo tiempo que no deja que su pasado destruya su presente. Este paso es complicado, pero cerrar etapas y heridas significa construir un presente mejor para uno mismo.

Las relaciones saludables solo se establecen cuando dejamos de cargar en los demás nuestras responsabilidad y el peso de nuestra vida.

Por otro lado, una madre debe evitar tanto depender emocionalmente de sus hijos como crear dependencias en ellos. Este paso es indispensable para poder ofrecer un gran legado presente y futuro, pues significa aprender a dar y a recibir en la misma medida.

¿Y si a pesar de ello la mujer deja de ser ella misma por el peso de la maternidad…?

Si una mujer se ha sanado de verdad no concibe a sus hijos como una carga. La crianzay la relación de una madre con sus hijos es de una u otra manera según las etapas en las que nos encontremos.

Por esta razón, aunque resulte más o menos dificultoso caminar por la vida según las circunstancias, saber poner cada cosa en su lugar es uno de los mayores dones que desarrollamos al sanarnos como mujer.

Una mujer que se ha sanado por dentro sabe que no es indispensable para nadie, excepto para sí misma. Esta mujer no esperará que los demás valoren lo que hace por ellos, sino que simplemente amará libremente.

Una mujer que se ama a sí misma no renuncia a su autorrealización y genera expectativas internas saludables. Nos sanamos cuando aprendemos a escucharnos, a luchar por nosotras mismas en primer lugar y a vencer los miedos que nos han impuesto.

Cuando lo hayamos conseguido, nos sobrarán recomendaciones y lecciones; al mismo tiempo, lograremos desarrollar los valores emocionales que nos corresponden, cuidando nuestro bienestar emocional y físico, tratándonos con delicadeza y no olvidándonos de que las heridas no se curan solas. Esta es la manera verdaderamente responsable de responder ante los nuestros, sin sometimientos y con la total libertad de ser uno mismo.

El tiempo de calidad es algo que buscamos en todas nuestras relaciones personales. Se refiere a los momentos especiales en la vida que forman parte de nuestra base emocional, aunque no recordemos cada detalle de ellos. Es la mirada inolvidable de su mamá cuando desenvuelve una pieza de bordado imperfecta hecha por usted; o la manera como se sintió cuando su papá le permitió estar presente en las negociaciones para comprar un carro nuevo y le dijo: “Creo que ese tipo estaba tratando de tomarme el pelo”, y usted se sintió como un socio de la empresa. Eso es lo que se conoce como tiempo de calidad.

En el agitado mundo que vivimos, en el que a veces ambos padres trabajan fuera de la casa, asegurarse de poder compartir un tiempo de calidad con sus hijos es más importante que nunca, y tiene que ser tan importante para usted como lo es para ellos.

¿Qué significa tiempo de calidad?

La esencia del tiempo de calidad es la unión del interés y la atención entre los participantes. Con nuestros hijos, el tiempo de calidad consiste en escuchar activamente y tener conversaciones genuinas. Si sólo escuchamos con un oído y mantenemos el otro conectado al teléfono o a una cacerola que está a punto de hervir, eso no es tiempo de calidad. No tiene que haber una silla con una etiqueta que lea “silla para el tiempo de calidad” ni un reloj con alarma que nos avise “Deténganse, es hora de tener un tiempo de calidad”. Casi cualquier interacción puede convertirse en un tiempo de calidad si se cumplen las siguientes condiciones:

1. Si es algo que el niño quiere hacer. A veces, pasamos muchísimo trabajo y gastamos mucho en llevar a nuestro hijo a un lugar o evento que pensamos que será una experiencia inolvidable, como un desfile, un museo o el teatro. Estamos convencidos de que ése es un tiempo de calidad. Sin embargo, a veces resulta desastroso o decepcionante y cuando más tarde le preguntamos sobre la actividad, todo lo que el niño recuerda es la puerta giratoria en el museo o el accidente que vieron en el camino. No fue un tiempo de calidad porque no fue algo que el niño quiso hacer.

2. Si se escucha y se habla activamente. Algunas veces no prestamos toda nuestra atención a nuestros hijos. Sin embargo, para que haya un tiempo de calidad no podemos escuchar con un oído y contestar con un simple “Ajá”. Para ello, tenemos que desconectarnos de los otros pensamientos y escuchar de verdad y contestar de verdad.

