Escuela de Padres

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Una de las primeras lecciones a las que tienen que enfrentarse los niños es la que supone no conseguir siempre lo que desean. Posponer ese aprendizaje, lejos de allanar el camino de su felicidad, dificulta su capacidad para encarar los problemas y superarlos con éxito.

En nuestra sociedad de la abundancia, son muchas las casas en las que a lo niños no les falta de nada. Se les da todo lo que piden -juguetes, ropa, viajes, etc- y, a veces, por encima de las posibilidades de la propia familia. Es tal el poder con el que cuentan que, en numerosos hogares, son ellos los que deciden qué se ve en la tele y qué se come en la mesa. Los niños que crecen entre algodones, además de convertirse en adolescentes caprichosos y consentidos, tienen dificultades para gestionar la frustración y superar los obstáculos.

No saber enfrentarse a la frustración a medio y largo plazo genera infelicidad. El niño que, de pequeño, exigía un juguete; de mayor, reclamará un avión. Lo peor de todo es que no entenderá qué es lo que ha hecho o sucedido para no tenerlo. Cuando no consiguen lo que quieren, la mayoría de adolescentes creen que se debe a la mala suerte o a que los astros se han confabulado en contra de ellos, una forma de pensar que limita su capacidad de reacción frente a las dificultades.

¿La solución? Decir “no”. El problema con el que nos encontramos cuando cedemos a todos sus caprichos es que con esa actitud no les ayudamos a comprender que, en la vida, no siempre conseguirán lo que desean porque se toparán con obstáculos que no habían previsto, dificultades que pondrán a prueba sus habilidades, etc. La vida no es de color de rosa. Por mucho que se quejen, lloren o pataleen, nuestra labor como padres es enseñarles a superar cualquier traba por sí mismos. Una de las mejores estrategias a la hora de ayudarles a conseguir ese objetivo es el ensayo-error: dejarles que hagan algo por sí solos, dejar que se equivoquen y dejar que sean ellos los que encuentren la solución al problema. ¿Y tú? ¿Eres de los que le atas los cordones a tu hijo/a o dejas que se pelee con ellos?

Dales espacio para que resuelvan sus problemas

Una de las habilidades que hemos de potenciar en los niños es la residencia, lo que, según el “Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua”, es “la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

Un día Ismael, un niño de 8 años, salía del cole con la intención de acudir al entreno, como cada martes. Al ir su padre a recogerlo, le comentó que el entreno se había suspendido porque el entrenador no podía asistir por trabajo. Ismael no lo entendía, así que rompió a llorar y a patalear. Su padre le volvió a explicar el motivo, pero él cada vez lloraba más fuerte. El esfuerzo del padre para que lo comprendiera era inútil. Al llegar a casa, éste le invitó a que se fuera a su habitación hasta que estuviese más calmado. Al cabo de 5 minutos, salió ya tranquilo. Su padre le explicó lo que pasaba y él lo entendió. 15 minutos más tarde estaba jugando sin nombrar para nada el tema del entreno.

Esta anécdota muestra que hay ciertas emociones que más que evitarlas -en ningún momento se le ofreció un regalo a cambio para distraer su atención; se le obligó, a gritos, a que dejara de llorar, etc.-, hay que dejarlas pasar. Ismael tuvo que gestionar su frustración. Si cuando algo no les sale como tenían previsto, los padres aparecen para sacarles las castañas del fuego, solucionarles los problemas o compensarles con algo para que no sufran, les estamos impidiendo que maduren como personas y que aprendan ellos mismos a buscar salida a sus problemas.

El mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos no es comprarles un juguete, permitirles ver la tele hasta tarde o dejarles que se coman un helado antes de cenar, sino ofrecerles una guía que les permita gestionar sus emociones y resolver sus problemas. Ésta es la llave que les permitirá, más adelante, enfrentarse a la vida con una alta capacidad para ser felices el mayor tiempo posible.

Las pautas que le ayudarán a superar los obstáculos

Un niño(/a se siente seguro/a no porque todo le salga siempre rodado, sino porque sabe qué es lo que está bien y qué es lo que está mal y es, además, conscientes de sus fortalezas y de sus limitaciones. Enseñar todo eso es labor de los padres. Siguiendo estas estrategias, les darás pautas para encontrar salida a todos su problemas.

