Escuela de Padres

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¿Darán en el clavo?

Muchos padres están cansados de que les digan que la tecnología está afectando el buen desarrollo de sus hijos. Pero también, los padres y madres de la era digital están conscientes de que este creciente fenómeno puede hacerlos cometer ciertos errores.

La verdad es que los valores centrales de crianza no han cambiado tanto con el tiempo. Los padres quieren que sus hijos sean felices y alcancen sus metas. Es por esto que un grupo de investigadores de Harvard resumieron 6 prácticas o estrategias para conseguir que tus hijos crezcan sanos y felices, aun rodeados de tantas distracciones:

 

1. Pasa el tiempo con tus hijos:

 Cindy Neilson 

Es la base de todo esto. Trata de estar el mayor tiempo posible con ellos. Pregúntales sobre ellos, sus actividades y día a día. Esto los hará ser únicos y estar conscientes del amor y preocupación que sientes por ellos.

 

2. Si importa, dilo en voz alta:

 Parents Magazine

Según los investigadores, la mayoría de los padres sí se preocupan de sus hijos, pero hay veces que ellos necesitan oírlo. También puedes preguntarle a sus profesores o entrenadores cómo van sus tareas o trabajos en grupo para saber más de ellos.

3. Muéstrale a tu hijo cómo hacer deporte

 Sarah Miller

Acompáñalos en los procesos de toma de decisiones. Por ejemplo, si quiere dejar de hacer un deporte u actividad, pregúntales por el motivo y ve su compromiso con el equipo. Y guíalos a lo que sea mejor para ellos.

4. Haz que la amabilidad y gratitud sean características de la rutina diaria

Jennifer Smolkowicz

Los estudios dicen que cuando las personas tienen el hábito de expresar gratitud, son más cooperadoras, generosas, compasivas y menos rencorosas. Además de ser más felices y saludables. Así que es bueno que los padres les den responsabilidades, les pidan que ayuden a sus hermanos o que simplemente den las gracias.

5. Pon atención a las emociones destructivas de tu hijo

Jamie Reimer

Los especialistas dicen que la capacidad de cuidar a los demás puede generar que los niños se sientan abrumados y expresen pensamientos negativos. Y, dicen que es bueno que los padres ayuden a los niños a nombrar esas emociones y guiarlos para que se enfoquen en ser individuos caritativos. También es bueno establecer límites claros y razonables.

6. Muéstrale a tus hijos más círculos sociales

Casi todos los niños empatizan con los círculos de amigos o familiares pequeños. El truco es incentivarlos a que se preocupen de las personas que están afuera de sus círculos. Puedes lograr esto si los entrenas a ser buenos escuchadores, y tratar de que se pongan en el lugar de otras personas. En cuanto a la empatía, puedes mostrarle ejemplos de las noticias o entretención.

El estudio finaliza con una conclusión para los padres:

“Criar a un niño respetuoso, ético y preocupado ha sido y siempre será un trabajo duro. Pero es algo que todos nosotros podemos hacer. Y no hay trabajo más importante o gratificante” 

¿Vuestro hijo impone su ley en casa? ¿Imposible decirle que no sin que estalle en un ataque de ira? ¿Sus llantos y rabietas agotan vuestra paciencia? Puede que esté sufriendo el Síndrome del Emperador, un fenómeno cada vez más frecuente en el que se invierten los papeles: los hijos dominan a los padres y, en los casos más extremos, les maltratan.

Desde hace no mucho más de una década comenzaron a surgir en diferentes ciudades del mundo, niños que se erigieron como los jefes indiscutidos de la familia. Son quienes eligen qué se come, dónde se vacaciona, qué canal de televisión se ve, horarios para dormir y demás actividades de la familia. Amenazan, pegan, agreden psicológicamente a sus padres y parecen no haber desarrollado la empatía –habilidad para saber qué siente el otro- ni suelen experimentar las emociones morales como la compasión, amor o culpa.