3. Sólo se pueden permitir interrupciones breves e inevitables. Si suena el teléfono, deje que la máquina contestadora responda o hable brevemente y dígale a la persona que le devolverá la llamada.

4. Son sólo dos personas. El tiempo de calidad puede ocurrir en grupos familiares, pero en este caso, me refiero estrictamente al que ocurre entre dos personas. En esos momentos es cuando los niños tienden a hablar más sobre lo que necesitan decir y han venido posponiendo. Necesitan tener un tiempo solos con nosotros. No se necesitan accesorios especiales para el tiempo de calidad. Los momentos se pueden coordinar con anticipación o pueden surgir espontáneamente, a la hora de dormir, almorzar, de camino al supermercado o incluso cuando ven televisión juntos.

En artículos futuros describiré algunas actividades de tiempo de calidad que enriquecerán y fortalecerán su relación con el niño. Luego de que haya leído algunas de mis sugerencias, espero que esté dispuesto a compartir con otros lectores algunas de las cosas que le han funcionado. En nuestra próxima edición le daremos detalles de cómo hacerlo.

Mientras tanto, busque el momento para tener un tiempo de calidad con su hijo.

 Cfr. Elena López. Rev. Hacer Familia.

EXISTEN MUCHAS MANERAS DE TRANSMITIR CARIÑO A NUESTROS HIJOS E HIJAS. DECIRLES “TE QUIERO”, POR EJEMPLO, ES UNA DE ELLAS. PERO NO LA ÚNICA. LOS ABRAZOS, LAS CARICIAS O NUESTRA ATENCIÓN INDIVIDUALIZADA TAMBIÉN SON IMPORTANTÍSIMOS A LA HORA DE REFORZAR SU PERSONALIDAD. EN NUESTRAS MANOS ESTÁ QUE SEAN PERSONAS CONFIADAS Y SEGURAS DE SÍ MISMAS EL DÍA DE MAÑANA.

Acurrucarse

Pasar un ratito acurrucados mientras leemos un cuento, o vemos una peli (si son más mayores) es una experiencia que seguro no olvidará nunca. Podemos proponer que elijan ellos. En el caso del cuento, es un buen sistema para que se vayan a la cama. Incluso desearán que le digamos “que es hora de irse a dormir”.

Achuchones

Aunque no haya un motivo concreto para hacerlo. A la salida del cole, por casa, en los columpios… Lo importante es que por el contacto físico perciba lo mucho que le quieres. En la adolescencia, no es tan sencillo, pero ¡ataca! Además, si sufre de timidez, gracias a tu iniciativa le costará menos ser afectuoso con otros.

“¿Me quieres?”

Aprovecha estas preguntas para explicarle lo mucho que significa para ti. No se trata de aburrirles con grandes disertaciones sino más bien contarles pequeñas anécdotas que le demuestren lo que le quieres. (Con cuánta ilusión esperabais su nacimiento, la cara que pusisteis cuando le viste por primera vez…) Estas historias serán vehículo perfecto para transmitirle todo el afecto que necesita.

Un secreto…

… y cuando tengas a mano su oreja susúrrale eres el niño (niña, chico…) de __ años que más quiero del mundo. Pero ¡ojo! es nuestro secreto y no se lo puedes contar a nadie. Así, no sólo estará feliz porque le cuentas cosas maravillosas al oído, sino que se creará una complicidad entre ambos que será realmente beneficiosa para vuestra relación.

Juega

El Juego es una buena forma de expresarle nuestros sentimientos. A lo que sea… Lo importante es que paséis un tiempo juntos. Así, además de enseñarle a jugar y a respetar las reglas podrás transmitirle todo tu cariño mientras te dejas “pillar” o le encuentras después de buscarle durante un ratito, o reconoces que en esto te supera porque con los mayores, también. Una buena partida al Uno o la consola, no tiene precio.

 

¡No faltes!

A sus acontecimientos. Es más, procura llegar pronto y ¡en primera fila con cámara incluida! Sentirá que en ese momento no hay nada más importante para ti que su persona. Luego, podéis utilizar las fotos para hacer un álbum entre los dos. Así podréis comentarlo y recordar esa fecha tan especial siempre que lo deseéis. Y, si los mayores rezongan, ni caso. En el fondo lo agradecen.