  • Ayúdales a identificar sus emociones. Si están enfadados o rabiosos, es útil explicarles por qué y decirles que son sentimientos que todos tenemos cuando no nos salen las cosas como esperábamos.
  • Desde la reflexión. Tienen que aprender a esperar a que se les pase el lloro o la rabieta para poder pasar a la acción y pensar con claridad cuál es la mejor respuesta o solución al problema.
  • Predica con el ejemplo. No podemos pretender que los hijos se calmen y busquen una solución a un problema, si nosotros reaccionamos de una forma poco cabal o incoherente.
  • Potencia su iniciativa. Deja que sean ellos los que busquen las diferentes alternativas. Los padres tenemos que ser pacientes porque el aprendizaje a través del ensayo-error requiere tiempo.
  • Valora sus aportaciones y logros. Esto les ayuda a creer en ellos mismos y a verse capaces de salvar cualquier obstáculo que se les ponga por delante.

Francisco Castaño Mena y Pedro García Aguado

El ser humano se rige por criterios de igualdad, de tutela a sus descendientes. Durante mucho tiempo (cada vez más) aprendió a cuidar del débil, de los mayores, de los enfermos, de los discapacitados. Hemos evolucionado, algo que no ha hecho la naturaleza.

La ciudadanía cree en la ley, pero no en la del más fuerte: ha concluido que la fuerza no es una buena solución.

Asimismo, consustancial al reconocimiento de los derechos y deberes fundamentales de la persona es la referencia al libre desarrollo de la personalidad.

Estamos creándonos todavía.

La confianza básica es necesaria porque si el bebé capta el sentido duradero de que quienes le rodean son dignos de confianza, se desarrollará desde la creencia de que este mundo podrá dar satisfacción a sus necesidades y establecerá ulteriormente vínculos relacionales satisfactorios, y en ese momento inicia una vivencia positiva de las intenciones ajenas. En caso contrario, la desconfianza anidará en su ser; su posicionamiento, ya sea depresivo, de huida, de paranoico u oposicionista, no augura un futuro esperanzador. En el extremo un niño poco amado está como lobotomizado por la carencia afectiva.

El ser humano, simple y a la par complejo, que desea un trazo de gloria y un paréntesis de inmortalidad. Que es capaz de convencer a sus congéneres y de ser convencido por éstos.

Intentamos seguir el consejo orteguiano e ir a las cosas mismas. Pero somos limitados: nuestras emociones tienen un sustrato biológico y, por ende, los sentimientos también son auténticos y cambiantes; pienses, por ejemplo, en las pulsaciones del corazón.

Las personas que no poseen los mimbres necesarios para construir un tejido de equilibrio emocional suficiente serán infelices y posiblemente transmitirán esa infelicidad a quienes les rodean.

La infelicidad es el conjunto de emociones negativas vividas objetiva o subjetivamente. Cuando se dilatan en el tiempo pueden llegar a conformar un trastorno mental que eclosiona por emociones inadecuadas, por una interpretación errónea de las mismas o por un exceso intempestivo emocional.

Hay heridas que nunca se cierran. ¿Cómo afectan los recuerdos a nuestra capacidad de ser felices?

No me cansaré de repetir que ocasionalmente no se cuida suficientemente el cerebro, los sentidos, los afectos de los niños. Hemos de ser conscientes de su fragilidad, de que se les puede manipular, depravar, lesionar y traumar de manera fácil.

Los primeros años, los primeros meses, los primeros días y aun antes de nacer son insustituibles, irremplazables. Se trata de pilares básicos.

Después, recordemos que educar es abrirse al pensamiento, reflexionar, formarse como ser humano, derribar las barreras del aprendizaje.

El niño no es el proyecto e un hombre; el hombre es lo que queda de un niño.

Tenemos nuevas tecnología, precisamos tutores que instruyan. Hay que introducir dentro de la enseñanza obligatoria la decodificación del mensaje mediático.

los niños han de percibir que aprender es una experiencia inigualable, han de adquirir el sentido de la autovalía a través del desarrollo artístico y de la práctica deportiva.