Se trata de un fenómeno llamado “Síndrome del Emperador” donde los niños hacen de sus caprichos ley, y quien no obedezca, paga las consecuencias de sus agresiones y  tortuosos berrinches. Es un tipo de violencia ejercida de los hijos hacia los padres, donde los niños aprenden a controlar a los adultos, logrando que obedezcan y cumplan sus exigencias. Estos niños tiranos son también llamados “pequeños dictadores” dado el poder que adquieren en el seno familiar. Estos niños son fáciles de reconocer pues se caracterizan por ser egocéntricos y poseer muy baja tolerancia a la frustración que no pasa inadvertida. No parecen haber aprendido a auto-controlarse –o auto-regular sus emociones- y saben a cabalidad los tiempos de los padres, a quienes fácilmente manipulan amenazándolos o esgrimiendo argumentos cambiantes.

Algunos investigadores destacan causas genéticas para este síndrome, sin embargo una postura menos reduccionista y más comprensiva de los cambios sociales recientes, señala que esto se debe a cambios a nivel familiar y de las sociedades. Por ejemplo, hoy todos somos testigos de que muchos padres no tienen el tiempo ni la firmeza necesaria para educar y poner límites a sus hijos. Las exigencias económicas obligan a ausentarlos de sus hogares, y estas ausencias arrojan padres culpógenos propensos a ceder y sobreproteger consintiendo a sus hijos. Además, se puede observar una carencia de hábitos familiares afectivos, perdiéndose el contacto corporal como el jugar y cachorear con los hijos, donde demasiadas pantallas disminuyen el contacto afectuoso entre seres queridos. A nivel social, en general, se abriga una actitud permisiva que fomenta el egocentrismo infantil. Quizá por miedo al autoritarismo padecido por muchos adultos, no nos permitimos ejercer la autoridad, autoridad que –distinta al autoritarismo- es sana y necesaria para el adecuado crecimiento de los niños. Por otro lado, la televisión institucionaliza una sociedad de consumo que  legitima valores hedonistas y exigencias de pasarla bien y hacer lo que deseen en todo momento sin que nada ni nadie y mucho menos obligaciones se interpongan.  Habilita las exigencias de tener el último modelo de lo que sea y privilegios excesivos, sin considerar responsabilidades ni tomar por valioso el comprometerse con metas que requieren un esfuerzo.

Padres dudosos les enseñan a sus hijos –erróneamente- que todos los límites son negociables, permitiéndoles “pulsear” en todo, mediante berrinches, agresiones físicas o la infalible artillería pesada de estos pequeños tiranos: declarar a viva voz que sus padres NO son buenos padres o amenazarlos con dejar de amarlos. Como si fuese poco, colapsa el sistema educativo, pues estos padres que cedieron toda autoridad, no pueden ser el aval de la autoridad del maestro –como siempre lo fueron- dejándolos desamparados en la tarea de enseñar y educar –lo que implica poner límites-. Más aun, recriminándoles cuando les enseñan a los pequeños alumnos lo que no deben hacer.

Con todo, cuando estos niños alcanzan la adolescencia, consideran descabellado obedecer a sus padres, maestros o respetar adultos mayores y lógico que les obedezcan a ellos. Así  llegan hasta a agredir físicamente a sus padres. En efecto son numerosas las denuncias en comisarías por agresiones de hijos a padres. Las estadísticas demuestran que son las madres las principales víctimas de este síndrome y que el mismo pulula mayoritariamente en familias uniparentales.

Tanto desde la ingeniería como desde la psicología sabemos bien que el secreto está en invertir en buenos cimientos. Para tener niños, adolescentes y adultos sanos, debemos comenzar justo ahí, cuando todo comienza, en la primera infancia. Aunque pueda parecer difícil, es más simple y “económico” comenzar poniendo límites firmes, darles amor, permitirles que tengan frustraciones para que aprendan a tolerarlas, enseñarles a comprometerse y esforzarse en pos de sus metas. Los beneficios de los esfuerzos invertidos en esta etapa se cosecharán más tarde en la vida.

Los padres de hoy tienen mucho miedo a que los sus hijos les digan que son malos padres. Porque ellos mismos recriminaron a sus padres que no fueron buenos padres o que fueron muy malos con ellos. De ese modo, esclavos de sus palabras, hay algo que no se pueden permitir, y es justamente ser tildados de malos padres, pues estará la voz de la conciencia o de sus propios padres diciéndoles: “ vos tampoco sos un buen padre”. Es como una especie de pacto inconsciente hecho con ellos mismos.