El paño de lágrimas

Es en los malos momentos cuando más necesita de tu cariño. Si está triste, pregúntale qué pasa y ofrécele toda tu ternura. Quizá sólo es una simple discusión. No le quites importancia. Ofrécele todo tu apoyo y anímale a solucionar la situación. Y si no quiere contártelo, no te agobies. Mírale a los ojos y dile: estoy aquí para lo que necesite. Siempre. Lo sabes ¿verdad?

Una tarde en la cocina

Puede ser una buena excusa. Hacer una tarta juntos o preparar su cena preferida con su ayuda, le harán sentir útil y querido. Además, qué mejor lugar que los fogones y la cocina para compartir interesantes secretillos. Aprovecha la situación y establece las bases de una buena comunicación.

El arca del tesoro

Enséñale donde guardas las cosas o dibujos que te regaló. Le llenará de orgullo y alegría. Sobre todo si al enseñárselo le vamos contando pequeñas anécdotas de aquella época: Cómo esperabas con ilusión que llegase tu Día para recibir su regalo, lo que dijeron los demás… Así comprenderá lo importante que es en tu vida.

 

Al enemigo… desprevenido

Si os cruzáis u os encontráis por la casa, pégale un abrazo y un beso diciéndole algo como “¡pero qué cosa más guapa, madre!” puede obrar auténticos milagros en los pequeños y “sana protesta” en los mayores. Igual nos sorprenden a nosotros con algo parecido cuando menos nos lo esperemos.

Una galería

Organiza una galería de fotos en algún lugar de la casa con las que vaya teniendo cada curso. Así, los invitados podrán verlo y hacer comentarios. ¡No hay nada que más les guste que sentirse importantes, aunque sólo sea durante unos minutos!

Crear “ambiente”

Procura crear en casa un ambiente de ternura generalizado. Que sientan que su familia se quiere es tan importante como que les digamos lo mucho que nos importan. Si observa cómo nosotros nos decimos palabras cariñosas a diario y nos apoyamos mutuamente, no dudará en entrar en el juego participando activamente y manifestando con total libertad sus sentimientos hacia nosotros.

Aprovecha los días más largos

Cuando las tardes son más largas, iros a pasear. Este puede ser un rato para charlar sobre “las cosas importantes de la vida” (sus amigos, sus juegos, sus sentimientos…) Son cosas que dejan su poso. Hacer recados, ir de compras…

Perdón Público

Las discusiones familiares son algo normal. Si oye pelear, que también vea cómo os pedís perdón. Así, no se sentirá angustiado pensando que ya no os queréis o, lo que es peor, que es culpable de la tensión. Y aprenderá a pedirlo y a otorgarlo.

Mírale

Cuando te hable, deja lo que estés haciendo y mírale a los ojos. Mantén una expresión que anime y respóndele con cariño. Esto, tan simple, le hará mucho bien: Sabrá que te importa, que sus cosas están muy por encima de cualquier tarea o la tele. Es protagonista, tu principal prioridad en este mundo.

A reírse juntos

Cualquier excusa puede ser buena: Un chiste, unas cosquillas… Necesitan reírse para expresar su felicidad, pero también necesitan ver cómo en su casa habitualmente os reís. Para ellos es sinónimo de equilibrio, amor y estabilidad.

Aplaude y aclama

Cuando te diga “mira qué he hecho”, míralo. Aplaude y aclama: “buen trabajo”. Igual sólo es un monigote de plastilina, pero sentirá que estamos orgullosos de su ingenio y aumentará su seguridad. Y no dudará en seguir hacia delante con gran aplomo: Al fin y al cabo, tú ¿no piensas que es una persona maravillosa?

Déjale al margen

No le inmiscuyas en tus preocupaciones. No puede ayudarte y lo único que se provoca es que sufra. Si los problemas económicos, personales o del trabajo te agobian, procura aparcarlos en un rincón de tu cabeza. Un rato en su compañía leyendo “Caperucita” o cantando por enésima vez puede que hasta te venga bien.

Con un poco de azúcar

Todos pasan por malos momentos. Una pelea o un mal día en el cole… El mejor bálsamo es la sonrisa de mamá o papá. No se trata de que le quitemos importancia a su “gran dilema” sino de que le ofrezcamos la tranquilidad suficiente. Le ayudemos a relajarse. Mañana no se acordará de lo que le preocupaba, pero sí recordará siempre la paz que le transmitimos ese día cuando tanto lo necesitaba.