Los niños son felices salvo cuando la enfermedad se ceba con ellos, o cuando las situaciones externas les son muy adversas. Los niños no le han de tener miedo al mundo; al contrario, han de volcarse en él.

La diversidad bien entendida conduce a la universalidad para interpretar correctamente el mundo. Es muy positivo que los niños viajen, conozcan otras gentes, otras culturas…

Tenemos que formular preguntas directas, sinceras y darles respuesta en la medida de lo posible. Un mundo con diversidad de lenguas, de culturas, de perspectivas, de historias que al mismo tiempo se comunican, se interrelacionan, en una simbiosis enriquecedora y difícil, exige prever cauces que permitan formar a todos los niños de distintas razas y colores para compartir, para convivir desde la diferencia, desde lo que nos une, desde lo que nos distingue.

Apoyemos al maestro, a la escuela, ese formidable encuentro del saber entre el profesor vocacional y el alumno, entre los compañeros y los libros, los vídeos y la música, los idiomas, la investigación, la naturaleza, la informática que conectará el saber con todas las universidades, que permitirá informarse desde el hogar, que intercomunicará el conocimiento, que posibilitará reinterpretar el bagaje que se esconde tras la diversidad.

Los medios de comunicación, que la verdad no son un semillero de ideas, pero sí difusores de ideologías, deben habilitar programas específicos e incluir en el resto contenidos a favor del respeto, de la solidaridad, de la urbanidad, del afecto, etc. Los medios de comunicación no son específicamente entidades educativas, pero no quepa duda de que tienen grandes responsabilidades sociales (obviamente más las cadenas públicas). No pueden limitarse a ser contenedores de publicidad.

Hay que posibilitar a los niños con estímulos diferentes de la televisión y otras pantallas como los videojuegos, que obligan a estar sentados y físicamente pasivos. Animarles a jugar. Fomentarles aficiones de pintura, al teatro, a la música, al baile, a la danza, a la práctica deportiva o al contacto con la naturaleza. Los padres son los modelos; magnífico resultará que los hijos vean a sus progenitores leyendo o involucrados en actividades de ocio y culturales.

Los niños, para estructurarse, tienen necesidad de otros niños. El contacto entre ellos es saludable y vital. Si no fuera así, los adultos actuales parecerían subordinados a la infancia y a la juventud, y eso sería un craso error.

Concretando: en los primeros siete años de vida se consolidan los cimientos.

Nuestro mundo es cambiante. La vida líquida, las relaciones personales, los vínculos familiares, la diferenciación de generaciones, los distingos entre coetáneo y contemporáneo, las nuevas formas de agrupación familiar que ya se atisban son un reto para los adultos y para quienes todavía no lo son.

Ahora que parece que puede sustituirse al Homo sapiens, que piensa, razona con conceptos, abstraccones, por el Homo vides, que se maneja con representaciones, es momento para la acción, pero también para la reflexión, para que la ciencia avance hermanada con la ética, para que el ser humano no olvide su trascendencia y valore lo realmente importante: la sonrisa (que es al sentimiento lo que la palabra al pensamiento), un amanecer, el silencio, la mirada de un niño, el guiño de un anciano…

Aprendamos a manejarnos en la ducha, en el conflicto. Un exceso de claridad vela la imagen.

Los amigos son insustituibles, una necesidad y una alegría, una familia con la ventaja de que se eligen.

Ciertamente todos los animales pueden herir, sólo los humanos ofender.

Y decir la verdad, aunque a veces duela, como la afirmada por Oscar Wilde: “En un mundo hay dos tragedias, una es no conseguir lo que quieres y la otra es conseguirlo. La segunda es con mucho la peor: ¡es la auténtica tragedia!”

La felicidad del ser humano está en el viaje, en las enseñanzas que se extraen de los otros, en la experiencia acumulada y en la exploración de nuevos senderos.

Hay que educar en los sentimientos, en la apreciación de su riqueza, en saber expresarlos, en captar y entender los de los otros. En aprender a conducir la propia vida y manejar las relaciones que se mantienen con los demás.