La psicóloga infantil y de familia Ekaterina Kes redactó una lista de frases que puedes usar para comunicarte con tu hijo. Comprende su esencia y dilas con tus propias palabras, esto es solo un bosquejo.

Muy importante: No olvides decirle ”Te amo“. Esa es la principal.

Mostrarle tu confianza

  • “Confío en ti”.
  • ”Creo en ti“.
  • ”Respeto tu decisión“.
  • “No es tan fácil, pero sé que podrás lograrlo”
  • “Estás haciendo lo correcto“.
  • ”Entiendes bien lo que pasa”
  • “¿Cómo lo lograste?”
  • ”¡Enséñame cómo lo haces!“.
  • ”Lo haces mejor que antes, estás mejorando aún más“
  • “Me parece que lo haces bien”.

Reconocer el esfuerzo y/o el sufrimiento

  • ”Veo que trabajaste mucho para lograrlo“.
  • ”Veo que te esforzaste mucho, sigue así“.
  • “Te esforzaste y te salió muy bien”
  • “Me gusta como lo haces“
  • ”Me imagino cuánto tiempo tardaste en hacerlo, así se hace”
  • “¡Sé cuánto te esforzaste para lograrlo!”
  • “Has debido planearlo muy bien para que resultara algo tan bueno“
  • ”Tus esfuerzos se recompensaron con un buen resultado, te felicito“

Agradecer por el tiempo que han pasado juntos

  • “El tiempo que pasamos juntos es muy importante para mi”.
  • ”Ya estoy esperando a que juguemos mañana“
  • ”Eres alguien interesante”.
  • “Me gustó mucho jugar contigo”.
  • “Estoy feliz de tenerte cerca“.
  • ”Me siento muy bien a tu lado”.

Ayudar a valorar el resultado

  • “¿Y a tí qué te parece?”
  • ”Me imagino que debes sentirte muy bien“
  • ”¿Y qué es lo que más te gusta?“
  • “¿Qué opinas de eso?”
  • ”¿Te gusta cómo quedó?“
  • ”¿Que piensas, te salió mejor que la vez pasada?“
  • “¿Cómo te sientes respecto a eso?”

Agradecer por la ayuda o contribución

  • “Muchas gracias por haber….(cuando es algo positivo)“.
  • ”Gracias por lo que hiciste”.
  • “Gracias por tu ayuda”.
  • ”Gracias por entenderlo“.
  • ”Eso me ayuda mucho, te lo agradezco“.
  • “Eres un muy buen ayudante”
  • ”Gracias a tu ayuda tardé menos en acabar“.
  • ”Como me ayudaste ahora todo está limpio“.

Describir lo que ves

  • “¡Wow, qué limpia está tu habitación!”
  • “¡Que bien que la cama esté tendida!“
  • ”¡Qué colores tan vivos los que usas!”
  • “¡Veo que te has esforzado mucho!”
  • “¡Tu mismo lo hiciste, te felicito!“

Describir lo que sientes

  • ”Me gusta mucho hacer esto contigo!“.
  • “Me siento feliz de estar en casa”.
  • ”Creo que somos un equipo“.
  • ”Me gusta oirte decir eso”.
  • “Estoy feliz de tenerte”.
  • “Me siento muy bien cuando me ayudas”.

Fuente: ipsyholog

Un profesor escribió así en la pizarra:

9 x 1 = 7
9 x 2 = 18
9 x 3 = 27
9 x 4 = 36
9 x 5 = 45
9 x 6 = 54
9 x 7 = 63
9 x 8 = 72
9 x 9 = 81
9 x 10 = 90

En la clase no faltó alguien que se percató del error y se burló, al final todos empezaron a reírse.

El profesor esperó a que todos se quedasen en silencio y dijo: “Es así como ustedes ven el mundo, me equivoqué a propósito para mostrarles como nos comportamos ante algún error que cometemos. Nadie te elogia o te felicita por haber acertado nueve ces, solamente te juzgan y se ríen en tu cara por haber cometido un error”.

Moraleja:

Debemos aprender a valorar a las personas por sus aciertos, y no estar a la expectativa de sus errores.