Dale su tiempo

Lo que más aprecia un hijo o hija es la atención “exclusiva”. Si le dedicas cada día un momento sólo para él y sabe que es sólo suyo, se sentirá en el cielo. Es muy importante cuando hay hermanos. Favorece la convivencia y reduce los celos. Intenta organizarte de forma que hagas algo al día sólo con cada uno… y si no, de vez en cuando.

PARA PENSAR

En la infancia y la adolescencia es muy importante sentirse queridos. ¡Bueno! En la infancia, en la adolescencia y en todas las edades… Así que en la medida en que les mostremos el afecto, les acostumbraremos a expresarlo.. ¡ y a nosotros también nos vendrá bien!

Pero, para que la cosa no quede sólo en buenos propósitos, podemos intentar realizar un pequeño “autoexamen” cada noche. Así, podemos descubrir cuántas veces a lo largo del día hemos “ejercido” el cariño y el afecto.

Seguro que, a veces, nos sorprenderemos a nosotros mismos al contar siete, ocho veces. ¡Nos ponemos un notable!

Otras igual no llegamos al “suficiente”. Pues ya sabéis: ¡A recuperar!

Total, mucho no nos costará ¿A quién no le gusta un cariño?

Hay una idea muy extendida que es la de ver el conflicto como algo negativo y, por tanto, algo a eludir. Esta idea probablemente esté basada en diversos motivos:

– lo relacionamos con la forma en la que habitualmente hemos visto que se suelen enfrentar o “resolver”: la violencia, la anulación o destrucción de una de las partes y no, una solución justa y mutuamente satisfactoria. Desde las primeras edades los modelos que hemos visto apuntan en esta dirección: series infantiles de televisión, juegos, películas, cuentos,…
– todas las personas sabemos que enfrentar un conflicto significa “quemar” muchas energías y tiempo, así como pasar un rato no excesivamente agradable.
– la mayoría sentimos (incluidos educadores y educadoras) que NO hemos sido educadas para enfrentar los conflictos de una manera positiva y que, por tanto, nos faltan herramientas y recursos. En los programas de las facultades de pedagogía y de ciencias de la educación se echan a faltar temas como la resolución de conflictos.
– tenemos una gran resistencia al cambio. Aunque las cosas no estén bien y lo veamos claro, muchas veces preferimos mantenerlas así antes que asumir los riesgos que significa meternos en un proceso de transformación.

No obstante, creemos que el conflicto es consustancial a las relaciones humanas. Interaccionamos con otras personas con las que vamos a discrepar y con las que vamos a tener intereses y necesidades contrapuestas. El conflicto además es ineludible, y por mucho que cerremos los ojos o lo evitemos, él, continúa su dinámica. Es algo vivo que sigue su curso a pesar de nuestra huida, haciéndose cada vez más grande e inmanejable.

Pero vamos incluso más allá, consideramos que el conflicto es positivo. Se podrían dar muchos motivos, pero resaltamos dos:

– Consideramos la diversidad y la diferencia como un valor.Vivimos en un solo mundo, plural y en el que la diversidad desde la cooperación y la solidaridad, es una fuente de crecimiento y enriquecimiento mutuo. Convivir en esa diferencia conlleva el contraste y por tanto las divergencias, disputas y conflictos.
– Consideramos que sólo a través de entrar en conflicto con las estructuras
injustas y/o aquellas personas que las mantienen, la sociedad puede avanzar hacia modelos mejores. Es decir, consideramos el conflicto como la principal palanca de transformación social, algo que como educadores y educadoras por la paz debe ser, precisamente, uno de nuestros objetivos básicos.
– Consideramos el conflicto como una oportunidad para aprender. Si el conflicto es algo connatural a las relaciones humanas aprender a intervenir en ellos será algo fundamental. Si en lugar de evitar o luchar con los conflictos, los abordamos con los chicos/as podemos convertirlos en una oportunidad para que aprendan a analizarlos y enfrentarlos. Resolver un conflicto por si mismos, además de hacerles sentir más a gusto con el acuerdo, les dará más capacidades para resolver otros en el futuro.