Los niños deben saber dirigirse a los otros para consultar o para negarse a sus solicitudes. Expresar las emociones y las necesidades facilita el equilibrio psíquico.

La inteligencia es un concepto global, cognitiva y afectivamente.

¿Cuántas personas conocemos que son sobresalientes profesionalmente, pero desequilibradas emocionalmente? Su vida fracasa.

La socialización es el proceso por el que nace y se desarrolla la personalidad individual en relación con el medio social que se transmite y conlleva la transacción con los demás. La socialización supone inmersión en la cultura, control de impulsos, experiencia de uno mismo, desarrollo de la afectividad y motivación de logro. Debe facilitar una “competencia comunicativa” y un “vivir con”.

La actitud y la filosofía han de ser: “conócete a ti mismo y ponte en el lugar del otro”, es decir, ahondar en la introspección y la socialización. Al final somos el resultado de la educación que hemos recibido y de la que hemos adquirido posteriormente, somos el espejo que reflejará, o bien el amor, o bien la maldad que se nos ha puesto delante.

El buen carácter del niño, sus actitudes positivas, su autocontrol dependerán, por tanto, del clima favorable que se viva en el hogar, del correcto modelado que reciba el niño, del equilibrado uso del control y de la autonomía de las conductas de quien está aprendiendo el sentido de aceptar las consecuencias de sus actos, de ir formando conciencia de lo que está bien y de lo que es inaceptable.

Se irá preparando al niño para interaccionar con su entorno. Habrá que dotarlo de un buen juicio moral. Es fundamental la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona, de cómo siente, de cómo percibe. La empatía exige reflexión, sensibilidad y reduce (o elimina) la posibilidad de respuestas violentas.

Los niños han de aprender a tolerar, a dialogar, a mostrar los sentimientos. Sonreír es un imán prosocial. Hay que incentivar la disposición para ayudar al resto, lo que propicia sentirse bien. Hay que enseñar a tener amigos sanos y duraderos; educar en la amabilidad, en el altruismo, en el tú; promover la solidaridad. Sentirse partícipe de este mundo, de este momento.

¿Cómo nos comportamos? Pues según nos vemos, según nuestra autoestima. Tenemos que confiar en nosotros mismos, hemos de querernos. El autoconcepto positivo se relaciona favorablemente con la conducta de ayuda; por tanto, debemos promocionar en los niños una imagen positiva de ellos mismos basada en la realidad de sus vidas. La autoestima es como un antídoto que nos protege de problemas psicológicos. Un auténtico salvavidas.

Valoremos al niño, procuremos que se quiera y que se sienta bien consigo mismo.

Como padres hemos de ejercitarnos en el autodominio y aprender a ser serenos, a razonar de forma objetiva y a dialogar con nuestros hijos, a ser equilibrados. Hemos de admitir que los problemas y las frustraciones son parte de la vida, siendo siempre sinceros con nosotros mismos y con los demás, con la intención de unificar el ser con el deber ser. Habremos de pararnos a realizar introspección con el objetivo de conocer lo positivo y lo negativo de nosotros mismos, nuestras limitaciones y desarrollar el sentido del humor, la autocrítica. Hemos de autodirigirnos en el estoicismo, en la voluntad, en la aceptación del sufrimiento y fijarnos un objetivo, una meta. Atribuiremos sus conductas a causas estables e internas y lo responsabilizaremos de sus consecuencias.

A los niños se les indica con reiteración lo que deben o no hacer (incluso decir o callar), pero es fundamental que sepan manejar sus pensamientos, pues condicionan las emociones y los sentimientos y son una magnífica herramienta para lograr un posicionamiento optimista y un alto grado de equilibrio emocional.

La envidia, el rencor, la ansiedad hunden su etiología en las comparaciones, en el regurgitamiento de ideas que se recrean en sentimiento ofensivos, en pensamientos inquietantes.

Hay que enseñar a los niños a reconducir el curso de sus ideas, a pensar de manera alternativa, a no cortocircuitarse, a desarrollar habilidades metacognitivas.