Si le pegas a tu hijo para que aprenda, le estás enseñando:

  • que golpear está bien si eres el más fuerte
  • que puede resolver las diferencias golpeando al otro
  • que la violencia es un forma aceptada de ejercer control o de enseñar
  • que quien te ama tiene derecho a lastimarte

Una “nalgada a tiempo” enseña que:

  • Los problemas se arreglan a golpes
  • Es normal lastimar a quienes amas
  • Los errores merecen un castigo
  • Hay que obedecer por miedo, no por convicción

Acuérdate que un grito, un insulto o una palabra que lo descalifica o lo humilla es para ellos igual que una paliza.

Tu hijo hace una travesura detrás de otra y se dedica a desobedecer en tus narices mirándote por el rabillo del ojo. ¿Te está provocando o qué?

El problema

Ya tenía tendencia a ser un poco pillo. Pero ahora se ha vuelto claramente insolente. Parece que solo tiene un objetivo: probar tus límites y provocarte.

¿A quién afecta la provocación?

A tu hijo. A fuerza de insolencia y provocación, crea un clima de tensión en casa. Lo riñes, lo castigas…
A ti. Quieres ser paciente, pero a veces no puedes más. Cuando te provoca en público, sientes que tienes un niño mal educado y que no consigues que te respete.

Te provoca para afirmarse

A esta edad, el niño se separa poco a poco de ti, es normal. Se da cuenta de que tiene un pensamiento diferente del tuyo y quiere afirmar su personalidad. En el fondo te hace gracia, porque te impresiona o te maravilla que se parezca unas veces a su madre y otras a su padre.

Qué hay que hacer. No dejes pasar las provocaciones sin reaccionar. Aguántate la risa si no quieres verte obligado a reaccionar con más contundencia para demostrarle que no estás de acuerdo. Un buen truco para resistir sin flaquear: repite las mismas frases mirando a tu hijo a los ojos.
Qué hay que decirle. “Eres un pillo, es divertido, pero esto está prohibido”, o bien, “¿Pero qué pasa aquí? ¿He oído una palabrota?”.

Está experimentando

Juega con el interruptor una vez, dos, tres… y, claro, al final, la bombilla se funde. Tu hijo explora las situaciones provocando tus reacciones. Es curioso, tiene ganas de descubrir el mundo y le gusta experimentar con los objetos que le rodean… ¡y también con sus padres!

Qué hay que hacer. Sobre todo, no le digas que es malo, porque puedes encasillarlo en ese comportamiento. Si es necesario, castígalo en un rincón, de cara a la pared, durante unos segundos. Lo importante es el gesto. Luego llámalo y haz las paces con él.

Qué le tienes que decir. “Sé que a ti esto te parece divertido, pero a mí no me hace ninguna gracia. Espero que no lo vuelvas a hacer. Ya te lo había advertido: esto no se hace, nunca”.

Cuando te provoca, cata lo prohibido

Tienes que marcharte a la oficina y tu hijo quiere quitarse los zapatos justo en el momento de salir, cuando ya lo habías convencido para que se los pusiera…

Qué hay que hacer. No te enfrentes a él cada vez que se opone a algo, no sirve de nada. Ayúdalo a proyectarse en el futuro: luego, en la guardería, o esta noche, podrá quitarse los zapatos. Se trata de hacerle entender que hay una ley familiar que es igual para todos.

Qué hay que decirle. “Sé que no quieres hacer esto y que no estás de acuerdo, pero es así. No eres tú el que decides. Me voy a la oficina y no puedo llegar tarde”, o bien, “Pregunta a papá (o a mamá) si se quitaba los zapatos cuando era pequeño (o pequeña), antes de ir a la guardería”.

Marie Auffret-Pericone con Christine Brunet, psicóloga.

En la actualidad, son muchos los padres que se quejan de que sus hijos son unos desagradecidos. Es importante saber que, como todo lo demás, la gratitud es un sentimiento que se desarrolla gracias a la educación que nuestros hijos reciben. Si quieres que tu hijo sea agradecido, comienza por dar ejemplo desde ahora mismo.