El reto que se nos plantea será, cómo aprender a enfrentar y resolver los conflictos de una manera constructiva, “noviolenta”. Esto conlleva comprender qué es el conflicto y conocer sus componentes, así como desarrollar actitudes y estrategias para resolverlo. Entendemos por resolver los conflictos, a diferencia de manejarlos o gestionarlos, el proceso que nos lleva a abordarlos, hasta llegar a descubrir y resolver las causas profundas que lo originaron. No obstante, la resolución de un conflicto no implica que a continuación no surjan otros. En la medida que estamos vivos y seguimos interaccionando y creciendo, seguirán apareciendo conflictos que nos darán oportunidades para avanzar o retroceder, según cómo los enfrentemos y resolvamos.

Por tanto, desde la educación para la paz vemos el conflicto como algo positivo e ineludible que debe ser centro de nuestro trabajo. Para ello trabajaremos con aquellos conflictos que cotidianamente tenemos más cerca (interpersonales, intragrupales, etc.) en lo que llamamos microanálisis, y con los grandes conflictos (sociales, comunitarios, internacionales, …) en lo que llamaremos macroanálisis. En las primeras edades nos quedaremos fundamentalmente en el ámbito del microanálisis y las relaciones interpersonales, mientras que en los cursos superiores, sin descuidar este aspecto, trabajaremos cada vez más los conflictos sociales e internacionales.

El objetivo principal no es que el profesorado aprenda a resolver los conflictos de los alumnos y alumnas, sino trabajar con ellos para que aprendan a resolverlos por sí mismos, convirtiendo esa resolución no sólo en un éxito presente, sino en un aprendizaje para otras situaciones que se les darán en la vida cotidiana.

Marisol Muñoz-Kiehne, PhD

Ya que…

  • Las estadísticas recientes calculan que una de cada cuatro mujeres va a ser maltratada físicamente por su pareja.
  • Se estima que el maltrato verbal y emocional es aún más frecuente.
  • La violencia doméstica afecta a todo grupo social y a todo miembro de la familia.
  • La violencia familiar es el precursor principal de las muertes de niños por abuso o negligencia.
  • Los niños siempre son víctimas en estas situaciones, aún cuando no se les abuse directamente, o cuando parezca que son muy pequeños para darse cuenta.
  • Los estudios señalan que los niños que han sido testigos de violencia en su hogar corren riesgos altos de ser abusados, involucrarse en conductas delincuentes, y cometer abuso según crecen.
  • La violencia familiar es un patrón que tiende a repetirse, y empeorarse con el tiempo.
  • La violencia consiste de conductas aprendidas las cuales tienden a ser pasadas de generación en generación.

Recordemos…

  • Busquemos educación, información y orientación.
  • Trabajemos por la prevención, la intervención, o la sanación de las heridas que causa la violencia familiar.
  • La violencia familiar es asunto de todos.
  • Hombres: no hay excusas, pero hay soluciones para su violencia.
  • Mujeres: liberarse de relaciones abusivas no es fácil, pero es posible. Y, “mejor sola que mal acompañada.”
  • Niños: hay esperanza y ayuda.

La violencia familiar incluye abuso:

  • Verbal
  • Emocional
  • Físico
  • Sexual
  • Económico

Algunos síntomas y efectos de la violencia familiar en los niños:

  • Tristeza y depresión
  • Ira y agresión
  • Temores y preocupación
  • Pesadillas y Pandillas
  • Problemas en el desarrollo
  • Problemas en el aprendizaje
  • Problemas en las relaciones interpersonales

¿ Qué hacer?

  • Buscar protección y refugio
  • Buscar apoyo y ayuda (para los adultos y para los niños)
    – Médica
    – Emocional
    – Legal
    – Económica
  • Crear un plan de seguridad
    – Salida de emergencia
    – Contactos de emergencia
    – Objetos importantes (documentos, medicinas)
    – Enseñar a los niños a usar el 911

Recursos:

  • Línea Nacional de Emergencias sobre Violencia Doméstic
  • Algunas agencias que ofrecen refugio, apoyo y abogacía:
  • Panfleto “Manual de violencia doméstica: Guía de sobrevivencia,” del Centro de Prevención del Crimen y Violencia, Procurador General del Estado de California. (Puede conseguirse gratis llamando o escribiendo a la oficina).
  • Libro “Mejor sola que mal acompañada” y “¡No más!: Guía para la mujer golpeada,” de Myrna Zambrano
  • Libro “Violencia masculina en el hogar: Alternativas y soluciones,” de Antonio Ramírez.