Es fundamental educar en el pensamiento creativo, con capacidad crítica, abierto, dialogan, positivo, con el que no se ofende, con el que sonríe, con el que se inyecta ilusión y agradecimiento por vivir, por conocer a los otros.

Desde luego, el hombre deja de comportarse como tal cuando emplea la inteligencia sin sensibilidad. Se trata de buscar no la perfección, pero sí la mejora de sí mismo; ha de adornar su vida de afecto, de perdón, de razón y de sinceridad.

En el caso de los niños, hay que educarlos en la tolerancia de las frustraciones y en la capacidad para diferir gratificaciones. Exigirles colaboración en las tareas domésticas, fomentar las labores prosociales, retomar el sentido de conceptos como voluntad, esfuerzo. Deben saber enfrentarse con la tristeza, con el aburrimiento.

A veces se educa al niño para capacitarlo intelectual y formativamente, pero nos olvidamos de enseñarle a dar respuesta a los problemas emocionales.

Al niño hay que educarlo para que sea mejor, no el mejor.

No estamos programados para ser felices, sino para sobrevivir.

La vida feliz no es una suerte o un don, es una herencia educativa y un logro personal en relación con los otros.

Podemos influir en parte en nuestro destino. Equilibrando razón y afectos. Escapando de la rutina. Asumiendo que los días son irrepetibles e irrecuperables. Dotándonos de un objetivo y una motivación.

La psicología evolutiva ha señalado ya hace tiempo la importancia, para el bienestar y el desarrollo pleno, de la armonía afectiva.

Mi amigo Tony tiene un empleo que le requiere viajar alrededor del mundo. Una vez, iba en un avión, en la sección de ejecutivos, y su asiento se encontraba al otro lado del pasillo del cual estaba una niña de diez años que regresaba a casa con su familia, después de pasar un periodo en un internado. Al principio, le impresionó que la niña viajara sola en primera clase. Pero luego le llamó la atención que la niña comía y bebía absolutamente todo lo que le habían puesto al frente, y que luego llamara a la azafata para pedirle más. Olvidándose del trabajo que supuestamente debía hacer, mi amigo observaba muy de cerca a la niña, escondido detrás del periódico.

Obviamente, la niña estaba aprovechando al máximo su primer viaje sola. Pero aun así, como persona acostumbrada a viajar, Tony sabía que no era prudente comer tanto duran- te un vuelo. Tarde o temprano, lo que bajó en grandes cantidades, ¡subiría de nuevo! Sin duda alguna, en el momento en que el avión aterrizó, la chica se puso de color verde. Luego, mientras caminaba por el pasillo, se vomitó, ensuciando todo su vestido.

Mientras seguía sus pasos, Tony pudo ver a un hombre vestido con un costoso traje blanco, perfectamente planchado, que la esperaba en la pista, y que la saludaba. Por el aspecto en su rostro y la emoción en sus ojos al verla, Tony supo que era su padre. Pero cuán sorprendido se sintió mi amigo, que aun viendo como estaba el vestido de la niña, el hombre corrió hacia ella, se inclinó y puso sus brazos alrededor de su hija, sin dudar un solo instante, dándole un enorme abrazo. Mientras caminaban juntos hacia la terminal, a pesar de que su traje se había manchado con vómito, todo lo que Tony pudo ver en los ojos de este hombre era gozo por estar de nuevo con su hija. Ese es un ejemplo de amor sin condiciones.

A pesar de que frecuentemente les decimos a nuestros hijos que los amamos por quienes son, no está bien si con el resto de nuestras acciones y palabras les enviamos un mensaje diferente. Queremos que nuestros hijos triunfen, y sabemos que esto significa que tenemos que motivarlos. Lamentablemente, la manera en que muchos padres lo hacen es casi seguro que produzca el efecto contrario. Si nuestros hijos creen, o sospechan, que los amamos más cuando tienen éxito que cuando fallan, naturalmente tratarán de triunfar para ganarse nuestra aprobación. Pero en ese proceso, dejarán de pensar que los amamos incondicionalmente y comenzarán a asociar el amor con los logros. Cuando eso sucede, cuando presionamos a nuestros hijos para que triunfen, les fallamos como padres.