“Cuando bebas agua, recuerda la fuente”

Según el filósofo Robert C. Roberts, la gratitud contrasta con tres sentimientos que son el origen y raíz donde se asienta la tristeza: el resentimiento, el arrepentimiento y la envidia. Vemos pues, la gran importancia y necesidad de educar este sentimiento en nuestros hijos ya que les va a ayudar a ser personas felices.

¿Se puede educar la gratitud?

Como cualquier otros sentimiento, la gratitud también se puede (y se debe) educar. Los padres tenemos que hacer lo posible para potenciarlo y educarlo, fomentando al máximo este sentimiento en nuestros hijos.

En un principio, como el resto de los sentimientos, la gratitud es muy inestable e intermitente y dependerá de si le gusta o no hacer algo o si lo hace para “agradar al adulto”. Si esto es así, no pasa absolutamente nada; los padres con mucha paciencia y constancia trabajaremos este sentimiento para que quede asentado formando parte de su personalidad, como cualquier cualidad estable.

Podremos decir que ha quedado consolidado del todo cuando el niño sea capaz de comprender que, aunque no se le complazca en todo lo que hace o dice, lo hacemos por su bien. Antes de conseguir esto, podremos observar como la gratitud irá siempre de la mano de la gratificación positiva. Por eso es importantísimo que continuamente reconozcamos a nuestro hijo lo bien que hace las cosas, haciendo uso frecuente de los refuerzos positivos.

¿Qué podemos hacer? Tareas para los padres

En primer lugar es necesario señalar que vamos a educar este sentimiento (o el contrario) tanto por acción como por omisión, es decir, a través del ejemplo. ¿Cómo vamos a esperar que nuestros hijos agradezcan a los demás las cosas si nosotros somos los primeros que no lo hacemos?

Debemos abrir los ojos de nuestros hijos, a través de nuestro ejemplo, y hacerles ver que ser agradecidos no es simplemente pronunciar unas palabras de manera automática y mecánica. No basta con un simple “gracias” y ya está. La gratitud nace del corazón, de nuestro interior, del aprecio a lo que alguien hace por nosotros. Por eso, cuando alguien haga algo por nosotros, tenemos que mostrarles a nuestros hijos cómo actuamos nosotros para que también ellos empiecen a obrar de ese modo.
Veamos con detenimiento algunas ideas para trabajar la gratitud con nuestros hijos de una
manera práctica y útil:

1. Hablar sobre la gratitud

¿Qué entiende tu hijo por gratitud? ¿Sabe identificar ese sentimiento?

Averigua lo que sabe acerca de esta virtud para poder explicarle muchas más cosas de las que ya conoce. Es importante que tu hijo comience a poner nombre a este sentimiento y aprenda progresivamente a identificarlo y relacionarlo con otros.

Podemos comenzar por hacerle al niño las siguientes preguntas:

* ¿Sabes qué es la gratitud?
* ¿Cómo puede una persona demostrar la gratitud a los demás?
* ¿A quiénes demostraremos gratitud?
* ¿De qué forma?

Deja a tu hijo que conteste abiertamente. Luego, explícale con tus palabras y en un lenguaje sencillo y adaptado a su edad, qué es la gratitud. Por ejemplo, que apreciar y querer mucho a quiénes nos cuidan es una manera de agradecer lo que hacen por nosotros: el profesor nos ayuda en el colegio, el médico cuando vamos al centro de salud, los padres en casa cada día, etc. Les explicaremos que la gratitud se demuestra con expresiones de afecto, cariño, portándonos bien con esas personas, etc.

2. Escribir una carta para alguien especial

• Pide a tu hijo que escriba una carta a quién él considere que tiene algo que agradecer, por ejemplo a los abuelos, a su profesora, al amigo especial que siempre le ayuda, etc.

• Debe escribir cómo se siente por lo que ha recibido de esta persona a la que está escribiendo. Esta carta se la enviará o, si es posible, buscará a la persona a la que ha escrito y se la leerá personalmente.

• Si el niño es todavía muy pequeño y no sabe escribir, ayúdale a escribirla. Deja que te diga lo que quiere trasmitir. Incluye al final de la carta un dibujo hecho por tu hijo.