Uno de los mayores problemas en esperar que su hijo tenga éxito, o que sea siempre el primero en todo, es en definitiva, que en realidad nadie puede hacerlo. Hasta los niños talentosos fallarán tarde o temprano. Entonces, si la autoestima de su hijo está basada en el éxito, y medida en esos términos, está destinado a vivir toda su vida con sentimientos de fracaso y culpa. Como resultado, es muy probable que no se sienta amado y que se sienta indigno; condenado a una vida llena de ansiedad, celos, amargura, duda, inseguridad y que en definitiva, se comporte como un mal perdedor.

La Biblia dice: «Alégrense con los que están alegres; lloren con los que lloran». Pero muchas personas hacen todo lo contrario: se alegran cuando escuchan que alguien ha fracasado, y se sienten amenazados por el éxito de cualquier persona, simplemente por causa de sus sentimientos de inseguridad y envidia.

Es completamente natural tener aspiraciones altas, expectativas y patrones para nuestros hijos. El problema surge cuando relacionan lo que usted espera de ellos con su amor. Entonces, sin importar cuán bien intencionadas sean las esperanzas, las expectativas y los modelos que usted desee para sus hijos, se estropearán. Lo más irónico de todo es, que cualquier nivel de éxito que sus hijos lleguen a alcanzar en su infancia o en otra etapa de sus vidas, nunca será suficiente para satisfacerlos. Siempre creerán que usted espera más de ellos, de manera que nunca podrán relajarse y disfrutar del camino. En vez de controlar sus vidas y disfrutar los frutos de su éxito, se dejarán dominar constantemente por la necesidad de tratar de vivir de acuerdo con «sus» expectativas. Por ejemplo, si su hijo siente que su amor por él está relacionado con su desempeño como futbolista, podría pensar que pertenecer al equipo de fútbol de la escuela no es motivo suficiente para que usted lo ame. Incluso, anotar el gol de la victoria en la final de la Copa del Mundo, como capitán del equipo de Inglaterra, sería una victoria en vano. Seguirá sintiendo que lo echó todo a perder por no hacer una jugada sorpresiva o por no convertirse en el futbolista del año de Europa.

Un amigo mío llamado Peter, está en la cima de su profesión: además de tener mucho dinero y de ser exitoso, es una persona agradable y generosa. Pero él es profundamente infeliz. Por más de veinte años ha sido dominado por la necesidad de impresionar a su papá, convencido de que aún no está a la altura de sus expectativas. Desafortunadamente, el padre de Peter está muerto. Estoy seguro de que si su padre viviera, sería el hombre más orgulloso de la tierra. Sin embargo, al darle a su hijo cuando era un niño, la impresión de que su amor estaba condicionado por sus logros y sus triunfos, lo condenó a una vida de ambición vana.

Steve Chalke

Amar a los hijos incondicionalmente es para la mayoría de los padres, algo sencillo. En realidad, es algo natural. Aun los papás que no sienten una pizca de emoción por convertirse en padres durante los meses previos al nacimiento, se enternecen cuando ven por primera vez a su recién nacido. No tenía idea de cómo se sentía ser papá hasta que tuve a mi primera hija en mis brazos. Pero desde el momento en que lo hice, supe que la amaba. Supe que siempre la amaría, sin importar lo que hiciera o dejara de hacer en su vida. Yo no la amaría por lo que pudiera hacer por mí, por lo que pudiera ofrecerme o por su manera de ser. Yo la amaba porque la amaba, y no por ninguna otra razón. Eso es amor incondicional.

Existe un lazo de amor instantáneo, natural y biológico entre madres e hijos. Aun en el caso de los papás, a pesar de que no cargaron al hijo por nueve meses, existe un magnetismo irresistible entre ellos y sus hijos. Un bebé, con sus ojos expresivos, su pequeño rostro, su torpeza y vulnerabilidad, logra sacar todos nuestros instintos paternales. Algunos científicos afirman que los bebés intencionadamente desarrollan verse así para activar nuestros instintos paternales y afectivos, e inspirarnos ternura.

Pero este sentimiento no es exclusivo de los padres. Los niños crecen instintivamente amando y confiando en sus padres. Ellos quieren y necesitan nuestra atención y aceptación. Aunque los niños pequeños dan por sentado que usted los ama, conforme van creciendo, instintivamente comienzan a cuestionarse lo que antes era tan seguro para ellos… incluyen- do su amor hacia ellos. Lamentablemente, si no somos cuidados, sin quererlo terminamos enviándoles todas las señales equivocadas.

Debido a que queremos lo mejor para nuestros hijos, los estimulamos a hacer todo tipo de cosas que a veces no quieren hacer. Desde comer sus vegetales hasta hacer sus prácticas de piano, desde ir a la cama temprano hasta ir a la escuela cuando tienen que presentar examen de matemáticas; para eso existen los padres. Los niños difícilmente miden las consecuencias de sus actos a largo plazo, y no tienen suficiente experiencia para tomar decisiones importantes por sí mismos. Todos recordamos cuando estábamos creciendo y nuestros padres nos impulsaban a hacer cosas que no entendíamos y que nos molestaban, pero luego comprobábamos que sus peticiones eran prudentes, por eso, ahora estamos agradecidos con ellos.

No obstante, aunque sea responsabilidad de cada padre cumplir con este papel, la manera en que decidamos manejar nuestra parte es fundamental. ¡Podemos hacerlo muy bien o pésimamente mal! El problema es que si no somos cuidadosos, acabaremos criticando a nuestros hijos. A causa de nuestro interés porque hagan las cosas bien, esfamos ansiosos por señalarles sus errores y explicarles como pueden hacerlo mejor. Al mismo tiempo, asumimos que ellos saben que los amamos, ya que, después de todo, si no los amáramos, ¿por qué estaríamos tan interesados en ellos y en su desempeño? Entre más edad tienen nuestros hijos, nuestra «guía» tiende a volverse más severa, y menos les decimos cuánto los amamos. «Ellos saben que los amo» podríamos aclarar. Pero la pregunta es: ¿cómo lo saben?

Steve Chalke

Cada padre desea darles a sus hijos el mejor comienzo posible en sus vidas. Si esto no tuviera importancia para usted, no estaría leyendo esto. El hecho de estarlo leyendo y de ha- ber llegado a este punto, demuestra que le importa. Pero la pregunta de los sesenta y cuatro mil dólares defInitivamente es: «¿Qué es lo mejor para su hijo, y que hará para ofrecérselo? ¿Qué desea usted para su hijo? Todos queremos que nuestros hijos sean felices, pero ¿qué es la felicidad? ¿Es acaso una educación costosa y de primera calidad que garantice su ascenso a la cima de la profesión elegida?, ¿es darles cada juguete que puedan desear?, ¿es tenerles un guardarropa con lo último de la moda para que sean populares entre sus amigos, o es quizás darles toda la libertad que quieran? ¿O es en conjunto algo más?

Su concepto de felicidad le dará forma y color a la vida de su hijo, por lo tanto es de vital importancia que lo haga bien. Pero, ¿qué es la felicidad?, y, ¿cómo podemos propor- cionarles a nuestros hijos felicidad y asegurarnos de que se sienten felices?

Muchos padres piensan que la felicidad se obtiene cuando se triunfa en la vida. Anhelan que sus hijos alcancen la cima del éxito y permanezcan allí. Sin embargo, existe un problema con esto. Desafortunadamente, al igual que usted, sus hijos a lo largo de sus vidas se verán aceptados o rechazados de acuerdo a la manera en que se comporten. La disponibilidad de la mayoría de las personas que conocen se basará en lo que sus hijos puedan entregarles u ofrecerles. Es una historia familiar. Desde la primaria, los chicos de la escuela eran «nuestros mejores amigos para siempre» si les dábamos dulces o calcomanías, hasta las celebridades rodeadas por sus seguidores. Así es como funciona el mundo, pero es una lección que nos cuesta aprender. La verdad es muy evidente: muchas personas nos aprecian solo cuando somos personas «exitosas». Aunque sea difícil de aceptar, nuestros hijos descubrirán poco a poco que la mayoría de las personas solamente se interesan en su aspecto, sus habilidades, sus contactos o su dinero; en resumen, se interesan en ellos porque tienen algo que desean.