• Para educar con el ejemplo, tú también puedes escribir una carta de agradecimiento, por ejemplo al profesor de tu hijo por su esfuerzo durante todo el curso escolar.

3. Escribir un diario de gratitud

Anima a tu hijo a que, cada día, antes de acostarse dedique unos minutos a escribir acerca de tres cosas
por las que está agradecido. Estas cosas pueden ser de dos tipos:

• Generales: estar vivo, poder ver, contar con la amistad de las personas que el niño aprecia, etc.

• Concretas: aprender algo nuevo, recibir un elogio, la ayuda de un compañero, etc.

Si no sabe escribir, dile que te diga cuáles son sus motivos de agradecimiento y los anotas en su diario de gratitud.

Según M. Selligman, “escribir este diario nos ayuda a fortalecer el agradecimiento a la vida y de este modo, cultivar el hábito de ser feliz”.

4. ¿Qué harías tú?

En esta actividad debes proponer a tu hijo una situación concreta que en un futuro podría encontrarse en la vida real. Le diremos lo siguiente:

Imagina que estás llorando en medio de la calle porque te has perdido y empiezas a asustarte porque pasa mucha gente pero nadie te hace caso. No sabes como volver a casa. De repente, aparece una señora que se acerca y te pregunta qué es lo que te pasa y cuando se lo cuentas te ayuda y te trae hasta casa.

Seguidamente le diremos que nos conteste a estas cuestiones:

* ¿Qué harías tú si te pasara eso?
* ¿Qué le dirías a esa señora que te ha ayudado?
* ¿Qué sentirías por ella?
* ¿Le agradecerías el favor que te ha hecho? ¿De qué forma?

A continuación, seguiremos hablándole pero cambiando la historia:

Ahora imagina que otro día estás jugando al fútbol con tus amigos en el parque y se acerca esta misma mujer preocupadísima porque ha perdido a su perrito cuando lo estaba paseando.

Entonces, pregúntale: ¿Tú qué harías? ¿Seguir jugando el partido o ir a ayudarla? ¿De qué forma la ayudarías?

Esta actividad te servirá para trabajar el concepto de la gratitud y de la empatía.

5. La paloma y la hormiga

Enséñale a tu hijo la importancia, no solo de ser agradecidos, sino también de devolver los favores que recibimos. Para ello, léele la siguiente fábula de Esopo, “La paloma y la hormiga”.

Obligada por la sed, una hormiga bajó a un manantial; arrastrada por la corriente, estaba a punto de ahogarse.

Viéndola en esta emergencia una paloma, desprendió de un árbol una ramita, la arrojó a la corriente, montó encima a la hormiga y la salvó.

Mientras tanto un cazador de pájaros se adelantó con su arma preparada para cazar a la paloma. Lo vio la hormiga y lo picó en el talón, haciendo soltar al cazador su arma. Aprovechó el momento la paloma para alzar el vuelo.

Debemos ser agradecidos y devolver los favores que recibimos.

Errores comunes
Como hemos visto, educar la gratitud no es nada sencillo. Necesitamos ser constantes y evitar cometer algunos errores que son bastante frecuentes. Veamos algunos de ellos:

– Restar importancia al sentimiento de gratitud cuando nuestros hijos son pequeños. Solemos decir “si total, nadie da las gracias por nada… ¿para qué se lo voy a enseñar?”. A medida que crecen y llegan a la temida adolescencia decimos: “que desagradecidos son estos jóvenes de hoy en día”. Entonces es cuando deberíamos preguntarnos con toda sinceridad: ¿qué he hecho yo para que esto sea así?

– En ocasiones, tampoco sabemos aceptar el agradecimiento de nuestros hijos y les contestamos “no es nada” o “no es necesario que me lo agradezcas”. Al contrario, debemos estimularlo y decirle: “Muchas gracias a ti, hijo. Significa mucho para mí que estés agradecido”.

– No siempre educamos dando ejemplo ya que en ocasiones tampoco agradecemos a nuestros hijos lo que hacen por nosotros.

Quizás si todos nos aplicásemos a diario la siguiente máxima hebrea nos irían mejor las cosas y podríamos adecentar un poco este mundo:

“El que da no debe volver a acordarse, pero el que recibe nunca debe olvidar”