La tarea de cada padre es ser la excepción a esta regla. Su responsabilidad es amar y aceptar a su hijo no por sus logros, sino por quien es realmente, sin condiciones y asegurarse de que él o ella lo sepan. Los padres deben ser capaces de decirles a sus hijos: “Te amo porque te amo, yeso es todo».

Es este amor incondicional o «sin reservas», el que todos necesitamos para ser felices. Si nunca recibimos este amor, nos pasamos toda la vida esforzándonos constantemente en agradar a los demás y así conseguir que nos amen; nos paraliza el temor de hacer algo accidentalmente que provoque que esas personas nos dejen de amar y que luego nos rechacen. Efectivamente, usted puede tener dinero, fama, poder, un nivel social alto y éxito, pero si no se siente amado y aceptado incondicionalmente, no se sentirá satisfecho y nunca será verdaderamente feliz.

¿Cuántas estrellas de rock, actores de cine o deportistas famosos cree usted que han tenido dinero, fama, poder, alto nivel social y éxito, y que a pesar de todo no son felices? El problema radica en que si nosotros no hemos conocido el amor incondicional, podemos confundir con gran facilidad las tres necesidades básicas del ser humano, que son amor, seguridad y significado, con sexo, dinero y poder. Los resultados de esta confusión son siempre desastrosos.

En casos extremos, no sentirse amado incondicionalmente puede conducir a enfermedades trágicas como la anorexia y la bulimia. En el año 1994, la Fundación Joseph Rowntree reportó que los niños que se sentían rechazados por sus padres tenían más probabilidades de ser sexualmente promiscuos al llegar a la adolescencia que aquellos que crecieron en hogares seguros. En otras palabras, si sus hijos no se sienten seguros de que usted los ama incondicionalmente, probablemente buscarán amor en otras partes. La mayor parte del tiempo, acabarán buscando en los lugares equivocados y se conformarán con un amor condicional cuyo precio es muy alto.

Steve Chalke

No es fácil contestar a esta pregunta. Comunicarse es en definitiva educar, y sin duda alguna educar a un niño “es el arte de las artes”. Es necesario que los padres ejerzáis vuestra autoridad y disciplina sin ser autoritarios. Hay que establecer unos límites y reglas lógicas y sensatas, ya que esto crea un entorno de seguridad para el propio niño. Los padres debéis ser consecuentes y honestos en vuestros planteamientos y actuaciones. Tenéis que dar ejemplo con vuestro comportamiento, respetándoos entre vosotros y dirimiendo vuestras discrepancias en privado a fin de que vuestros criterios y actuaciones no sean dispares. Debéis enseñar a los hijos a ser veraces, a no mentir, a ser responsables, pero para ello tenéis que predicar con el ejemplo diariamente.

Sólo podemos comunicarnos positivamente con nuestros hijos desde la firmeza, la seguridad y el buen ejemplo, impregnando todo ello de respeto y de un inmenso amor. Sólo manteniendo este compromiso, no siempre fácil, mantendremos la cohesión familiar y el amor y respeto de nuestros hijos, aunque pueda haber periodos o fases en que parezca que ha desaparecido. Cuando las bases son sólidas, los hijos acaban manteniendo y fortaleciendo esa comunicación, que es la esencia de la unidad familiar.

Hay padres que afirman y están convencidos de que son “amigos de sus hijos”. Personalmente, yo creo (profesor Afonso Delgado) que los padres nunca pueden ser amigos de sus hijos, ya que su propia relación transciende y supera el concepto extraordinario de la amistad, por el que siento un inmenso respeto. Las relaciones paternofiliales son obligadamente verticales, mientras que las amistades son por definición horizontales y por lo tanto diferentes, como diferente es el amor que una madre siente por su hijo del que experimenta su padre (no tiene por qué ser superior).

El profesor Alfonso Delgado ha sido miembro de la Asociación Española de Pediatría y fue el investigador principal del Proyecto ETAPAS. El estudio ha sido supervisado por el Comité Deontológico de la AEP.